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En las paradas, la gente ni se molesta en cambiarse y baja medio en pijama. La mujer uniformada es la 'provodnitsa', la jefa de vagón.
Historias de la estepa
VIAJE TRANSIBERIANO/CAP.8

Historias de la estepa

En el primer gran trayecto de la llanura siberiana, el tiempo se dilata y el paisaje no dice gran cosa, pero en él se agolpan gestas de todas las épocas

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ

Martes, 3 de agosto 2010, 05:52

En el Transiberiano es fácil entrar en un estado de confusión horaria. Las noches son muy cortas y se suman horas según se avanza hacia Oriente, pero hay algo más: todos los trenes se rigen por el horario de Moscú, aunque uno esté a siete horas en el Pacífico. El viajero tiene el reloj con la hora de la capital para no liarla, pero vive cada vez más lejos de ella y en una creciente esquizofrenia circadiana. Además los trayectos comienzan a ser bíblicos. El tren de Ekaterinburg a Tomsk, por ejemplo, es de 27 horas. Dicho así parece una locura, pero es asombroso cómo se acaba asumiendo con toda naturalidad. Por si acaso el viajero ha tomado precauciones: por única vez viaja en primera clase. Se comparte camarote con una sola persona, pero no hay nadie. El tren es moderno y con aire acondicionado. El viajero se tumba gozosamente en su cama ante la maravillosa perspectiva de pasar un día entero sin hacer nada, leyendo, mirando por la ventana y levántandose para ir al bar. Aún no lo sabe, pero está en el punto culminante de su viaje. Luego será todo caída libre. Esto demuestra una vez más que es mejor no saber lo que depara el mañana.

El viajero ha subido al tren a las cinco de la madrugada, hora local, y se echa a dormir. Más tarde entra un ruso que se parece a Putin -no es el primero-, pero en cachas. Su brazo es como una pierna del viajero. Lleva un macuto y parece militar. De poquísimas palabras, así que una vez más da igual no saber ruso. Se tumba a leer un extraño manual. El viajero se asoma y ve que está parado en Tiumen. A 2.138 kilómetros de Moscú. Fue la primera ciudad de Siberia, fundada en 1586. Ya ha entrado en la estepa. Es el momento de retomar el relato de la conquista de Siberia, que se había quedado en el siglo XVI con los Stroganov, la familia de colonos, parados ante los Urales y el khan Kuchum.

Los Stroganov no eran guerreros y el zar seguía prefiriendo que Siberia se conquistara sola, así que les dio permiso para que se buscaran un ejército y la familia miró en el mercado de fichajes. Encontraron una tropa de cosacos del Don de mala fama, proscritos del zar -por eso habían escapado a Siberia-, golfos y poco de fiar. Fueron contratados inmediatamente. Capitaneaba a los cosacos, que quiere decir 'hombres libres', un tal Yermak, que acabó convertido en héroe de romancero, porque cada país se cuenta su historia como mejor le parece. Unos 800 hombres pasaron con él los Urales en 1581. Aguantaron el invierno en el lugar donde se fundó cinco años más tarde Tiumen. Eran pocos, pero cabezones, y tenían armas de fuego, que por allí nunca se habían visto.

El enemigo épico de Yermak fue Kuchum, descendiente de Gengis Khan y khan de Siberia. El khanato de Siberia, resto de la Horda de Oro, fue el estado musulmán más al norte de la historia y el último en caer de la región. Yermak tomó su capital, Sibir, en 1582. Luego mandó al zar 2.400 pieles de marta cibelina y se hizo perdonar. Lo de las pieles siempre funcionaba, como en las parejas, al menos las de antes. Ahora hay que regalar un fin de semana en un balneario. Pero Yermak siguió allí solo tres años, defendiendo un fuerte con 300 hombres, y murió en una emboscada. Luego ya mandaron refuerzos y un cañón, el primero que entró en Siberia. Dos años más tarde el tributo anual impuesto a la región era de 200.000 pieles de marta, 10.000 de zorro negro y 500.000 de ardilla. Las ardillas debían de caer de los árboles como las peras. Aquello era un paraíso natural. En cuanto a Kuchum, no se rindió nunca y, perseguido, capturada y enviada a Moscú toda su familia, totalmente ciego, no murió hasta 1598, asesinado entre los tártaros de Nogai. Que se sepa, dice Semionov, uno de sus últimos descendientes era funcionario en 1870 en San Petersburgo.

El viajero va a explorar el vagón restaurante. Aunque está vacío es muy aparente. Tienen menú en inglés, con un montón de páginas en las que predominan el salmón y la lengua, aunque están de adorno. Pedir es como un concurso para acertar con lo que hay y se acaba antes preguntando qué tienen, que son cuatro cosas. Logra encargar una sopa y un estofado, pero al cerrar la carta ve un aviso: los platos tardan al menos 40 minutos. Así que va a por un libro. Así topa con la alucinante historia de la legión checoslovaca, que transcurre en la zona que atraviesa. Es perfecta mientras llega la sopa, aunque hay que resumirla por las exigencias del diseño. Cada vez hay que escribir menos porque dicen los que saben que se aburre al lector. El viajero siempre recuerda que en el futuro de 'Fahrenheit 451', una vez destruidos los libros, los periódicos sólo tienen fotos y dibujos, como un tebeo mudo.

La historia sucedió en la guerra civil que se desató en Rusia entre rojos y blancos -los anti-bolcheviques- tras la revolución de 1917, que no fue de la noche a la mañana. La legión checa era un cuerpo del ejército ruso, y de otros, que se formó en la Primera Guerra Mundial entre exiliados de esta nacionalidad que querían combatir al imperio austro-húngaro para liberar su país. Sin embargo el nuevo gobierno comunista sacó a Rusia de la contienda en 1918 y se encontró con estos 65.000 tíos que querían seguir peleando. Acordó enviarlos a Francia, pero en medio estaba el frente y sólo se les ocurrió un pequeño rodeo: mandarlos con el Transiberiano hasta el Pacífico, embarcarlos a Estados Unidos y de allí a Europa. Pero a mitad del viaje hubo un incidente en la estación de Cheliábinsk. La legión se cruzó con otro tren de prisioneros alemanes que volvían a casa. Se lió. Los checos mataron a un soldado y algunos fueron arrestados. La legión reaccionó y, ya puesta, tomó el pueblo entero. Siberia, anti-bolchevique y que de hecho proclamó su independencia, era un caos y los checos, a lo tonto, terminaron por controlar un amplio territorio a lo largo del Transiberiano. Tenían esos trenes blindados con cañones tan chulos. Acabaron metidos en la guerra civil rusa hasta las cejas, junto a los blancos, pero cuando ganó el Ejército Rojo se acabó la fiesta. Los checos, hartos de penar dos años por Siberia y como su país ya era independiente, negociaron su repatriación. Ahora bien, se llevaron el oro del tren imperial que habían robado y fundaron un banco. La resistencia blanca y los señores de la guerra todavía colearon en Siberia hasta 1923, pero son historias para más adelante. Si caben.

Por fin llega la sopa, la única que había, de pepinillo y carne, muy sabrosa. Por la ventana se sucede siempre el mismo panorama. Es una de las sorpresas del Transiberiano: se pierde enseguida el interés por el paisaje, porque apenas cambia. Es como las persecuciones de los viejos dibujos animados, cuando en el fondo se suceden un armario, una lámpara, una puerta y vuelta a empezar. En el tren la secuencia es pinos-pueblo-estación-pinos. Pocas veces se ven grandes horizontes. La visión produce un efecto hipnótico. Casi nadie lee y es fascinante ver a algunos rusos que pasan horas mirando por el cristal, pensando en sus cosas, o tal vez en nada en absoluto.

Vuelve al camarote, donde el soldado Putin sigue leyendo su manual de técnicas de interrogatorio, aunque a lo mejor es un fontanero que repasa el reglamento de termostatos. Con la incomunicación uno imagina cosas -pasa en todas las empresas- y el viajero es muy novelesco. Así le va. Se duerme y despierta a las 20.30, hora de Moscú, pero a saber qué hora es allí, porque es de noche. Qué lío. Baja a estirar las piernas, pues a veces el tren se detiene unos minutos y los pasajeros bajan a comprar algo de comer. Y sobre todo de beber. En la oscuridad nota que el calor ha aumentado, también los temibles mosquitos siberianos y un tremendo pestazo a pescado. Viene de una mujer que casi le mata del susto al aparecer entre las sombras con un montón de salmones. En los andenes suele haber gente vendiendo productos locales. Están en Barabinsk, a 3.000 kilómetros de Moscú. Vuelve a su cabina con un té. Está tan a gusto en su cuartito. Hay algo íntimamente acogedor en los espacios pequeños que sirven de refugio, cuando uno tiene consigo todas las cosas que necesita.

Un momento de pánico

El tren llega a Novosibirsk a las tres de la mañana, medianoche en Moscú. El viajero ya está como Pedro por su casa y baja a ver la estación, la más grande del Transiberiano. Algo gracioso de la ruta es que la gente ni se molesta en cambiarse cuando baja y deambula por ahí medio en pijama. Al viajero le parece estupendo y se mueve tan feliz de la misma guisa. Se adapta enseguida al desorden. La sala de espera es inmensa, con mucha gente que dormita. El viajero se come un bocata de salchichas con una cerveza mirando el monumento a los soldados que partieron de aquí al frente en la Segunda Guerra Mundial. El Transiberiano fue decisivo para mover tropas y Novosibirsk, tercera ciudad de Rusia, se convirtió en el centro de la retaguardia ante el avance nazi. Aunque se suele olvidar que Alemania y la URSS empezaron la guerra siendo tan amigas y repartiéndose Polonia.

El viajero vaga pensando en estas paradojas de las tiranías hasta que de improviso le asalta el pánico. Suele tener una especie de alarma interior que se activa cuando está despreocupado, para recordarle que seguramente algo va mal, pues así es la vida. De repente lo ve clarísimo: el tren sale y él en pijama con tres mil rublos en una remota estación rusa. Tampoco se ha preocupado mucho de averiguar el tiempo de parada, así que corre desesperado al andén, maldiciendo su estupidez congénita. Es un minuto de pavor, pero ahí está su tren. El viajero se promete no ser tan desastre y se está quietecito hasta su destino. De todas las historias de la estepa la suya podría haber sido la más ridícula. Amanece y es hora de ir a dormir, o eso cree, aunque no tiene sueño. Es uno de los días más raros de su vida. Está en medio de la nada. Novosibirsk es el centro geográfico de Rusia.

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