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Ángeles Peñalver
Lunes, 14 de diciembre 2015, 00:21
El médico granadino Pablo Simón tiene su cuenta de Twitter cargada de las imágenes y las dramáticas impresiones que está viviendo como doctor en el campo de refugiados de la isla de Lesvos, en Grecia, a pocos kilómetros de Turquía, hasta donde cada día pueden llegar miles -o cientos, depende de la jornada- de sirios huyendo de la guerra de su país. El doctor de familia normalmente pasa consulta en Chauchina para el SAS, pero corrió hace unas semanas a esa zona de la mano de la oenegé Médicos del Mundo. Allí se quedará hasta final de diciembre, pero basta oír, leer y mirar las fotografías de lo que ha vivido en pocos días para saber que la estancia en Lesvos marcará el resto de su existencia.
«La gota que colmó mi vaso fueron las miradas de los niños apelotonados bajo la lluvia en la frontera de Hungría. Esas miradas me obligaron a venir. Fue algo tan simple, tan emocional y tan racional a un tiempo. Obviamente antes había tenido ya un largo proceso que comienza por mi compromiso en Amnistía Internacional, donde desde hace tiempo estábamos preocupados por esta crisis humanitaria. Bueno, la cuestión es que pregunté a mi esposa Inés: '¿Me dejas irme?' Aquí estoy. Es su inmensa generosidad y el compromiso que compartimos -ella está vinculada a Oxfam- los que me transportaron hasta aquí».
Le preguntó a su mujer
El que habla es Pablo Simón Lorda, un maño de nacimiento que creció en Galicia y estudió medicina en Santiago de Compostela, aunque su postura nada tenga que ver con el tópico de la indefinición gallega. «En Lesvos, tratamos de curar, aliviar, alimentar, cuidar... son historias terribles de personas con un futuro muy incierto», sentencia el galeno, que atiende en las instalaciones de ACNUR a niños enfermos, mujeres con ataques de pánico rememorando escenas de ahogamientos en el mar, familias enteras ateridas de frío y hasta colegas sirios de profesión con miles de kilómetros bajo sus pies hinchados.
Nuestro protagonista, que en sus inicios fue médico de familia en Madrid, dirigió la Estrategia de Bioética del SAS desde 2011 hasta 2014, cuando se incorporó al consultorio de Chauchina, donde piensa volver con normalidad cuando acabe esta aventura.
Para Pablo Simón es la primera vez. «No tenía experiencia en intervenciones de cooperación como esta. No lo había hecho antes porque tenía que criar a mis hijos. Mis hijos son ya mayores, no viven en casa y eso nos da a Inés y a mí más libertad para poder hacer cosas que siempre habíamos querido hacer. El equipo de compañeros -siete españoles- es extraordinario. Un lujo de experiencia».
«En Lesvos vemos familias enteras, con jóvenes, niños y ancianos, con desesperación, tristeza. El 24 de noviembre un sirio de 60 años me dijo casi llorando: 'Nos han quitado la dignidad'. No supe contestar», relata sobrecogido. El médico narra que las patologías que atienden son bastante banales: infecciones respiratorias y osteomusculares producto del largo viaje y de la mojadura del cruce del mar en el bote. «También vemos pacientes crónicos que o bien no trajeron sus medicinas porque salieron huyendo a toda prisa de la guerra o las han perdido en el camino. Hemos tenido algún caso de torturadas o violadas en sus países o durante su éxodo... o con heridas de minas, disparos o misiles». Escuchar, sostener, aliviar y mimar se convierten en las intervenciones clínicas más importantes que hacen. La mediación de los traductores es esencial. «Escuchas historias terribles... Y luego, ropa seca y comida, sobre todo para los niños, que son siempre nuestra obsesión, junto con las mujeres, especialmente si están embarazadas. Hay muchos, muchos niños».
Huyen por su vida
Simón recalca que sus pacientes en Lesvos se desplazan por un problema de seguridad física básica y de expectativas de futuro. «Mucha de la población Siria parece provenir de clase media. Son familias. Muchos hablan inglés perfectamente o son profesionales. Conforme te desplazas hacia Irak, Irán, Afganistán y Pakistán, el estatus socioeconómico parece ser cada vez menor».
«Este mundo parece estar loco. Es como si la humanidad hubiera aprendido muy poco tras siglos de guerras y matanzas. No han aprendido ni los que cometen estos actos ni tampoco los demás, que contemplamos pasivos, conformistas, a los que los cometen. El sufrimiento de todas las personas que pasan por aquí es inmenso, gente que ha perdido todo, que ha perdido seres queridos, que siente que su dignidad y su futuro han sido aniquilados. No migran por gusto. Y sin embargo la población europea, rica y satisfecha, permanece pasiva, sin presionar a sus gobiernos para que todo se pare. Desde el campo de Lesvos en Grecia, el discurso altisonante sobre las libertades, la democracia y la grandeza de la cultura europea queda con frecuencia un poco entre paréntesis. Y la presunta amenaza a la seguridad suena a excusa fácil para no hacer nada. No digo que la seguridad no sea un problema. Sí, es posible que entre los refugiados que han pasado por Lesvos haya podido filtrarse excepcionalmente algún terrorista. Pero usar eso como excusa para hacer directamente las cosas difíciles a las miles de familias inocentes y rotas que han pasado y pasarán por aquí es un despropósito que oculta quizás otros intereses menos confesables».
Protección y derechos
Desde el frío y la humedad de Lesvos, el médico de familia granadino cree que la prioridad absoluta es centrarse realmente en la protección de los derechos humanos de las personas refugiadas. «Garantizándoles de forma efectiva, siguiendo la legislación internacional, una atención adecuada durante todo su desplazamiento. En este sentido hay que decir que los refugiados cuentan historias tremendas acerca del maltrato que sufren en Turquía, no sólo por las mafias turcas, sino por la policía, el ejército o los funcionarios. Europa tiene que dejar de mirar hacia otro lado y no traicionar su historia de defensa de los derechos de las personas, que arranca con la Revolución Francesa».
«Yo ya no soy el mismo que cuando vine. En general, en España, en nuestro medio, vivimos en un mundo bastante irreal, el que quieren contarnos a través de la televisión o la radio aquellos que tienen intereses muy claros en que sólo veamos las cosas desde su punto de vista para así poder seguir protegiendo sus intereses. Basta por tanto bajar a la propia realidad para toparse con un mundo diferente en el que todo está por descubrir. En Lesvos se me rompió definitivamente la película que nos cuentan todos los días».
Entre sus descubrimientos concretos, Pablo Simón habla de su toma de conciencia de lo similares que somos los seres humanos vivamos donde vivamos, de que nuestros sentimientos y necesidades básicas son las mismas. «Por tanto, respetando la identidad única de cada persona y cada cultura, esas divisiones radicales -religión, color de piel, lengua, país de origen, orientación sexual- que hacemos y nos hacen hacer son pura falacia malintencionada. Como dice el dicho, 'todas las personas sonríen en el mismo idioma'», se despide.
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