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PÍO GARCÍA
Sábado, 4 de septiembre 2010, 04:57
Aestas alturas, nadie sabe si Cecilia Ciganer-Albéniz, ahora Cecilia Attias y antes Cecilia Sarkozy, sonríe, se santigua o se tira de los pelos. Su ex marido Nicolas, el presidente de la República Francesa, ha ordenado la expulsión inmediata de los gitanos rumanos y búlgaros que habitan en poblados ilegales. Aunque los ciudadanos franceses, según las estadísticas, apoyan mayoritariamente la medida, las dudas éticas que levanta la deportación masiva han estado a punto, incluso, de romper el Gobierno galo: el titular de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, reconoce que pensó en dimitir cuando conoció las intenciones de su presidente. Hoy mismo, gitanos de todo el mundo han convocado una manifestación en París y Cecilia Ciganer-Albéniz, primera mujer de Nicolas Sarkozy, podría perfectamente coger una pancarta y desfilar por los Campos Elíseos: por las venas de Cecilia también corre sangre gitana. Su padre, André Ciganer, era un zíngaro moldavo que huyó de su país natal cuando los rusos lo invadieron. Encontró refugio en París e incluso se cambió el apellido (originalmente Chouganov) para subrayar su herencia gitana. André se instaló en la capital francesa, ejerció de peletero y durante muchos años fue oficialmente apátrida. Sin papeles. Hoy hubiera sido carne de expulsión.
Distraída con sus negocios y perdida en algún paraíso tropical, no parece probable que Cecilia Ciganer-Albéniz eche hoy una mano a unos primos cada vez más lejanos, pero su biografía ilustra los recovecos étnicos que han marcado la historia europea y alerta contra los peligros de las generalizaciones. «Los gitanos de todo el mundo constituimos un único pueblo, con una única tradición -explica el escritor Joaquín Albaicín-. A partir de ahí, está claro que, en cada país, hay gitanos ricos, pobres y de clase media. Hay artistas, hay vendedores ambulantes, hay ingenieros, hay taxistas. Los hay cuerdos y los hay locos. Los hay católicos, musulmanes, ortodoxos, luteranos. Los hay que se llevan muy bien con su mujer, y los hay que no. Obviamente, los gitanos búlgaros comen erizo, que forma parte de la dieta de allí, y nosotros no. Y hablan muy bien el búlgaro, lengua que yo no hablo. En fin.».
«¿Qué pecado he cometido?»
El pueblo gitano ha dado algún premio Nobel (el físico August Krogh), músicos de altura (el director de orquesta Sergio Celibidache), actores de prestigio (Helen Mirren, Charles Chaplin, Yul Brynner) y artistas plásticos de renombre (Antonio Maya Cortés), pero no ha conseguido derribar unos estereotipos sociales que se reproducen encuesta tras encuesta. La diseñadora Juana Martín, habitual de la Pasarela Cibeles, se rebela contra ellos: «No entiendo por qué me tengo que defender de lo que soy. ¿Qué pecado he cometido yo por ser gitana? La gente habla desde el desconocimiento. Se piensa con ligereza cuando se dice que todo el mundo es bueno o malo. No es así». Lolita Flores, actriz y cantante, rehusa opinar sobre lo que sucede en Francia, por falta de información, pero advierte contra las tesis de brocha gorda: «Es que no todos los gitanos somos iguales».
En España, el ex diputado Juan de Dios Ramírez Heredia, que se convirtió en primer gitano en ocupar un escaño en el Parlamento europeo, siempre coloca Andalucía como ejemplo máximo de integración. El músico Antonio Carmona comparte su opinión («allí no se sabe si eres gitano o castellano»), aunque puntualiza que, en el norte español, la situación es diferente. Para Joaquín Albaicín, miembro de la Unión de Escritores Romanís, el concepto mismo de integración resulta venenoso: «Ninguna raza ni cultura son 'integrables' al cien por cien en otra distinta, por cuanto esa 'integración' comporta la asimilación, es decir, la desaparición a medio plazo de una de ellas. ¿Qué quiere que le diga? Comprenderá que no me apetece nada, eso de desaparecer. Una piedra y un árbol forman parte del bosque, pero nunca la existencia del árbol va a ser idéntica a la de la roca. Ni quiero, ni necesito ni puedo, en fin, 'integrarme' en ninguna parte, pues ya lo estoy en la sociedad gitana. Me basta con lo natural y sensato: con coexistir y, si procede, convivir en paz y respeto mutuo con las demás culturas».
Al final, el respeto parece convertirse en la palabra clave, en la piedra angular sobre la que edificar la sociedad europea. «Y también un poco más de información», apostilla la diseñadora Juana Martín: «Hay que interesarse más por las personas, sin dejarse llevar por el estereotipo. Lo que cuenta para mí es la persona, sea de la raza o de la religión que sea». Por eso, a los gitanos españoles consultados por V, les chirría especialmente la amplitud indiscriminada de los destierros dictados por Sarkozy: «Esos miles de personas a quienes se ha expulsado de Francia, ¿en verdad han violado alguna ley civil o penal? ¿Todos ellos? ¿Del primero al último? ¿Sí? ¿Seguro? Si ha sido así, ¿cómo es que se les 'compensa' con 300 euros por barba?», se interroga Joaquín Albaicín. Quien más quien menos, todos sospechan motivos ocultos en la actitud del presidente francés. La historiadora granadina Sarah Carmona alude, por ejemplo, a la necesidad de desviar la atención del 'affaire' Bettancourt, que compromete a varios miembros del Gobierno: «Sarkozy necesitaba una escapatoria y escogió a nuestro pueblo».
Un pueblo, por otro lado, bastante acostumbrado a ejercer de chivo expiatorio. «Lo que ha pasado en Francia no es nada nuevo», recuerda Joaquín Albaicín. El escritor madrileño se remonta, por ejemplo, al siglo XVIII español: «En tiempos del rey Fernando VI, todos los gitanos españoles, del primero al último, fueron condenados a quince años de prisión por un único 'delito': su origen étnico. Todos. Mis antepasados, los de mi mujer, los de mi primo, los de mi amigo, los de mi vecino.Y tuvieron que cumplirlos... Salvo unos pocos, porque la cosa fue tan arbitraria que, en algunos casos, los ayuntamientos solicitaban que se hiciera una excepción con Fulanito, porque si se lo llevaban, el pueblo se quedaría sin herrero o sin molinero. Pero vamos, que al que no era herrero y, por tanto, no era necesario, dejaban que se lo llevaran».
En Europa viven hoy unos diez millones de gitanos, 650.000 en España. Sus quejas no hacen mella en Sarkozy, que en lo que va de año ha expulsado a 8.000 ciudadanos rumanos y búlgaros. Animado por las encuestas, el primer marido de Cecilia Ciganer-Albéniz sigue con su cruzada.
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