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Los propietarios del restaurante, en la puerta de su emblemática 'Casita de papel'. IDEAL
Antes y después de 'La Casita de papel'
COSTA

Antes y después de 'La Casita de papel'

Ángel Martínez de la Cámara fundó, en 1954, un restaurante- bar que se convirtió en el punto de reunión neurálgico de la sociedad motrileña de la época

FERMÍN ANGUITA

Lunes, 17 de noviembre 2008, 10:04

HAY pequeños lugares que se convierten en parte de la intrahistoria de un pueblo y que construyen, a lo largo de los años, un impresionante legado edificado a base de, también, pequeños momentos. En Motril siempre existirá en la memoria colectiva uno de esos enclaves que el paso del tiempo ha envuelto en un cierto halo de nostalgia y de magia: 'La Casita de papel'. Corrían los cincuenta del pasado siglo cuando Ángel Martínez de la Cámara y su esposa Concha Salmerón (y los cuatro hijos que fueron naciendo allí: Angel, Jesús, Concha y Jorge), vivían en una preciosa construcción que se levantaba en un espacio lleno de verde, justo al comienzo de la actual avenida de Salobreña y mirando de frente al Cerro cuyo santuario aún no tenía rematado su característico campanario. El matrimonio estaba tan acostumbrado a que los viajeros parasen allí a preguntar «¿Dónde se puede comer en este pueblo?», que un buen día se les encendió la luz y decidieron levantar el primer restaurante-bar de la 'época moderna' que se abría en la ciudad, sin ser conscientes de que su apertura provocaría el cambio de pueblo a ciudad de una pequeña urbe que apenas alcanzaba las veinte mil almas. El 22 de mayo de 1954, el párroco Salvador Huertas bendecía un local que dejó a la sociedad motrileña con la boca abierta. «Fue un paso adelante en la forma de divertirse de toda una generación -explica Jesús Martínez de la Cámara, hijo de Ángel- gracias a que mi madre dijo de embarcarse en aquello». 'La Casita de papel' se edificó en la huerta colindante a la casa familiar por Jesús Rodríguez López, que consiguió alzar una construcción luminosa, blanca y muy mediterránea cuya apertura cambió hasta las costumbres. «Fue lo primero que se hizo en Motril en condiciones y, también, el primer local donde entraban las mujeres», explica Jesús. Parejas, noviazgos, gente importante «y algún gamberro» -dice, riendo, Jesús Martínez- se despachaban a cervezas, vermut 'Cinzano', los primeros 'cubalibres' y 'medios-cubalibres' que se servían en la zona. El público pronto se enganchó al local de moda, y hasta el actor Antony Quinn, que por aquellos entonces rodaba spaguetti western en Almería se dejaba caer por la Casita pues decía que allí se hacía el mejor zumo de naranja de toda la 'Costa del Sol'. La pequeña historia del lugar, mientras tanto, se iba creciendo con clientes convertidos en amigos y hasta la famosa orquesta de Paquito Rodríguez, que actuó en alguna que otra ocasión. No faltó, en ese rosario de visitas de gente ilustre, la de Antonio el bailarín y hasta la del autor de la canción 'La Casita de papel' que acudió allí sorprendido, y al que hubo que explicarle que el nombre lo puso la gente de Motril mucho antes de la apertura del restaurante, ya que llamaban así a la vivienda matriz por su aspecto y Ángel decidió que se así se conociera. Curiosamente, su propietario tuvo que aguantar el típico achaque motrileño a la gente de la capital. «A mi padre le chinchaban con aquello de que si los 'granaínos' creían que iban a conquistar el mundo con este invento, pero la gente quedó cautivada por aquel sitio tan bonito y que se convirtió en un referente social». Y, claro, el lugar era increíblemente cercano, atrayente y céntrico. A su misma puerta se cortó en ocasiones la avenida, desviando 'el tráfico' por la calle de las Cañas, y se montaba la verbena del cultural, en la feria de octubre, antes de su paso a la rotonda final de las Explanadas. Romper moldes Jesús era un crío cuando 'La Casita de papel' abrió sus puertas. Creció allí, pegado a la cocina y no perdiendo puntada de cuanto ocurrió en los quince años de vida del emblemático establecimiento. «La gente rompía los moldes, me acuerdo así de Enrique Montero, Paco Palanco, Paco el 'Muti', Pepe Hernández Luego me fui a Granada, allí estuve unos años y terminé en el Hotel Salobreña», relata Jesús. Pero las cosas no fueron bien al final. El público fue siempre fiel, pero el fisco se cebaba en aquellos años con estos establecimientos y, como decía Angel «la Casita la cerró Hacienda». Era imposible costear aquello. El local se arrendó en su última época, entre los años 1969 y 73. Después se vendió la propiedad completa y uno de los lugares que más identidad dieron a Motril desapareció a golpes de la piqueta. «Un día iba para el trabajo y vi como la bola de hierro hundía lo que fue nuestra Casita de papel», cuenta. Durante algún tiempo, permaneció cerrada Menos para los niños de los colegios cercanos, que la utilizaron de cuartel general hasta que aquello amenazaba ruina y se llenó de basuras. El progreso destruyó, curiosamente, el primer lugar que inició el tránsito a la modernidad de este pueblo. Hace ya años que falleció su promotor, Ángel, pero su hijo no para de contar y contar anécdotas y vivencias de un lugar cuyas fotos y cuadros presiden hoy su domicilio familiar Un domicilio que, cosas de la vida, se llama 'La Casita de papel'.

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