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SUSANA GAVIÑA
Miércoles, 17 de diciembre 2008, 10:42
Son los últimos días del Ramadán, la celebración más importante de los musulmanes, cuando nos adentramos en el populoso y comercial barrio de Hamra, en Beirut. La calle principal, del mismo nombre, está adornada con multitud de lucecitas que recuerdan a las fiestas navideñas. La celebración, en ese aspecto, no dista tanto de la de otros cultos. El broche lo pondrán dos días de fiesta, en la que no faltan los fuegos artificiales lanzados desde la Corniche, el paseo marítimo que recorre seis kilómetros de la costa beirutí. Los niños, ajenos a conflictos armados o tal vez demasiado acostumbrados a ellos, lo celebran paradójicamente con ruidosos petardos. Mientras tanto, los chicos y chicas -con o sin el pañuelo musulmán- se reúnen, por sexos, en pequeños grupos para charlar o fumar narguile (pipa de agua), junto al mar. También en esta zona se encuentran numerosos restaurantes y terrazas desde las que se pueden observar las Rocas de las Palomas.
A pesar de que la guerra ha vertebrado la historia pasada y reciente de este país, y que el conflicto pervive de manera latente, aunque a veces regale una tregua, Beirut y su habitantes se muestran afables y comunicativos. Están acostumbrados a resistir y levantarse una y otra vez, colocando ellos mismos los cristales de su cotidianidad reventados por los estallidos de las bombas. La considerada un día 'Suiza de Oriente' sigue brillando con luz propia y curando sus heridas, algunas de ellas todavía, como la fantasmagórica presencia del Hotel Holiday Inn, en pie para dar testimonio de algo que no se puede, no se debe olvidar, la guerra civil.
Mientras en la parte musulmana se celebra el Ramadán, en la otra parte de la ciudad -una ciudad que se levanta sobre restos fenicios y que ha sido conquistada por romanos, árabes y otomanos, y en la que actualmente viven alrededor de un millón de habitantes (todo el país sólo alcanza los cuatro millones)- no hay vestigios de fiesta y la vida discurre con normalidad. Es la parte cristiana. Entre uno y otro lado se encuentra el 'downtown', o centro de la ciudad, testigo de grandes enfrentamientos durante la guerra civil que duró tres lustros y que ha sido reconstruido en los últimos años para convertirse, según sus propios habitantes, en un escenario de «cartón piedra», donde abundan restaurantes y terrazas. También aquí se encuentran los edificios institucionales como el Parlamento, y el Instituto Cervantes.
Fachadas tiroteadas
El punto de encuentro es la Place de L'Etoile (la Plaza de la Estrella), en cuyas proximidades conviven templos de distintos credos: la catedral greco-ortodoxa San Jorge, en cuyas paredes interiores se pueden ver frescos heridos por las balas; el templo cristiano maronita también dedicado a San Jorge, o la iglesia greco-católica de San Elías. Más al Este se puede ver la mezquita financiada por el millonario y candidato a la presidencia Rafiq Hariri, asesinado en 2005. Su tumba y la de sus guardaespaldas se puede visitar en un pabellón anexo. Desde la explanada de los Mártires se vislumbra la calle que sirvió de frontera durante la guerra civil entre la zona cristiana y la musulmana: la línea verde, que hoy ya no existe. Aunque las diferencias son evidentes. Basta adentrarse en el barrio de Gemmayzeh para encontrarse con la imagen de un santo resguardada en una urna, o el sello de una cruz estampado en la pared. Frente a la ruinas de otros barrios, aquí se puede disfrutar de una arquitectura con reminiscencias de art decó. Es a este barrio, menos castigado por la violencia, donde muchos eligen trasladarse en busca de una seguridad no del todo cierta. Y es que la estabilidad del país se cimenta sobre un frágil sistema de cuotas religiosas, un juego de equilibrios en el que también toman parte los numerosos palestinos obligados a exilarse y que aquí son ciudadanos que no pueden acceder a cualquier puesto de trabajo ni tampoco a la nacionalidad.
En la actualidad, el Gobierno del Líbano está dirigido por los grupos religiosos con más representación entre la población. El presidente es cristiano maronita; el primer ministro, musulmán suní, mientras que el portavoz de la asamblea es musulmán chií. En cifras generales, el 43% de la población del país es cristiana -maronitas (23%) y ortodoxos y católicos (20%)-; frente al 59 % musulmán -suníes (20%), chiíes (32%) y drusos (7%)-. El resto, un 1%, pertenece a otras minorías.
Lujo visible
Pero además de las diferencias religiosas, Beirut es una ciudad de contrastes donde conviven las viejas tradiciones con lo más contemporáneo, y donde se dan la mano Oriente y Occidente. Quizás ahí radique la clave de la fascinación que muchos sienten al visitar esta ciudad. En ella se puede fumar un narguilea y acudir a las tiendas más sofisticadas y caras, o encontrarse de repente en un atasco de carísimos coches, conducidos por jóvenes que salen de marcha. Y, de nuevo, otra paradoja: aparcamientos de lujo se sitúan a los pies de edificios devastados por la guerra.
Pero, sobre todo, para disfrutar de Beirut es imprescindible pasear por sus calles. Si opta por el taxi, súbase a ser posible en uno compartido. Son aquellos que ofrecen un 'service', un traslado por el precio fijo de 2.000 liras libanesas, un euro al cambio. La condición: que el taxista vaya en la dirección deseada por el cliente. Con un gesto asentirá y le invitará a subir junto al resto de pasajeros que irá dejando a lo largo del trayecto. Son menos elegantes que los taxis oficiales pero más interesantes, si lo que uno busca es integrarse con la cultura del lugar.
No existen vuelos directos a Beirut por lo que es preciso enlazar. Vía París se puede volar con Air France, y si prefiere Roma, con Alitalia. El aeropuerto está a 10 kilómetros de la ciudad y no hay autobuses. Es necesario coger un taxi, que costará unos 20 euros.
En Beirut hay magníficos hoteles, algunos de ellos, como el Albergo, situado en el barrio de Achrafieh, son cita obligada para visitar al menos su terraza que ofrece una espectacular vista aunque el precio por pernoctar es alto. En el centro se encuentra el Phoenicia Hotel, destrozado durante la guerra civil y posteriormente renovado. También se pueden encontrar hoteles de precio medio más asequibles en Hamra.
Karam, en el downtown, y Mandaloun-Sur-Mer en la Corniche, ofrecen típicos platos libaneses. Un lugar con mucho sabor, y que no deben perderse, es el Gemmayzeh Café, en la rue Gouraud. Se puede comer y por la noche escuchar música en vivo.
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