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MANUEL PEDREIRA
Domingo, 17 de febrero 2008, 15:17
JUGAD al fútbol, coño!», espetó un motrileño sentado en la tribuna mediada la segunda parte. Mucho aguardó este espectador para manifestar un pensamiento que debió empezar a gestarse en su cabeza al cuarto de hora de la primera mitad. El partido dejó un empate anodino en el marcador, el peor posible, cero a cero, dos bocas abiertas, dos bostezos. Granada 74 y Salamanca transmitieron la sensación de haber disputado ya muchas veces ese encuentro, demasiado obsesionados ambos por el tópico de que el Escribano Castilla no permite otra alternativa que el choque en el medio campo, las faltas laterales y el juego en largo para que el delantero pille en un renuncio a la defensa.
Nada que ver el cero a cero de ayer con el que cerró la primera vuelta en el mismo escenario. Entonces el Sevilla Atlético demostró que se puede elaborar fútbol en esta supuesta caja de zapatos. Sólo hay que tener una idea de juego, precisión en el pase, rapidez de movimientos, dinamismo en el desmarque y valentía con el balón en los pies y sin él. Nada de eso hubo en el partido de ayer.
El Salamanca no escondió su propuesta ni un segundo y durante una hora redujo su ataque a una continua, insistente y monótona búsqueda de la cabeza de Sergio Postigo, un delantero largo, larguísimo, que recuerda en el físico al 'red' Peter Crouch aunque por fútbol no le llegue ni a la vuelta de las medias. Al '74' le pilló de sorpresa ese juego al tallo y Tapia reaccionó enseguida con una redistribución de tareas en defensa. Ruz saltó a la banda izquierda, Fagoaga a la derecha y Assemoassa se situó en el centro de la zaga con Martí Crespí.
El togolés firmó un partido formidable y cortocircuitó el esquema charro mientras Postigo estuvo en el campo. Además, en el segundo tiempo, exhibió reflejos felinos para corregir un par de fallos de Martí Crespí y dictó una clase de anticipación tanto por alto como a ras de césped. Por si fuera poco, los hados estuvieron de su parte en el minuto 63 cuando ni el árbitro ni el asistente apreciaron unas posibles manos suyas dentro del área.
Su pareja Crespí contradijo aquel mandamiento de Baudelaire según el cual hay que ser sublime sin interrupción. Después de cuajar veintiún partidos excelentes, ayer estuvo irreconocible. Fallón en el corte, inocente en el pase y con una inseguridad que, afortunadamente para su equipo, no se tradujo en goles. No fue el único por debajo de su nivel.
Mal Aranda
El malagueño Aranda vio el comienzo del partido desde el banquillo pero la lesión muscular de Saizar le concedió una hora para aportar su carácter determinante y su habilidad para desatascar las defensas rivales. Pues tampoco. Entró muy poco en contacto con el balón, siempre en desventaja, deleitó a la grada con un control sensacional pero en el minuto 81 falló la mejor ocasión de su equipo: un pase raseado de Luque desde la izquierda que envió a las nubes desde el área pequeña. Sus dos semanas sin jugar le pesaron demasiado.
El encuentro dejó pocas noticias por encima del sopor generalizado. Un remate al larguero para cada equipo, un mano a mano de Jaime con David resuelto con brillantez por el meta, una volea eléctrica de Luque que impactó en un bien situado Pagola, un Torrecilla magnífico en el primer tiempo que se diluyó en el segundo y acabó contagiado del amor por el pelotazo y la imprecisión del resto de jugadores...
Un solo punta
La apuesta inicial de Tapia, obligado por las bajas y el estado de forma de sus delanteros, fue situar un sólo punta, Saizar por detrás y Torrecilla y Falcón en el doble pivote. El experimento no funcionó en la media hora que el guipuzcoano estuvo sobre el campo. Además, el bueno de Falcón tampoco tuvo su día y se precipitó en exceso con el balón.
Y así pasaron los noventa minutos, en un ambiente frío, con un puñado de jugadores abotargados por el miedo propio o el que le transmitían desde el banquillo, y con un Granada 74 que acumuló su tercer partido sin conocer la victoria y ve alejarse a paso lento pero firme sus esperanzas de ascenso, si es que alguna vez las tuvo en serio. Los cincuenta puntos están más cerca, vale, pero hagan caso al aficionado, coño.
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