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Lunes, 16 de enero 2006, 01:00
A mediados del siglo XIX llegó a Jaén, procedente de Madrid, Felipe Mingo García-Izquierdo, ingeniero de caminos, que venía con la misión de dirigir la construcción de la carretera que uniría Jaén con Alcalá la Real, pasando por Los Villares y Valdepeñas
El señor Mingo pronto se incardinó activamente en la sociedad local y prendado de una hermosa joven de 16 años, Matilde Fernández Cano, contrajo matrimonio el 20 de Marzo de 1854. La ceremonia, dada la edad de la chica, se celebró en la intimidad, en el propio domicilio de la novia.
Robustecida su vinculación a Jaén con el matrimonio, Felipe Mingo, se reveló como un hombre inquieto y emprendedor, realizando felices inversiones en bienes rústicos y urbanos. Poseyó tierras en Puerto Alto y en las cercanías del Puente de la Sierra y dispuso de varias casas, con cuyas rentas acrecentó su patrimonio.
El domicilio familiar lo instaló en la calle Maestra Baja, frente al Convento de los Ángeles y la calle de las Campanas de Santiago. En el año 1859, aprovechando que su casa era contigua por la espalda de otra accesoria con entrada por la plaza de San Bartolomé, más conocida como Casa del Portalillo, la adquirió con la idea de edificar una casa de pisos.
Conseguida, el 13 de Octubre de 1859, la preceptiva autorización municipal para demoler el ya ruinoso Portalillo, inició los trámites para la nueva construcción, adquiriendo las casas números 10, 11 y 12 de la plaza de San Bartolomé, con el fin de conseguir un solar amplio y suficiente.
El proyecto del nuevo edificio lo encargó al maestro de obras José María Carrillo Tejerina, quien dispuso un elegante edificio cuyo alzado estaba compuesto de semisótano y cuatro plantas. La fachada, de severo y académico equilibrio, repartía sus amplios y luminosos huecos tomando como eje la amplia puerta principal, con arco de medio punto, por la que se accedía a un espléndido zaguán profusamente decorado. Nada se escatimó en materiales y decoración, donde predominaba el mármol negro, lo que de entrada ya causó cierto respeto en las gentes, que no podían evitar su resquemor ante la visión de aquel zaguán de tan fúnebre apariencia.
Apenas estrenada la casa, la familia quedó sumida en un gran pesar porque en diciembre de 1867 fallecía en Madrid, a los cuatro años de edad, el primogénito Francisco de Asís Mingo Fernández. Sus padres, destrozados por el dolor, consiguieron autorización especial y el cadáver, en una caja de zinc, se trajo a Jaén para recibir sepultura en el viejo cementerio de San Eufrasio. Tan penosa circunstancia, incrementada con los usos y costumbres de la época que establecían lutos rigurosísimos, motivó que en la ornamentación de la casa (en la que se trabajaba aún) se incrementaran los mármoles negros y los tonos serios, lo que afianzó la aversión de las gentes hacia el inmueble.
Unos años después, cuando la familia comenzaba a recuperarse del doloroso trance, un sensible accidente vino a incrementar aún más los temores que aquella casa despertaba. Tenía el edificio un bello patio circular, también decorado en mármol negro, al que se abrían en galerías porticadas las estancias de los pisos superiores de la casa, a la que desde finales del mes de Diciembre de 1872 había retornado la alegría con el nacimiento de un varón, al que los padres, sin poder evitar la añoranza del hijo difunto, pusieron por nombre Francisco de Asís.
La tarde del 18 de Julio de 1873, la nodriza se hallaba en una de las galerías superiores jugando con el pequeño al que apoyaba sobre el marmóreo barandal. En un mal momento, el niño se le escapó de las manos cayendo al patio y falleciendo en el acto.
Tan infausto suceso, aparte de causar el natural revuelo pese a que la familia trató de silenciarlo, marcó definitivamente a la casa y a sus moradores. La vivienda se tornó triste y silenciosa, siempre con las puertas entornadas o cerradas y rindiendo culto permanente a la memoria del infante tan desdichadamente muerto, en cuyo recuerdo sus padres mandaron pintar unos lienzos que decoraban la galería baja de aquel fatídico patio, en los que se recogía la efímera biografía del joven Francisco de Asís Mingo Fernández.
Consumido por la pena, el matrimonio aguantó hasta 1888. El 4 de Abril de ese año fallecía el ingeniero Felipe Mingo, que nunca consiguió sobreponerse al infortunio. Su esposa fue incapaz de sobrevivir mucho más y el 20 de Julio abandonaba también el mundo consumida por el dolor.
Sin dueño
La familia, impresionada por la desdichada trayectoria de aquel matrimonio, cerró la casa, que permaneció en tal estado varios años, pues nadie la quiso alquilar ni habitar, entre otras cosas porque el pueblo, impresionado con aquel drama familiar, se encargó de asegurar que en aquella casa había miedo. Y así fue como poco a poco el edificio comenzó a conocerse en el barrio como la Casa del miedo.
Otro hecho vino a potenciar dicha circunstancia. La citada casa, en su costado izquierdo era lindera con un angosto y oscuro callejón sin salida, denominado Callejón del Horno de San Bartolomé. La existencia de varias casas de trato en la cercana calle de las Palmas, motivó que algunos individuos asiduos a estos locales utilizaran la medrosa oscuridad de aquel callejón para envolverse en una sábana y así, disfrazados, espantar a los posibles transeúntes, mientras ellos ganaban la puerta del prostíbulo sin miradas indiscretas. Al correrse la voz de que del callejón de la casa salían fantasmas, la prevención hacia el edificio se acrecentó.
Resueltas las diligencias de la testamentaria, la casa vino a parar a manos de la familia del Conde del Águila. El mobiliario se subastó en pública almoneda, y las dependencias se arrendaron. La planta principal la ocupó una oficina del Catastro, pero pronto se cundió la voz de que allí pasaban cosas raras: las puertas se abrían solas, los expedientes desaparecían de las mesas y al cabo de unos días volvían a encontrarse revueltos y desordenados. Con todo este movimiento la casa volvió a quedar vacía.
Durante la Guerra Civil la iglesia de San Bartolomé fue ocupada por familias de refugiados procedentes del frente cordobés. Dada la escasa capacidad del templo, algunas de estas familias fueron alojadas en inmuebles próximos que habían sido incautados a sus propietarios. Y uno de ellos fue la Casa del Miedo. Pero en ella su actitud debió ser tan despreocupada y bravucona que dicen que desde entonces las ánimas o espíritus atormentados que habitaban la casa huyeron para siempre.
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