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Princesas de Siberia
VIAJE TRANSIBERIANO / CAP. 11

Princesas de Siberia

Entre las masas de deportados de los zares destacaron las mujeres de los aristócratas sublevados en 1825, heroínas que insuflaron aire civilizado en un mundo salvaje

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ

Miércoles, 11 de agosto 2010, 03:40

El trayecto hasta Irkutsk ha sido infernalmente entretenido, pero el viajero llega con ilusión porque esto es como el juego de la oca. A veces cae en una casilla con hotel y ducha. Y después de tres días por fin le toca. Llega al alba a un tres estrellas al que le sobra alguna. Basta pensar que hay fotos de huéspedes ilustres y entre ídolos del heavy metal ruso está Doctor Alban. Ni se acordarán, pero tuvo un segundo de gloria discotequera en los noventa con 'It's my life'. Pero es que ni siquiera pasó por aquí entonces, ¡sino en 2007! Hay un fenómeno musical curioso en Rusia, porque abunda lo ochentero y tecno-trasnochado que se recicla por vías misteriosas. En Ekaterinburg había un concierto de Enigma, los del gregoriano de discoteca. En fin, da igual el hotel, entra en su habitación emocionado y se derrumba en la cama. Hasta ahí bien. Pero el muy insensato se empeña en darse una ducha, a quién se le ocurre. No hay agua caliente. En la recepción le dan una interesante serie de instrucciones en inglés: «¿Ha probado a abrir el grifo del agua caliente? Tiene que esperar cinco minutos. Si no espere a que se levanten todos y empiecen a ducharse». Y aquí lo deja porque le da la risa.

Se ducha con agua fría. Sale con mal cuerpo, pues acabó resfriado en el tren-horno. Se mete en la cama, pero no hay persianas y la luz entra de lleno. Además lleva encima un cambio de siete horas al que no termina de coger el truco, siempre pendiente del horario de Moscú para no perder los trenes. Así que pone la tele para ver si hay algún partido del Mundial. Dan Portugal-Corea del Norte en diferido. Al viajero le da pena que goleen a los coreanos, porque los pueden enviar a campos de trabajo. Allí todavía están en eso. Da vértigo pensarlo en Siberia, donde tanto perfeccionaron el invento. Los primeros deportados llegaron enseguida, a finales del XVI. Antes incluso que los colonos, pues a los zares les pareció magnífico tener un matadero sin problemas de espacio y empleados gratis para las minas. A un simple ladrón le caía una sarta de latigazos, le cortaban una oreja o la nariz y a Siberia. Se iba por nada, hasta por fumar. De las ciudades salían periódicamente filas de desgraciados que recorrían a pie miles de kilómetros. Al pasar los Urales decían adiós a la civilización. Las rebeliones del pueblo puteado alimentaban constantemente las 'katorgas', los campos de trabajo, y cualquiera un poco inquieto pasó por la piedra, como los propios Lenin y Stalin. Luego siguieron la tradición.

Siberia era tan terrible que sólo iban por libre buscavidas y maleantes. Los demás, sólo obligados. Hubo intentos de colonización forzosa. En 1799 se mandaron 10.000 hombres con sus mujeres, y si no tenían, el Estado les daba una, junto a un caballo, un carro y una piel de oveja. Escaparon o murieron casi todos. Pensando que lo suyo no es nada y con el ejemplo del espíritu deportivo coreano, el viajero asume su situación y se duerme. Se despierta a mediodía creyendo que hay una guerra de almohadas. Pero son decenas de copos de polen, porque ha dejado la ventana abierta. Irkutsk vive su verano tropical a 38 grados. Para una vez que va a Siberia le pilla una ola de calor. Es difícil de creer que estén a veinte bajo cero dentro de nada. Decide que lo mejor es ir a comer como se debe. En un restaurante mongol muy agradable ponen platos gigantescos de cordero y lengua de buey y hace su primera comida caliente en dos días. Está cerca de Mongolia y de aquí en adelante es territorio de etnias de ojos rasgados, sometidas por el avance ruso en Siberia durante tres siglos. Aquí son buriatos. Más adelante chukchis, evenkis, yakutos... En el restaurante hay una mesa con cuatro chicas de rasgos asombrosos. Caras muy anchas, pómulos como manzanas y bocas pequeñas, de una belleza extraña. Las rusas que ha encontrado son muy de miraditas, y aquí también. Toman té tan finas, pero llega una sartén humeante y se ponen como el quico.

Tras el postre, el viajero hace una reunión consigo mismo y piensa qué hacer. Está medio enfermo y cansado. Tiene dos días en Irkutsk, la París de Siberia, junto al lago Baikal, que está a 70 kilómetros. Es un paraíso de la naturaleza. Puede tomárselo con calma para recuperar fuerzas después de diez días. O darse una paliza para ver la isla de Olkhon. Dicen que es una maravilla, pero al preguntar si está lejos le responden: «No, no, son seis horas de coche». Sería para estar una tarde y regresar a meterse 37 horas hasta Ulan Bator. Como, si no, tiene remordimientos de engañar al diario, contra toda lógica opta por la excursión al día siguiente.

Esa tarde sale a explorar la París siberiana. La llaman así por sus bulevares con casas de piedra, algo que era insólito entre poblachos de madera. Irkutsk fue la capital de la Siberia central, cruce de la ruta que iba a Pekín por Mongolia, con oro, marfil y pieles, mientras a Rusia subía té, seda y porcelana. Era como el Oeste americano, con sus 200 asesinatos al mes, hasta que creció una pequeña burguesía. Pero hay más. Tuvieron una veta de influencia culta y urbana de unos deportados muy especiales. En 1825 un grupo de oficiales y aristócratas intentó un golpe de estado en San Petersburgo con loables intenciones demócratas. Eran idealistas y liberales y, como en muchos de estos casos, vivían en las nubes y eran idiotas. No prepararon nada, confiaron demasiado en el pueblo o pensaron que todo se haría solo. Total, que se plantaron con un regimiento ante el senado hasta que les pegaron dos cañonazos. Allí se terminó el golpe de los decembristas -era diciembre- y todos, 121 cabecillas menos cinco ejecutados, acabaron en Siberia. La historia se pone interesante cuando sus mujeres deciden abandonar sus palacios y seguirles. Habría sido un gran 'western'.

Relaciones con las indígenas

Siberia no era un lugar recomendable para una mujer. De hecho su ausencia fue un gran problema en la estepa. Si no ligar puede ser un drama un sábado por la noche, qué pensar de las noches de todos los sábados con los castores de la tundra. Las relaciones con las indígenas estaban mal vistas y no siempre eran románticas, sino a tortas y en harenes. Todavía en el siglo XIX el zar mandaba a Sajalín, la remota isla del Pacífico, barcos con cargamentos de tías acusadas de delitos comunes para distribuir entre los exiliados como si fueran piruletas.

Este era el panorama cuando la princesa Trubetskaya, de 26 años, pidió permiso para ir a Siberia a compartir la condena de su marido. En los salones bien pensaron que estaba loca. Es difícil mantener la grandeza en la adversidad, y el viajero aprende la lección ahora que se siente tan lejos y tan colgado. Luego fueron las demás, como María Volkonskaya, de 21 años, la flor de San Petersburgo, que inspiró al propio Pushkin, el célebre poeta ruso de sangre etíope. Para ello tuvieron que aceptar la muerte civil, renunciar a sus derechos, bienes y herencias, vivir como unas deportadas más, junto a las minas, lavando ropa y fregando suelos. Al cabo de una década liberaron a sus maridos, pero sin permitirles regresar, condenados al exilio como colonos. Entonces reconstruyeron su vida refinada en medio de la Siberia pueblerina y salvaje. En Irkutsk está la mansión de María Volkonskaya, conservada con su mobiliario y dedicada a los decembristas, y al entrar se respira toda la nostalgia de la cultura y los canapés, que suelen ir unidos. Es una casa deliciosa con biombos chinos, servicios de té, periódicos franceses, una caja de música con discos italianos, un invernadero. Los retratos de estas mujeres muestran rostros hermosos y es fácil imaginar a la Volkonskaya sentada al piano, mirando entre las cortinas, pensando qué se llevará ese invierno en San Petersburgo.

Pero no se quedaron mirando a las musarañas. Los decembristas, junto a otros exiliados cultos como los polacos insurrectos que llegaron en 1863, se convirtieron en una notable fuente de innovación cultural. Es esperanzador el efecto que puede tener en un país una clase instruida y liberal. Nada de lo de ahora, por supuesto, y de casi nunca. Abrieron escuelas y hospitales, organizaron sociedades de conciertos, montaron teatros. En el campo introdujeron técnicas modernas y nuevos cultivos. Y daban fiestas, claro. En torno a María Volkonskaya la burguesía de Irkutsk se puso elegante y nació la París de Siberia. No es raro que fuera el fortín blanco, anti-bolchevique. En realidad el otro lado de aquella tierra hostil y abocada al mal es que todo estaba por hacer, y siempre hay una posibilidad para el bien y la belleza. El sobrino de la mujer del gobernador, por ejemplo, se infló de entusiasmo utópico. Era otro deportado, de 43 años, que llegó en 1857 con trato de favor. Por las noches cenaba en casa de su tío con champán y hablaban de comerse el mundo fumando puros. Se llamaba Mijail Bakunin, padre del anarquismo. Para él Siberia era la tierra del futuro donde construir una nueva sociedad. Entonces se habló mucho de fundar los Estados Unidos de Siberia, a imitación de los de América, por la lejanía y desinterés de la metrópoli. Su tío, Nikolai Muraviev, lanzó la última gran conquista rusa en Siberia, los confines con China del río Amur. Bakunin acabó escapando a Japón.

El zar perdonó a los decembristas en 1855, después de 30 años, y los que aún vivían volvieron a casa. María Volkonskaya también, convertida ya en la princesa de Siberia. Luego fue la revolución roja -los decembristas se adelantaron cien años a su tiempo- y en la casa Volkonski se metieron veinte familias. Pero al final el progreso llegó a esta tierra sombría y el gusto parisino pervive, a su manera. En la casa museo ofrecen sesiones de fotos con tipos disfrazados de época ('Romantic style') a 200 rublos, cinco euros. Sólo en verano, aclara el cartel. Luego, dando un paseo, el viajero encuentra varias fiestas de graduación. Las chicas van todas como si fuera el baile de Cenicienta. El viajero, que no es consciente de las pintas que lleva, se muere de risa, pero la princesa de Siberia habría sonreído.

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