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RAMÓN IRIGOYEN
Viernes, 17 de noviembre 2006, 05:05
UNA vuelta rápida por Varsovia y Cracovia, que distan entre sí unos 300 kilómetros, me obliga a decir que para mí, como para la inmensa mayoría de los españoles, Polonia ha sido un país casi inexistente. Salvo aquel Polonia, capital Varsovia, que aprendíamos en clase de geografía, este país no nos ha rozado culturalmente jamás. Salvo la novela histórica de gran éxito popular 'Los últimos días de Pompeya', de Henryk Sienkiewicz, un autor de la segunda mitad del siglo XIX fallecido en 1916, ni sus figuras políticas, ni los nombres de sus pintores ni los de sus escritores, salvo alguna excepción, apenas nos han llegado por estos pagos. Sólo el cine nos ha asomado a ese país que en la II Guerra Mundial vio masacrados a más de seis millones de sus habitantes, el 22% de la población de entonces, y de ellos más de tres millones eran judíos. No es fácil hacerse ni siquiera una idea ligera de lo que pueden suponer seis millones de muertos para un país. Pero, si pensamos que los historiadores calculan que en la Guerra Civil murieron entre 350.000 y 500.000 españoles, debemos concluir que la II Guerra Mundial en Polonia equivalió en exterminio, como mínimo, a 12 guerras civiles nuestras. Polonia tiene un territorio algo superior a la mitad de España -300.000 kilómetros cuadrados frente a nuestros 500.000, en cifras redondas- y cuenta con una población levemente inferior a la de nuestro país porque roza ya los 40 millones de habitantes.
Polonia entró en nuestras vidas con la elección papal de Juan Pablo II nacido en Wadowice (Cracovia) quien, con el potentísimo ariete del Vaticano, tanto contribuyó a la caída de la República Popular de Polonia de régimen comunista. El sindicato Solidaridad y su líder católico Lech Walesa trajeron Polonia a nuestros telediarios y, a partir de ahí, incluso Osasuna fichó al fantástico polaco Jan Urban que ha recibido, en mayo pasado, el Premio Europa del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Navarra por su labor integradora de culturas. Urban es un buen puente entre la Europa del Este y la Europa occidental. Sería interesante saber cuántos navarros se pusieron, tras el fichaje de Urban por Osasuna, a estudiar polaco, un idioma, por cierto, de tal dificultad fonética que el mismo papa Juan Pablo II, tan dotado para los idiomas, sólo lo pronunciaba bien con ayuda de Dios Padre, de Cristo y del Espíritu Santo. Pero bastaba con que una sola de las tres Personas, por una eventualidad divina, no pudiera asistirlo en la pronunciación para que el Papa comenzara a tener dificultades fonéticas como cualquier polaco de a pie. Y se hace aquí esta pregunta sobre el porcentaje de navarros que estudiaron polaco por influencia de Urban porque sí sabemos que, tras el fichaje de Samuel Eto'o por el Barcelona, se ha disparado en Camerún, la patria del jugador, el estudio del español. Hoy 63.000 cameruneses, según leemos en la espléndida Enciclopedia del español en el mundo, publicada por el Instituto Cervantes, estudian español y un alto número de estos estudiantes lo hace por influencia de Samuel Eto'o que, además de ser un genio metiendo goles, habla un buen español. Los autores del excelente artículo 'El español en Camerún', Fátima Godínez, Marta Martínez y César Rodríguez, escriben en la Enciclopedia que todo el mundo sigue en Camerún la liga española como propia.
He leído en altas dosis poetas de, como mínimo, quince lenguas: por lo menos, me he asomado levemente a literaturas lejanas para nosotros como la checa -en magníficas traducciones de Clara Janés-, rumana, árabe o china. Pero nunca había leído poetas polacos salvo algún poema aislado, que me había gustado mucho, de la genial poeta Wislawa Szymborska, que obtuvo el premio Nobel en 1996. Pero, cuando obtuvo el Nobel, en España no se había traducido aún su poesía. Ahora, guiado por Abel A. Murcia Soriano, magnífico traductor de Szymborska, me dispongo a leer 'Instante' (Igitur/Poesía), con un excelente prólogo de Mercedes Monmany y traducción de Gerardo Beltrán y del propio Murcia, y 'El gran número / Fin y principio y otros poemas' (Hiperión), en edición al cuidado de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal. En estos libros descubrimos a la gran Wislawa Szymborska, una poeta que tiene nada menos que gracia, la cualidad que más cicateramente otorgan las Musas a un poeta. Gracia tienen el poeta latino Catulo, Góngora, Quevedo, Bécquer, el poeta romántico polaco Michiewicz, Darío, Lorca o Gil de Biedma. ¿Tiene, por ejemplo, gracia el poeta don Pedro Salinas? Salvo que tuviera en su alma la gracia santificante, sólo visible a los ojos de los ángeles, no. La cuna natal de Wislawa Szymborska se la disputan encarnizadamente dos ciudades: Bnin y Kornik.
La editorial Gredos ha publicado recientemente una espléndida 'Antología de la poesía polaca'. La traducción y la excelente introducción son de Fernando Presa González. Podemos, pues, ya leer poemas de 27 poetas polacos de máximo interés. Los hinchas de Osasuna, en esta ya larga racha de disgustos que nos está deparando el equipo, han empezado ya a recitar en las gradas del Reyno de Navarra un gran poema medieval polaco muy adecuado para esta etapa de desolación: «Lamentos de la Madre de Dios bajo la Cruz». Y los hinchas más desesperados recitan el poema en el original polaco dirigidos por Jan Urban: «Zale Matki Boskiej pod Krzyzem».
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