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ESTER REQUENA
Sábado, 11 de diciembre 2010, 05:39
La sorpresa de las filtraciones de Wikileaks no ha sido el buen repaso que se han llevado los políticos españoles, que si fuera por Estados Unidos no llegarían al aprobado raspado. Ni siquiera que Alfredo Pérez Rubalcaba -«muy capaz, serio, encantador; el miembro más impactante del Gobierno»- se libre de la quema junto al Rey Juan Carlos. El premio gordo se lo ha llevado Bernardino León Gross (Málaga, 1964), todo un desconocido para el gran público, pese a que es el responsable de confeccionar la agenda del jefe del Ejecutivo. Secretario general de la Presidencia, León, militante del PSOE, sólo ha recibido elogios en los cables filtrados. Y eso que, salvo en su Málaga natal, pocos podrían ponerle cara al que, en muchos asuntos, es la mano derecha de Zapatero. Lo cierto es que es el político mejor valorado por la embajada norteamericana. «El chico de oro (Golden boy) del Gobierno», como le apodan en las filtraciones. Los piropos no se quedan ahí: «Es un interlocutor listo y admirable, muy bien relacionado, al que Zapatero escucha» o «tiene una impresionante capacidad para procesar increíbles cantidades de información sobre gran cantidad de temas, conectar los datos y presentarlos de una manera perspicaz, persuasiva y convincente». Lo comparan con una versión de Google, lo que ya saben sus colaboradores más cercanos. Pero estas flores desde el otro lado del charco no han sido las primeras. «David Rockefeller le adora y le gustaría que fuese presidente de España», detalló hace tiempo Daniel Estulin, autor de 'La historia definitiva del Club Bilderberg' y experto en estas citas al más alto nivel (la última se celebró en Sitges) a las que el diplomático malagueño ha acudido en varias ocasiones. Otro ejemplo de su peso internacional.
Bérnard, como le llaman su familia y amigos, se prodiga poco delante de los focos. Se ha convertido desde hace más de dos años en la sombra del presidente. Siempre en segundo plano ocupando un puesto que, asegura, nunca buscó. Apenas concede entrevistas y sólo hace declaraciones cuando es estrictamente necesario. Su trabajo callado, su discreción y prudencia son sus mejores valores, de ahí que casi no le haya dado importancia a los cables del embajador Aguirre. «Simplemente le ha hecho gracia lo que dicen sobre él», señala un buen amigo suyo. Ni un comentario más.
León lleva la diplomacia por bandera, su «gran pasión» con permiso de Bach. No hay libro en cualquier idioma ni disco del compositor alemán que el ex secretario de Estado de Asuntos Exteriores no atesore en su casa madrileña, en la que en cuestiones de decoración alterna los cuadros de arte contemporáneo -alguno de Miquel Barceló, con quien coincidió en África- con las fotografías de sus múltiples viajes. Allí tampoco faltan los juguetes de sus tres hijos, de 13, 11 y 8 años, y alguna que otra guitarra que se anima de vez en cuando a tocar para recordar los tiempos en los que tenía un grupo de música celta. Incluso en la embajada de Argelia llegó a dar un concierto para sacarse la espinita.
Melómano reconocido, no sorprende que entre sus amigos más íntimos se encuentre el director de orquesta Daniel Barenboim, por el que ha llegado a viajar expresamente a Chicago o Berlín para asistir a uno de sus conciertos. A través del músico conoció al ensayista palestino Edward Said, del que ha escrito algunos artículos y que le animó a traducir libros sobre el conflicto árabe y judío, en lo que es un especialista tras formar parte de las conversaciones de paz en Oriente Medio. No en vano, fue uno de los últimos en entrevistarse con un debilitado Yasir Arafat poco antes de su muerte entre purificadores de aire.
Cónsules en la familia
El tranquilo niño que jugaba a dar patadas a un balón de fútbol con sus hermanos pequeños junto a la playa en el selecto barrio malagueño de El Limonar llevaba la diplomacia en sus genes. En su familia ha habido varios cónsules... aunque sus padres también pusieron su granito de arena. Todos los meses de agosto los León Gross se subían al coche y recorrían un par de países europeos con una caravana enganchada para conocer mundo (por eso no perdona las vacaciones con sus hijos, a quienes llevó el verano pasado a Alaska). Pero la chispa de la diplomacia le saltó viendo '55 días en Pekín' en el cine Lope de Vega de Pedregalejo con apenas 13 años. A partir de ahí lo tuvo clarísimo. Estudió Derecho en la Universidad de Málaga donde, además de conocer a su mujer, despuntó como un líder nato y se convirtió en discípulo aventajado de Alejandro Rodríguez Carrión, catedrático de Derecho Internacional Público que fuera asesor de Carlos Westendorp, último ministro de Exteriores con Felipe González. Su «gran maestro» junto a Enrique Ruz, su profesor de Literatura en los Jesuitas -el mismo colegio en el que estudió Ortega y Gasset-, que lo convirtió en un devorador de libros. Se ha leído y releído todas las obras de Juan Benet, Alejo Carpentier y William Faulkner.
Ni imaginaba que después él mismo se convertiría en personaje de novelas como 'El Miedo es un camello ciego', de Vicente Romero, o 'Nada puede el sol', de Antonio López Peláez, gracias a que sus primeros destinos como diplomático fueron, a petición propia, Liberia y Argelia, dos países muy peligrosos con conflictos internos. Fue una época muy dura en la que no dudó en adentrarse en la selva para verse con la guerrilla y que le hizo estar un año separado de su mujer por razones de seguridad. África le ha dejado una huella imborrable en su retina, pero también en su historial médico. ¡Hasta en dos ocasiones contrajo la malaria! Su primer sueldo en el continente negro fue directo a comenzar a pagar la que es ahora su casa en el Rincón de la Victoria, a doce kilómetros de Málaga, ciudad donde hasta hace unos meses se le incluía en las quinielas para luchar por la alcaldía.
Solvente, discreto, inteligente, eficiente e hiperactivo en el trabajo son algunos de los calificativos que le lanzan sus colaboradores. «No habla demasiado y no sorprende con una gran exposición documentada. Sus intervenciones suelen ser cortas pero muy clarificadoras», detallan de un hombre que «está en todas las decisiones» que toma Zapatero, en especial en las referentes a política internacional. En este terreno el líder del PSOE tiene confianza ciega en Bernardino, su mejor traductor y su bastón de apoyo en cualquier cita fuera de nuestras fronteras al dominar el inglés y el francés y defenderse en árabe y griego. Tranquilo hasta el extremo, demuestra gran serenidad y autocontrol en cualquier crisis. Imposible verlo fuera de sus casillas. Su pulso no se acelera por nada. «Es de los que 'mea' hielo», puntualizan con ironía. Su educación anglogermánica (la impronta germánica del Gross) le hace guardar las distancias, aunque entre amigos no duda en lanzarse a contar algún chiste.
Con su 'jefe' comparte afición por el deporte. Sólo hay que echarle un vistazo a la foto de Cameron y Zapatero haciendo 'footing' antes de la cumbre del G-20 para encontrarlo -de nuevo- en un discreto segundo plano. A diario se enfunda los pantalones cortos y se machaca con largas sesiones físicas. Incluso compite anualmente en una carrera de 101 kilómetros que se disputa en Ronda. Siempre que puede lleva en su pequeña maleta de ruedas una raqueta, aunque después se pase medio partido pegado al móvil, como le ocurre siempre que se enfrenta con sus hermanos. Ha hecho algo de escalada y en su cartera guarda orgulloso la licencia para pilotar avionetas.
La adrenalina le pone y por eso a muy pocos les extraña que lo suyo sea apagar fuegos. Su mano está en «todos» los temas internacionales candentes de los últimos años. Incluso se especuló con que fuera un negociador secreto con ETA debido a sus continuos viajes a Ginebra. «A veces no hay mejor definición para el diplomático que la de bombero con traje de chaqueta», ha comentado en alguna ocasión. Y, por encima de político, Bernardino se siente diplomático.
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