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REGLADA

Condición de laico

JOSÉ MARÍA DE LA TORRE

Sábado, 6 de diciembre 2008, 04:06

NO me gusta hablar y menos escribir de religión pero Manuel Madrid Delgado, con su artículo 'Condición de creyente' publicado en este periódico el pasado día 27, me va a alejar, confío que sólo sea por esta vez, de mi propósito. Soy lector de sus artículos. Me parece un buen columnista y mejor escritor. Y no me aburre. Pero a mi parecer, el artículo citado chirría un tanto; y no por su contenido, pues convengo con el autor en que cada cual tiene derecho a trajinar sus dudas como mejor le venga en gana, sino por la melifluidad de sacristía con la que nos fustiga a los contrarios. Empero, y aún viéndolo yo así, no entraría al trapo de no ser por alguna afirmación puntual a la que me gustaría salir al paso.

Una es cuando dice que «ser creyente, creyente cristiano, se está poniendo difícil en España». Ahí uno no puede por menos que cabecear. De no estar el inciso 'creyente cristiano' nada objetaría yo a ese aserto. En nuestros días ser creyente a secas es un acto moral, una afirmación a contracorriente y por lo tanto heroica, pero cuando se adjetiva, es decir cuando se ritualiza, viene a suceder, como es en este caso, que la historia, la reciente y las más antigua, refuta esa afirmación. Por lo demás y hasta el último párrafo nada más tendría yo que añadir. Respeto y comprendo el desconcierto del articulista ante la realidad que le rodea. En cualquier caso es su problema y espero que encuentre la solución. Lo que de nuevo me enerva es cuando escribe: «la religiosidad no implica ser un talibán de nada, porque se puede creer -o querer creer, o buscar la creencia,

que

(cursiva mía)

hay una religiosidad preciosa en algunos ateos y agnósticos

-» Ahí ya no transijo: ¡Que falta de respeto¡ ¡Que manía de hacer a todos feligreses!

Hay conceptos tan arraigados en las cavernas de la imaginación que no es posible removerlos. Uno de ellos es la salvación de las almas. Otro es la religión: la convención con la que los hombres se consuelan de los despropósitos de la realidad; con el valor añadido de que les sirve además para esperar una realidad mejor, eso sí, en otro mundo. Tiene por tanto una función calmante o consolatoria en la que subyace un concepto de moralidad que nace de la noción de recompensa. Está tan arraigada que por eso no se concibe, o se concibe mal, que sea el bien, así a secas sin adjetivos ni excrecencias, la regla de nuestras acciones. Justo como lo piensan quienes creen que lo realmente inmoral es obrar en función de la recompensa o del castigo que aquellas merezcan. Decía Cleóbulo de Lindos, uno de los siete sabios de Grecia, que la mejor ciudad es aquella en que los ciudadanos temen más el reproche que la ley. Es decir que sólo obra bien quien obedece la ley moral por respeto al deber que en ella se expresa.

Remata su artículo Madrid Delgado afirmando que los progres no quieren que haya cruces en las escuelas públicas. El articulista, que según propia confesión no es integrista ni progre, esconde su opinión: sí, pero no, y no, pero sí. Y sin embargo bastaría con leer la Constitución: Ninguna confesión tendrá carácter estatal (Art. 16.3). También el Gobierno. Dios bendito ¡qué difícil se está poniendo ser laico en España!

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