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José Aguilar Espinosa,
Jueves, 12 de junio 2008, 04:12
Sr. Director de IDEAL: Leo en el diario IDEAL del día 9 de junio un artículo de opinión en el que un jurista reflexiona sobre 'el fenómeno okupa' con palabras que, según el articulista, catedrático de Derecho, tratan de ser «imparciales, subjetivas pero honradamente narradas». Dejando a un lado argumentaciones jurídicas que podrían legitimar el 'derecho' a ocupar una propiedad que no es suya, se percibe en el escrito la pretensión de hacer una narración, en plan crónica sentimental, de seres inocentes y distintos que a nadie molestan con sus diferencias.
Dada la situación más próxima en el tiempo, el desalojo de Damasqueros 20 (el escrito indicado no se refiere a este proceso según constato en el relato) y lo acontecido desde el mes de enero, iniciación de la ocupación, hasta el desalojo que se está materializando en estos últimos días, debo manifestar que nuestra experiencia (la de muchos vecinos firmantes de escritos de protesta) ha sido distinta y menos benéfica.
Damasqueros 20 es también un edificio antiguo, protegido en sus volúmenes; con un jardín sobreviviente (que protegeremos contra cualquier especulación o urbanismo salvaje) que el tiempo seleccionó. Ahí se produjo la primera intervención agresiva de los ocupantes: tala salvaje de rosales, celindos, jazmines y cuanto constituía la bóveda vegetal de un viejo cenador, pues tenían que disfrutar del sol primaveral y les estorbaban.
Pese a las llamadas del vecindario que aspiraba al descanso en la tarde y noche, se instauró un ruido permanente en el que competían ladridos de perros, tambores, guitarras, voces asamblearias y comensales en comidas comunales.
Los vecinos del entorno, a pocos metros del jardín, tuvimos que sufrir con esporádicas protestas y pese a negociar salidas racionales que nunca se respetaron, todo este proceso hasta que iniciamos llamadas a la Policía y escritos a distintas instancias: prensa, grupos políticos, asociación de vecinos, policías, etc. Pero en Damasqueros 20 sólo se respetaban los intereses de los ocupantes que habían decidido crear una especie de comuna urbana en un pequeño jardín y en una casa poco acondicionada para tantos inquilinos, todo a costa de nuestra tranquilidad y vulnerando el derecho al descanso de cuantos nos veíamos obligados a soportar su ruidosa invasión.
Después llegó el desalojo en mayo y la calle Damasqueros se convirtió en un espacio que nada tenía que envidiar a una zona 'liberada' por los batasunos del Norte: pintadas contra la policía en fachadas, muñecos ahorcados, denuncias de falsas connivencias de grupos políticos con intereses inmobiliarios, insultos de «cerdo-fascista» a un vecino y a la presidenta de la Asociación de Vecinos del Realejo por defender intereses vecinales, etc.
Actualmente estos 'luchadores' contra la violencia urbanística, después de insultar a quienes expresamos opiniones por escrito han derribado el tabique que impedía la entrada a la casa tras el desalojo, rompen los precintos de la policía y continúan su reto contra la legalidad. No descarto, finalmente, pues soy vulnerable al ser conocido por ellos, que deba denunciar nuevos insultos o algo más grave.
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