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VIVIR

Fotos de cuerpo presente

En el siglo XIX era una práctica habitual retratar a los muertos para tener un último recuerdo 'muy vivo' del difunto

JUAN LUIS TAPIA

Martes, 31 de octubre 2006, 03:54

LOS muertos fueron los modelos ideales de los fotógrafos del XIX y comienzos del siglo XX. Una costumbre, la de conservar el último retrato, lejana a la morbosidad, que en un principio podría suscitar en la actualidad. Los retratos 'post mortem' entremezclan la melancolía por el ser querido con el misterio que rodea a la muerte. Son fotos tomadas a difuntos y que implican un primer acercamiento de la fotografía a la representación de cuerpos muertos. Sacar a la luz la imagen de un cadáver hoy se considera un tabú, pero a finales del siglo XIX se trataba de una práctica habitual. Estos retratos regresaron a la actualidad a través del filme de Amenábar, 'Los otros', que jugaba con una de estas imágenes.

La llegada de la fotografía a Hispanoamérica marcará el inicio del género 'post mortem' y su extensión posterior. Fue en países como Perú y México donde la costumbre de retratar a los difuntos alcanzó el cénit de su desarrollo. En Perú, la llegada del daguerrotipo (1842) marcó también la aparición del retrato 'post mortem' cuando, en 1844, el Francés P. Daviette se anunció como «artista fotogénico recién llegado de París», que retrataba a los difuntos «como cuadros al óleo».

La difusión de la fotografía entre el público americano fue rápida y se dedicó a reflejar las etapas importantes de la vida: el nacimiento, el matrimonio, el servicio militar y la muerte. El fotógrafo acudía al domicilio del fallecido o en su defecto eran los familiares quienes llevaban al difunto hasta el fotógrafo.

La imagen de la persona muerta servía a sus familiares a modo de recuerdo, ya que en más de una ocasión era la única foto que se tenía del pariente.

Recuérdame al morir

«Memento mori», dice la sentencia. Se trata de una frase latina que quiere decir recuérdame al morir y está relacionada no sólo con el retrato fotográfico, sino con el sitio de la muerte, el cuerpo, el entierro, el cementerio y la vida futura. El 'Memento mori' reúne las imágenes de luto, pompas fúnebres o cortejos y el panteón. Consiste en una reflexión que trata de esconder la muerte como hecho.

Furnier, un reconocido fotógrafo, comunicaba en el siglo XIX: «Las familias que tengan la desgracia de perder algún deudo de quien deseen poseer un momento de esta naturaleza pueden lograrlo por medio del daguerrotipo», para cuyo efecto el profesor ofrece ejecutar el retrato en el mismo aposento mortuorio; como era costumbre en la Europa de esos días.

Muchas de las fotografías están artísticamente arregladas. Las familias y el fotógrafo preparaban los cuerpos y el estudio para que salieran siempre hermosos. Cada fotógrafo tenía su propio estilo. El retrato de niños y de bebés era común en ese entonces, pues la mortalidad infantil era alta. Muchos padres llevaban a retratar al pequeño al estudio, posiblemente para que pudiera ser arreglado y maquillado. El difunto, bebé o niño, era tomado desde diversos ángulos y con los ojos abiertos.

No salían fotos movidas

Para la época, los muertos eran considerados los mejores modelos, pues los tiempos de exposición requeridos entonces eran muy largos. Esa quietud favoreció la proliferación de este tipo de retratos, pues el fotógrafo no sacaba así fotos movidas y podía manipular al 'modelo', usando maquillaje. Los cuerpos aparecían en general sobre su lecho mortuorio o en el féretro, con los ojos cerrados y las manos en cruz. Sin embargo, existen imágenes en las que los muertos parecen dormir o simulan estar vivos, ya sea con los ojos abiertos o el cuerpo incorporado.

Los métodos utilizados por el famoso fotógrafo parisino Disderi para retratar a los muertos eran célebres por borrar toda huella de la muerte en el rostro del difunto. La parte más delicada del trabajo era la de mantenerle los ojos abiertos. Se dice que los abrían con una cucharilla de café y, una vez levantado el párpado, colocaban el globo ocular en su órbita y los ojos se quedaban abiertos hasta que alguien se ocupaba de cerrarlos. Así se obtenía un rostro con una expresión más habitual y la ilusión de vida se hacía posible.

Como tarjetas de visita

Además de tratarse de un hecho muy generalizado, fue perfectamente aceptado por la sociedad, que entendió esta práctica como algo normal. En ningún momento fue percibido como una experiencia morbosa o extraña. Prueba de ello fueron, además de los avisos publicitarios que ponían los fotógrafos en los medios de forma cotidiana, las numerosas muestras que se realizaban de los retratos 'post mortem'. En las postrimerías del siglo XIX, estas imágenes circulaban como tarjetas de visita para coleccionar.

Anteriormente a estas exposiciones, era común que a las funerarias de las ciudades llegaran curiosos para ver los cadáveres. Sin embargo, la costumbre se perdió en el siglo XX.

La contemplación de cadáveres arreglados para su exhibición sigue practicándose. Está el caso del líder comunista ruso de la Revolución de Octubre, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, que fue colocado dentro de un catafalco vidriado, convirtiendo su sepultura en un lugar de peregrinaje. Lo propio sucedió con el cadáver de Juan Pablo II, al que la gente rodeó para verle. La tradición de fotografiar a los muertos se limita hoy a las personas célebres. En el ámbito familiar es una práctica poco corriente y se constituye en un elemento documental para la prensa.

No obstante, el morbo y el mercadeo mediático arroja casos como el de un diario británico, que compró a un paparazzi las fotografías de Diana Spencer agonizante y atrapada entre los metales del Mercedes Benz en el que se había estrellado junto a su novio. Lo que el medio buscaba era sacar las fotos de circulación y no publicarlas. Sin embargo, en la historia del fotoperiodismo también hay fotos emblemáticas de cadáveres. Basta ver la de Ernesto 'Che' Guevara en la escuela de Higueritas, en la localidad boliviana de Vallegrande.

jltapia@ideal.es

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