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ÁNGELES PEÑALVER
Jueves, 8 de diciembre 2011, 02:45
Unos 2.000 pacientes al año recibe la unidad de críticos del sanatorio granadino: el 90% de ellos sale adelante con éxito
granada. Al abrirse la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Virgen de las Nieves de Granada comienzan a sucederse frías habitaciones en las que se reúnen los médicos, los enfermeros, donde se imparten cursos o se conserva parte del carísimo material sanitario que aquí se emplea para tratar a unos 2.000 pacientes al año: los más críticos que acuden a este sanatorio, uno de los mejores de España.
Al final del recorrido se concentra la vida en dos grandes departamentos simétricos divididos en 13 habitaciones acristaladas cada uno y presididos por sendas mesas de control. Encima de ellas, los ordenadores reflejan las constantes vitales de cada enfermo. Casi todas las camas están ocupadas tanto las de operados del corazón como las generales por personas tumbadas, en su mayoría adormecidas o sedadas, y conectadas a aparatos como respiradores, sondas o, en casos más excepcionales de insuficiencia renal, hemofiltradores. En un espacio donde la precisión y la concentración son fundamentales, el personal sanitario hace frente a su trabajo con buen humor.
Un estómago perforado
Solo uno de los ingresados ocupa una silla, junto a su cama, con una tremebunda cara de ausente. Intentó quitarse la vida con medicamentos y hace ya más de dos meses que permanece aquí: ha cogido una infección. Hace pocos días dieron el alta a otro paciente que ingirió voluntariamente grandes cantidades de salfumán. Se dejó secuelas irreversibles en el aparato digestivo; tanto, que se marchó del hospital con el estómago totalmente perforado. «Últimamente tenemos muchos intentos de suicidio», comenta Reme Torres, una enfermera que lleva cinco años en este servicio.
«Aquí no distinguimos el porqué del ingreso. Intentamos salvar a todos. Aunque los jóvenes, por lo menos a mí, me crean más ansiedad. Me gusta el trabajo, aunque cuesta mucho porque son técnicas nuevas y muy especializadas. Tienes que estudiar todos los días. Nosotras reconocemos los pitidos de las máquinas: si al paciente le ha bajado el oxígeno, si hay que cambiarle la alimentación por vena o por sonda o si hay un problema con el flujo de la medicación que se le inyecta continuamente», comenta la trabajadora.
Sus comentarios se ven refrendados por un tablón de anuncios donde se convoca al personal de enfermería a un curso sobre ventilación mecánica a las cuatro y media de la tarde. Por lo que se lee en él, hay formación continua para todo el personal de manera ininterrumpida. Los congresos y las jornadas fuera del ámbito hospitalario también son frecuentes para estos empleados del Servicio Andaluz de Salud.
Volviendo a Reme y a las vivencias que aquí se tienen, ella aún se siente impresionada cuando hay que practicar un masaje cardíaco a corazón abierto. Esto ocurre si un individuo entra en parada cardiaca y no responde a ninguna otra técnica. Entonces, la última alternativa es aprovechar que tiene el tórax abierto de una cirugía previa. El médico coge con su mano el corazón del enfermo literalmente y lo aprieta rítmicamente hasta que logra que vuelva a funcionar. Cosas así realiza la doctora Mercedes Barranco, que en estos momentos es la responsable de la sala. A su mando, media docena de enfermeros.
Entre los jóvenes ingresados este miércoles de noviembre de 2011 en la UCI, figura un chico de 25 años intoxicado por drogas. Sus ojos, cerrados con cintas adhesivas, no aprecian lo que ocurre a su alrededor, pero probablemente su piel sí percibe los besos en la frente que le dan sus familiares en los tres turnos de visita que hay establecidos al día.
3.000 euros al día
Cada paciente que pasa una jornada aquí le cuesta a la sanidad pública una media de 3.000 euros. La cifra incluye todo: medicación, personal, maquinaria... Pero los triunfos por mucho que las cifras aprieten cada día más se siguen midiendo por vidas y casos resueltos. En un descanso, los médicos intensivistas Juan Roca y Mercedes Barranco coinciden en que no están excesivamente preocupados por la privatización del sistema sanitario porque no creen que llegue a ocurrir en Europa.
Arantxa es farmacéutica y podría aportar mucho a esta última conversación, pero aún no se puede levantar de la cama: la joven de 34 años permanece ingresada en el ala de operados del corazón. «Por fin han descubierto que tenía una infección en unos cables del marcapasos que me dejaron dentro hace ya muchos años. Me estaba matando. Tenía fiebre, se me hinchaba el abdomen... He ido a muchos hospitales y aquí es donde me han tratado mejor con diferencia», declara mientras que un pitido le indica que su nivel de oxígeno en sangre está bajando. Con su mano izquierda sostiene una flor que le ha traído una enfermera. De su derecha cuelga una pulsera religiosa que le ha regalado una auxiliar de clínica.
La chica, procedente de Huéscar, un pueblo del altiplano granadino, no puede evitar las lágrimas de alegría ante las muestras de cariño. Mientras, los médicos preparan un informe sobre su caso: mañana la van a trasladar a Traumatología para hacerle un estudio de la vena cava ante la sospecha de que pudiera tener una estenosis un estrechamiento en algún punto de la misma.
Ingresos frenéticos
El tiempo pasa lentamente para los
enfermos, pero hay momentos en los que las agujas del reloj echan humo. Son las 17.30 horas de la tarde. Llega un ingreso: un paciente recién operado del corazón. El personal de quirófano comunica a los intensivistas que ha estado «15 o 20 segundos» en asistolia (sin latidos). Hay que vigilarlo de cerca.
Noventa minutos más tarde, escoltado por un gran despliegue médico, se suma a él otro joven paciente al que acaban de sustituirle dos válvulas del corazón. Los facultativos parecen agitados, el enfermo ha sangrado mucho y creen que seguirá haciéndolo en las próximas horas; por eso el dispositivo para transfundirle sangre se pone de inmediato en marcha.
Los dos últimos ingresos, cómo no, permanecen sedados e intubados. Estas personas están en una especie de limbo, en un sueño que se debe encauzar hacia su recuperación. Los sonidos, las máquinas y las luces continuas son su telón de fondo. Al mismo tiempo, los rodean decenas de profesionales con batas blancas o verdes que combaten toda distracción, porque aquí un fallo se puede convertir en un arma letal.
En un instante, la residente de primer año Violeta Chica, que obtuvo una magnífica nota en el examen MIR, se encargará de cambiarle una vía (un pequeño tubito intravenoso) a un enfermo que tenía obstruida la anterior. A sus 25 años, la granadina ya tiene claro que su vocación es esta. Igual que ella, María Colomo, procedente de Puertollano (Ciudad Real), ha escogido ser intensivista. La manchega alcanza ahora su tercer año como residente: ya solo le quedan dos para completar este ciclo. «En unos 7 u 8 años esta especialidad asistirá a un relevo generacional».
Estas últimas palabras las pronuncia Juan Roca, también jefe de Urgencias del Virgen de las Nieves, que a las ocho de la mañana del día siguiente tras 24 horas seguidas de trabajo se cogerá unas deseadas vacaciones. «Aquí sabes el mínimo de horas que trabajas, pero el máximo no», cuenta a su lado Rafael de la Chica, el tercer médico adjunto titular que permanece esta tarde en la UCI. «Por la noche solo se quedan dos adjuntos; pero por la mañana puede haber 10 médicos y varios residentes atendiendo a los pacientes», apostilla Roca. Hace ya seis horas que él y los otros cuatro doctores que se reparten por estas dependencias comieron algo de pescado, patatas y cocido, de lo que se sirve en el hospital, pero en su correspondiente sala de estar.
Los más veteranos coincidieron entonces en mitad del almuerzo en que una de las cosas que más les ha impresionado en los últimos años fueron los estragos que causó la gripe A en el sistema respiratorio de gente sana y joven. «Hace dos y tres años murieron bastantes y venían con los pulmones hechos polvo. Elvirus podía ser muy agresivo. En una neumonía normal, en la radiografía, tú puedes ver manchas blancas en los pulmones. En ellos, el pulmón se podía ver blanco totalmente», narra uno de los intensivistas.
Entre ellos comentan sobre los pacientes actuales: que si el enfermo de la cama 12, con un infarto a los 67 años, está bien pero no se va a ir aún de alta... o que el de la 13, de 72 años, con una angina inestable y un cateterismo practicado, sufre diabetes, hipertensión, colesterol y es obeso.
Algunos de los ingresados entraron por Urgencias y otros bajaron de las plantas por una recaída. Quizá por eso, la familia de una señora visiblemente bien se niega a que le den el alta de la UCI para pasarla a una habitación general. «Aquí el nerviosismo de la familia se hace notar bastante», descubre la auxiliar Emilia Beas, una de las veteranas en estas dependencias. Su vida laboral, como la de las enfermeras, se suele repartir en turnos de ocho horas. Una de ellas se emplea ahora en aspirarle las secreciones nasales a un anciano. Mientras, Juan Roca termina de solucionar la entrega de un parte de lesiones demandado por la Guardia Civil del municipio de Huétor Tajar.
La versatilidad y contar con amplios conocimientos son algunos de los dones que deben tener estos médicos, que con frecuencia deben tomar decisiones muy difíciles. «Cuando le dices que no a un paciente, que no ingrese en la UCI, porque es una sinrazón con la que no se lograría nada, es duro», asevera Juan Roca. A varios metros de él, Rafael de la Chica coincide: «Lo más complicado es decidir quién ingresa y quién no».
Frente a ellos, Remedios pone una nota de luz: «Aquí los transplantados de hígado se recuperan al 100%. Y cuando salvamos a alguien sentimos todos una gran satisfacción».
Los trabajadores presentes coinciden en un dato frente a los oídos y las miradas en gran parte ausentes de los pacientes: «El 90% de las personas que ingresan aquí salen adelante y vuelven bien a sus casas».
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