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Amanda Martínez
Jueves, 19 de noviembre 2015, 11:50
"Van como tres sombras con hilos de vida sin recordar los años y sí las penas, con el sol sobre los lutos, pisando los escombros de un nido milenario de artesanos". Así comenzaba Antonio Ramos la historia de "La Santera", Matilde y Francisca, las últimas moradoras de la vieja Casa de la Lona. Tres mujeres, cada una en su cuartillo albaicinero, que compartían el viejo corral. Hacía unos días que se había marchado el cuarto habitante, un hombre al que llamaban "El Cristo", que se despidió del caserón para refugiarse en un asilo. En la taberna de Paco Lara, los hombres de San Miguel el Bajo se quejan de que las casas antiguas tiemblen, se hundan y mueran. Así, cada día, va agotándose un algo de este Albaicín.
Aún faltaban dos años para que el Ayuntamiento ordenase el derribo de la histórica casa del Albaicín, pero estaba declarada en ruina desde principios de los 70. Entonces, los más de quinientos vecinos que residían en la corrala la fueron abandonando poco a poco. Habían llegado a residir más de mil personas, pero quedaron solo tres. Francisca Galindo Blanca, de 89 años, conocida como "La Santera", sobrenombre de su marido artesano que hacía santos de escayola; Matilde Fernández, una viuda de 87 años; y Francisca Carvajal, de 69.
En otro tiempo, vivir en la Casa de la Lona confería un carácter específico. José G. Ladrón de Guevara dijo de ella Según salimos de la plaza de San Miguel Bajo, hacia las Vistillas, por donde aparece la ciudad baja, y al fondo, muy lejos ya, la Vega, cae la Casa de la Lona un viejo caserón ruinoso, palacio de algún moro notable, luego tejeduría donde se fabricaron las lonas para el velamen de aquella desgraciada Armada Invencible de Felipe II. La Casa de la Lona fue, en otro tiempo, la más famosa casa de vecindad del Albaicín. El viejo caserón en ruinas, antes palacio, luego fábrica de lonas y finalmente fábrica de calzados, fue en otro tiempo una de las casas más famosas del barrio. En el 73 aún se pensaba en un proyecto que salvara el edificio. Las vecinas, sentadas en sus sillas de anea en el gran patio, pasaban la mañana al sol. Su derribo en junio de 1975 se llevó un trozo de la historia del Albaicín que se iba agotando poco a poco.
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