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ADIÓS. Miles de personas asistieron al entierro de 'Luisja'.
Atocha 55, el espíritu de Jaén
JAÉN

Atocha 55, el espíritu de Jaén

Se cumplen 30 años del asesinato del abogado laboralista jienense Luis Javier Benavides, a cargo de pistoleros de la Triple A

JORGE PASTOR

Jueves, 25 de enero 2007, 04:36

SE juntan los dos delante nuestro y comienzan a disparar avasalladoramente, brutalmente. Una tremenda sucesión de disparos nos va tirando al suelo y destrozando por dentro y por fuera. Estamos viviendo nuestra ejecución; los cuerpos de todos por los aires, en el suelo, contra los bancos. Nos estaba llegando la muerte; gritos sordos, acallándose».

Se trata del estremecedor testimonio de Alejandro Carbonell, uno de los cuatro supervivientes de la matanza de abogados laboralistas de Atocha, de la que ayer, 24 de enero de 2007, se cumplieron treinta años. Dos pistoleros de la Alianza Apostólica Anticomunista (Triple A) acabaron con la vida del estudiante de Derecho Serafín Holgado, el administrativo Ángel Rodríguez y de los leguleyos Enrique Vandelvira, Francisco Javier Sauquillo y el jienense Luis Javier Benavides. Muchos historiadores opinan que aquel asesinato colectivo aceleró un proceso que nadie podía parar: la transición política de la Dictadura a la Democracia y el reconocimiento de los derechos civiles, acallados por el pensamiento único 38 años antes.

Luis Javier Benavides, 'Luisja' para sus compañeros de despacho, nació en Villacarrillo en 1950 (cuando le asesinaron tenía tan sólo 27 años). Siendo niño marchó con los suyos a Madrid, pero jamás perdió la referencia de su pueblo, donde volvía con gran frecuencia fascinado por la belleza de la Las Lomas, con la sierra en primer plano y el valle del Guadalquivir al fondo, y donde soñaba con regresar para continuar la lucha obrera entre olivareros. Toda su vida fue un permanente conflicto entre sus orígenes de alta alcurnia (los Benavides de Villacarillo pertenecieron a la corte de Fernando III) y un cristianismo militante y activo que le empujaba a relacionarse con la prole y con los movimientos de izquierdas, proscritos y que se aglutinaban en torno al Partido Comunista de España (PCE) y Comisiones Obreras, un partido y un sindicato que actuaban en la clandestinidad.

Alfonso Martínez Foronda, amigo personal de Luis Javier y actual presidente de la Fundación de Estudios Sindicales de CC OO Andalucía, comenta que «en el verano de 1974 él retornó a Villacarillo, como era costumbre, y empezó a preguntar quiénes estábamos al otro lado y cómo podía contactar con nosotros». «Recuerdo que nos citamos en un bar y empezamos a hablar, aunque posteriormente siempre procurábamos vernos a escondidas», dice. Y es que Luis Javier «se juntaba con sus amigos de siempre, que eran la gente bien, los señoricos, con los que iba a bañarse a la piscina de la Huerta del Cura, y a la par se veía con nosotros».

PCE de Villacarrillo

Unas semanas antes de que lo mataran Luis Javier Benavides participó en la asamblea fundacional del PCE de Villacarillo. Fue un 4 de enero de 1977, justo once meses después de la vuelta del exilio de Carrillo (febrero de 1976) y tres meses antes del famoso 'Sábado Santo Rojo', cuando el Gobierno de Adolfo Suárez legalizó las siglas del PCE.

El cónclave, al que asistieron 60 personas (entre las que se hallaba el notario Antonio Ojeda, que después fue presidente del Parlamento de Andalucía), fue en el Hotel Las Villas y la idea era crear una plataforma junto al PSOE que se erigiera en oposición al poder.

«Cuando estábamos con Luis Javier -narra Martínez Foronda- él nos contaba las cosas que pasaban en Madrid, aunque siempre se mostraba muy ilusionado en volver a Villacarrillo a pesar de nuestras advertencias, como hijos de currantes, de que el campo era durísimo».

Cuando ocurrió todo, aquella fatídica noche del 24 de enero de 1977, el corazón de sus colegas jienenses paró de palpitar durante unos instante. «Estaba en el Hospital Real, de Granada, cuando nos enteramos de que habían atentado en Atocha, 55, donde trabajaba Luis Javier, se nos vino el mundo encima. Sabíamos que había cinco fallecidos y cuatro heridos, y confiábamos en que nuestro paisano estuviera entre estos últimos, pero las noticias que nos llegaban a través de los medios de comunicación echaron rápidamente por tierra todas nuestras esperanzas», afirma Martínez Foronda. «Era un ser dulce, tierno y generoso, porque no tenía necesidad de meterse en ningún tinglado que le complicara la existencia, pero sus convicciones cristianas y marxistas le hacían juntarse con los desprotegidos».

Libro

«Murió con su nombre en mis labios», cuenta Alejandro Carbonell en su libro 'La memoria incómoda'. Alejandro y Luis Javier se conocieron en la Universidad Complutense. Sus biografías se unieron en las aulas de la Facultad de Derecho y sólo pudo separarlas la intolerancia. Atocha 55 era mucho más que un bufete, era un punto de encuentro para los que creían en una España libre y próspera. Por eso su espíritu siempre pervive y pervivirá.

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