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LACOLUMNADELBÚHO

Premios y triquiñuelas

JOSÉ G. LADRÓN DE GUEVARA

Lunes, 6 de noviembre 2006, 03:54

RECIENTEMENTE, en alguna de las páginas de IDEAL, aparecía un suelto, firmado y enviado desde París por J. Pedro Quiñonero, informando sobre la aparición de un libro, escrito en forma de diario, informal y sin florituras, por el prestigioso autor Jacques Brenner, fallecido en 2001, unánimemente reconocido en Francia como el «arquetipo del escritor de éxito, premiado por la Academia, consejero de varias de las más importantes editoriales, crítico influyente y adulado». Un auténtico 'factótum' de la literatura francesa.

Jacques Brenner, según señala Quiñonero, publicó media docena de novelas, reeditadas sin cesar, dado su éxito multitudinario, dejando inéditos varios volúmenes de memorias, uno de los cuales, 'La cousine des prix' (La cocina de los premios), se pone a la venta casualmente hoy, día dos de noviembre, conmemoración de los Fieles Difuntos, cuando enjareto la columna que está leyendo usted. No se trata de un recetario gastronómico, como parece sugerir su título. 'La cocina de los premios' se refiere a las «trampas, corrupciones y venalidades de editores, críticos, jurados y premiados» a todo lo largo y ancho de la dulce Francia. Esta rotunda denuncia de Brenner me parece doblemente interesante y valiosa, por documentada y por verosímil. O sea, tanto porque procede de alguien, él mismo, que participó decisivamente, como laureado cocinero, en los guisoteos a que se refiere, como a la circunstancia, que yo me permito recalcar, de que siendo, el propio Brenner, uno de los escritores más afamados, exitosos y premiados de aquella nación, y de toda su área lingüística, nadie podrá decir, para ridiculizarlo, que sus precisas y contundentes revelaciones denigratorias, contra el sistema que nos destapa, son el fruto de sus complejos de inferioridad, de sus envidias, rencores o antipatías personales. De su resentimiento, en suma, por el éxito de los demás en detrimento del suyo. Justamente lo que ha manifestado a la prensa el poeta y narrador Caballero Bonald, con motivo de su octogenario: «Espero que no me den más premios en dos o tres años porque me van a querer menos. Algunos llevan mal el éxito de los otros». Claro que sí. En este caso, algunos son los que no se comen ni una rosca, valgan lo que valgan, y los otros serán los que triunfaron, más o menos merecidamente.

La cosa es que el difunto Jacques Brenner, desde la tumba fría, y con la autoridad que le confiere su conocimiento de causa y su éxito arrollador, ha puesto el dedo en la llaga infectada que evidencia una corrupción generalizada, institucionalizada, y lo que es peor, tolerada y asumida por la sociedad francesa, que se traga, sin remilgos, incluso con sumo agrado, las trampas y las trolas de los que mangonean, a su gusto y beneficio, los resortes publicitarios y propagandísticos del negocio literario. O del arte. De la cultura oficial y apodíctica.

Gracias a la encomiable sinceridad autocrítica, tan digna como edificante, de Brenner, los franceses (y las francesas, por supuesto) sabrán algo de lo mucho que ignoran sobre los personajes que, en la oscuridad, «trajinan la concesión de premios desde hace muchos años para Grasset, Le Seuil, Gallimard y Albin Michel, porque no es un secreto que esos cuatro importantes editores se reparten, desde hace décadas, el grueso de los grandes premios literarios, comenzando por el Goncourt y el Renaudot». «Las anécdotas que cuenta Brennan -dice Quiñonero- dan una idea muy gráfica del estado de corrupción». Las manipulaciones de los jurados es tan manifiesta como denigrante. Y así se cita el caso de un editor que le regala al frescales de un jurado un magnífico automóvil deportivo, para que a la hora de la votación no olvide a su favorito O el de aquel otro que impone un ganador fijo, porque le tiene entregado un anticipo de tantos millones que es necesario amortizar. Son incontables el número de comilonas, viajes, joyas, coches y otras mandangas, aparte de los negocios amañados, incluso los favores sexuales, en torno a los premios y sus efectos colaterales: la fama y el marimoñeo de los autores que, a costa vaya usted a saber de qué indignidades, mamoneos, claudicaciones, intrigas, ajustes de cuentas, silencios o expresas adhesiones políticas, consiguen las recompensas que reparten, a su capricho y conveniencia, algunas incompetentes autoridades competentes. Y no es un juego de palabras.

A estas alturas de la columna, probablemente alguien se plantee y reflexione, según lo que sucede en Francia, alguna seria consideración sobre lo que pudiera estar ocurriendo aquí mismo, en nuestra flamante realidad nacional histórica. Pues mire usted, tres cuartos de lo mismo. Tirando a peor. Porque aquí no solamente se podrían cuestionar los premios y las regalías que, supuestamente, perpetren las empresas privadas; cuya principal obligación, no lo olvidemos, es la de ganar dinero y rentabilizar sus inversiones. El negocio es el negocio. El debate sobre esta cuestión, aquí y ahora, habría que centrarlo principalmente sobre el guisoteo (la 'cousine') de los premios, las glorificaciones, las dietas, los viajes y hospedajes, las subvenciones, los cargos, las ediciones, los ninguneos también (de los insumisos), que se trajinan en los despachos oficiales. Quién, y con qué autoridad, redacta y distribuye las listas negras de los indeseables; su muerte civil. Con qué baremo se pondera la valía de unos y otros. Por qué son siempre los mismos (y las mismas) los que arramblan con los titulillos, la pastizara, el famoseo y la atención mediática. Oiga usted, que no es oro todo lo que reluce. Que abunda la purpurina y el cartón piedra. Que la cara dura, la egolatría, la mano izquierda (que no siempre es la comunista), el trapicheo, la inocuidad crítica, el fulanismo, el compadreo, los favores recíprocos, la coba fina, y la exaltación de la mediocridad compulsiva, son los méritos necesarios y suficientes para ir de figurón por la pasarela de la moda posmoderna, que conduce al futuro de la nada y el olvido. Al tiempo.

Tengo a la vista, leyéndolo, el libro 'La cultura como negocio', de Manuel García Viñó, con un admirable y esclarecedor prólogo de Antonio García Trevijano. No se lo pierdan. No tiene desperdicio. Cuando lo acabe de leer le dedicaremos el merecido comentario. Lo de España es, tal cual, como lo de Francia. Sí. Pero mucho más cateto. Más cutre. Más estrafalario. Más descarado. ¿Quién será el Jacques Brennan que lo denuncie?

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