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Inés Gallastegui
Miércoles, 1 de abril 2015, 02:03
El bailarín y coreógrafo Daniel Doña (Granada, 1977) comenzó su formación en su ciudad natal y la terminó en el Conservatorio Superior de Danza de Madrid. Trabajó como bailarín en el Ballet Nacional de España y junto a Antonio Márquez, Rafaela Carrasco y Teresa Nieto, entre otras. En 2004 creó su propia compañía, uno de los referentes más actuales y renovadores de la danza española. En 2009 ganó el Max a la mejor coreografía por 'De cabeza'. El día 10 de abril estrena en el Teatro Isabel la Católica su espectáculo 'No pausa', dentro del ciclo que organizan el Ayuntamiento de Granada y la asociación Granada en Danza.
En 'No pausa' aplica el concepto del móvil perpetuo al lenguaje de la danza. ¿Por qué?
Quería expresar el agotamiento de las artes escénicas y en concreto de la danza española. A las compañías privadas nos cuesta muchísimo sacar una producción adelante, tener una continuidad de trabajo y sobrevivir haciendo lo que nos gusta, que es bailar. El sector está agotado del genocidio que se está cometiendo con la cultura en nuestro país. Lo único que te salva es la curiosidad, la creatividad, no pararte, seguir trabajando y rodearte de un equipo fantástico que te ayude a continuar en movimiento. Por eso se llama 'No pausa'.
¿A qué se refiere cuando habla del genocidio de la cultura?
La danza española no tiene programación, no hay un circuito especializado, no hay un festival ni una bienal, a pesar de que es el arte más plural, porque lo conforman cuatro pilares: el flamenco, la escuela bolera, el folclore y la danza estilizada. Exportamos danza española, pero aquí estamos a expensas de que los programadores tengan una deferencia. Dentro de unos meses presentaremos en Madrid la Academia de la Danza Española, que va a presidir Manuel Segovia, Premio Nacional, y yo soy uno de los vicepresidentes. Intentaremos darle más visibilidad a la danza española, porque estamos en SOS, en peligro de extinción.
En sus espectáculos hay danza española, pero también contemporánea y flamenco. ¿Rechaza los límites y las etiquetas?
En este país te obligan a ponerte una etiqueta, pero yo soy artista, bailarín, creador. Mi curiosidad me ha llevado a buscar en diferentes lenguajes. Mis principios fueron en las cuevas y en las salas de fiestas de Granada, de los 14 a los 18 años, con lo cual, aunque mi formación es en danza española, siempre he estado muy cercano al flamenco. Cuando salí del Ballet Nacional necesitaba expresarme de otra forma y empecé a estudiar danza contemporánea y tengo la suerte de llevar diez años en la compañía de Teresa Nieto. Por eso, en mis producciones siempre hay pinceladas de ese lenguaje; utilizo todas las herramientas que he ido adquiriendo en mi bagaje profesional. La gente que conoce mi trabajo dice que es una danza española contemporánea, pero en el sentido de actual. Algunos de mis espectáculos se acercan más al flamenco y otros, a la danza contemporánea. Me niego a que me pongan una etiqueta pero, si me la tengo que poner, yo arriesgo: soy bailarín y creador de danza española.
'No pausa' es la quinta producción de su compañía. ¿Qué representa dentro de su trayectoria?
Es una forma de reivindicar que la danza española es actual y puede ser vanguardista. Intento demostrar que puede interesar en 2015; se ve mucha tradición pero en un contexto actual, con una iluminación actual, con un vestuario que evoca la época en la que me inspiro pero sin encasillarse en esa época.
Además de los trabajos con su compañía ha mantenido su colaboración con otros artistas como bailarín y coreógrafo. ¿Qué le aportan esas colaboraciones?
Con Olga Pericet y Marcos Flores montamos en 2005 un laboratorio de creación que duró ocho años y, aparte de colaborar, somos muy amigos y entre nosotros hay un espíritu de libertad, compañerismo y admiración. Hicimos tres espectáculos, 'Chanta la mui', 'Complot' y 'Recital' y actuamos en Düsseldorf, en La Habana, en Sydney o en Ammán. Eran años en los que el sector tenía buena salud y se podían hacer cosas.
Con pena
Su última actuación en Granada fue hace dos meses con la compañía de Teresa Nieto, en este mismo ciclo, y en 2013 presentó 'A pie', pero antes había estado 9 años sin pisar un escenario aquí. ¿Por qué?
'Granada is different'. Y lo digo con pena. Yo no me considero un coreógrafo pasivo, que está en su casa esperando a que le llamen. He tocado todas las puertas que podía, con diferentes formatos para según qué ciclos o qué teatros, me he reunido con directores y programadores y siempre me han dicho 'no'. Me siento avergonzado de que, después de 22 años de trabajo, no sepan quién soy. Me duele que no me conozcan, porque mis trabajos están respaldados por premios y he estado como invitado y solista con las mejores compañías del país. Y lo primero que digo siempre es soy 'granaíno'. En 2013 yo mismo me busqué el teatro (Pablo Neruda de Peligros) porque me apetecía que mi familia y mis amigos vieran el resultado de tantos años de trabajo. Ahora vengo porque uno de los socios de Granada en Danza es amigo mío y cree que Granada tiene una deuda conmigo. Pero, ¿en qué condiciones? Asumiendo yo los riesgos como empresa, a taquilla.
Cuando se marchó a Madrid, ¿lo hizo porque ya no podía seguir estudiando, porque se le quedó pequeña la ciudad...?
Necesitaba salir y probar. En Granada trabajaba de lunes a domingo, sin descansos, y estudiaba en la Escuela de Maite Galán, que nos presentaba por libre al Conservatorio de Madrid. Cuando terminé mi carrera quería trabajar de manera profesional. Estuve año y medio en Japón. Después entré en el Ballet Nacional y allí estuve trabajando hasta que salí y empecé a moverme. Salí de Granada con el propósito de vivir de la danza, y eso está conseguido.
Humillados en los despachos
El ciclo Granada en Danza intenta paliar la escasa programación de danza en la ciudad. ¿Cree que es la maltratada en las programaciones culturales?
Sí. Por ejemplo, no gozamos de la posición de los directores o los intérpretes de teatro. Yo intuyo que la danza cada vez interesa menos y el esfuerzo de crear público lo tenemos que hacer las compañías, en vez de los programadores. No sé por qué es así; no conozco a nadie que salga de un espectáculo de danza diciendo que no le ha gustado. Me pone de los nervios que, cuando un espectáculo pincha, se diga que la gente no entiende la danza: esto no es física cuántica, es danza, y no hace falta ser especialista para disfrutarla, lo mismo que no hace falta para ir al cine o a un museo. Necesitamos que haya más público: el 21% de una butaca vacía no es nada. En Europa, en Estados Unidos o en Japón la gente te habla con respeto, te trata como a un artista; no te humilla, como ocurre en este país en algunos despachos.
Su participación en el ciclo implica dar una clase en el Conservatorio de Danza de Granada. ¿Qué futuro les espera a los estudiantes?
Ahora mismo estoy dando clases en el Conservatorio María de Ávila y les intento transmitir que tengan constancia, paciencia y entrega. Pero es verdad que su futuro es incierto y lo van a tener peor los de danza española. Les aconsejo que tengan una carrera paralela, Medicina, Derecho o lo que sea, que les asegure un futuro. Porque en este país no se sabe qué va a pasar con las artes escénicas, a no ser que haya un cambio y venga alguien a quien realmente le interese la cultura y no la vaya pisoteando, como el actual ministro de Cultura. Me encantaría ser más positivo y alentar a los futuros profesionales, pero la realidad es esta. Ni siquiera las compañías que tenemos una trayectoria tenemos asegurado el futuro.
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