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I. GALLASTEGUI
Sábado, 24 de abril 2010, 03:39
Alberto Salamanca presentó ayer en la Librería de la Universidad de Granada 'El gusano en la manzana. El cáncer de mama como enfermedad ambiental'. El profesor de Obstetricia y Ginecología plantea en esta obra divulgativa la hipótesis de que el espectacular aumento de la enfermedad en los últimos años se debe a la creciente exposición de la población a productos químicos que se acumulan en la grasa, actúan como hormonas femeninas y causan tumores. Los xenoestrógenos se encuentran en muchos objetos de uso cotidiano, desde productos cosméticos hasta empastes dentales, pasando por insecticidas, por lo que estas hormonas artificiales están en las casas, las empresas, el agua, los alimentos, la basura y la naturaleza.
'El gusano en la manzana' está dedicado en sus tres primeras partes a analizar la historia de la mama, que en los seres humanos tiene características muy distintas a las de otras especies. Así, el autor realiza un recorrido por la paleontología, la antropología, la estética, la historia del arte y la psicología en torno a esta glándula femenina.
En la cuarta parte el médico analiza las causas más probables del cáncer de mama, que se ha duplicado en España entre 1978 y 2008. Todos los factores de riesgo, recuerda, tienen que ver con un exceso de estrógenos: por ejemplo, una primera regla precoz y una menopausia tardía hacen que una mujer acumule muchos ciclos menstruales, que son la principal fuente de estrógenos naturales.
«La medicina darwiniana -explica el ginecólogo- parte de la idea de que nuestra especie, que lleva 200.000 años sobre el planeta, ha vivido el 99% del tiempo en sociedades de cazadores-recolectores, donde la mujer tenía la primera regla a los 16 años, el primer embarazo a los 19, tenía una media de seis hijos y lactaba 3 años, con lo que el número de ciclos a lo largo de toda su vida era de 150. Las mujeres modernas están expuestas a 450 ciclos: uno o dos embarazos, lactancia de 3 meses... Probablemente nuestra genética no está preparada para lo que entendemos ahora como natural, una regla todos los meses».
Cuestión de ética
El médico subraya que es muy difícil cambiar los nuevos hábitos reproductivos, pero, en cambio, es fácil «prohibir, reducir o eliminar los carcinógenos y disruptores endocrinos artificiales de nuestro entorno». Se trata, concluye, de un «tema ético».
A nivel individual, los ciudadanos apenas tienen la opción de consumir alimentos biológicos, rechazar los empastes blancos y mirar con lupa las etiquetas en busca de parabenos (cosméticos), bisfenol A y ftalatos (plásticos) o hidroxianisol butilado (aditivo de comida), entre miles de compuestos. Pero la solución, subraya Salamanca, tendrá que venir de la mano de las políticas públicas.
La hipótesis que sostiene el libro no es nueva y tampoco está probada al 100%, en parte porque es muy difícil demostrar el poder cancerígeno de unos productos tóxicos que están por todas partes.
Sin embargo, el doctor Salamanca recuerda que el principio de precaución ya se ha empleado antes frente a otros problemas de salud pública: por ejemplo, las epidemias de cólera y tifus en el siglo XIX se frenaron mejorando los sistemas de saneamiento, antes de que hubiera una completa evidencia científica de la relación entre agua contaminada y muerte.
En la presentación, el catedrático Nicolás Olea, que hace años alerta sobre el grave peligro que representan los disruptores endocrinos para el medio ambiente y la salud humana, subrayó la necesidad de que las autoridades actúen con urgencia. Sobre todo, apuntó, si lo que hay en un plato de la balanza es «un pequeño perjuicio económico para algunos» y, en el otro, «unos beneficios humanos enormes».
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