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julia fernández
Viernes, 12 de junio 2015, 00:14
El bufé del desayuno del Hotel De Bilderberg, en Oosterbeek (Holanda), es un festival de panes. Hay de todo tipo: con semillas, con pasas, de espelta, de centeno, mezcla de harinas integrales, con mucha miga, negros, ecológicos... Los traen de Vlaamsch Broodhuys, un horno artesano fundado en 1996 por Dimitri Roels y su mujer, Diante.En diez años han salpicado todo el país con sus boutiques. Para acompañar, tienen lácteos orgánicos, fruta fresca, mermeladas caseras, embutidos, quesos, huevos, mantequilla de cacahuete... «No hay por qué conformarse con menos», se vanaglorian los responsables del establecimiento. En la recepción hay un ligero trasiego de maletas. Se acerca el fin de semana. Aunque todavía quedan habitaciones libres, a partir de 114 euros la noche.
en la cumbre
Juan Luis Cebrián. El presidente ejecutivo del Grupo Prisa es el único español que es miembro del comité directivo del club Bilderberg. Suya es la responsabilidad de invitar a otras personalidades españolas.
Reina Sofía. No esté en la lista de invitados oficial de este año, pero no se descarta que aparezca de forma oficiosa. Asegura que las reuniones son «apasionantes» y que su carácter privado no significa que se esté conspirando. «¡Nada de conjuras!».
Felipe González. Fue el maestro de ceremonias de la primera cita del club en España. Fue en 1989, en La Toja (Galicia), y él era jefe del Ejecutivo. En 2010, el grupo repitió en España, aunque optaron por Sitges (Cataluña). Gobernaba Zapatero.
En el cinco estrellas de superlujo Interalpen Tyrol, en Buchen (Austria), sin embargo, están «completos». Por delante tienen cuatro días de intensa actividad donde no puede fallar nada. Llevan meses preparándose para estas fechas. Desde que supieron que iban a alojar a los miembros del Club Bilderberg , una peña de ricos y poderosos que cada año se reúnen por estas fechas para arreglar el mundo. O desarreglarlo, depende de quién cuente la historia. De ellos se dice que ponen y deponen presidentes, que montan guerras o que manejan los hilos de las finanzas. No se sabe qué hay de verdad o de ficción. Sus principales mentores son el diplomático Henry Kissinger y el magnate David Rockefeller. Está previsto que acudan 140 personas de 22 países. Un tercio son políticos. El resto: intelectuales, banqueros, empresarios, miembros de la realeza...
Su primer encuentro se produjo en 1954 a petición del financiero judío Jozef Retinger, con el apoyo del entonces príncipe holandés Bernardo. El escenario elegido fue el hotel con el que empezamos esta historia, del que se llevaron el nombre. Entonces ese cuatro estrellas era lo máximo. Hoy parece demasiado humilde para estos gerifaltes, cuya misión es establecer «discusiones informales sobre megatendencias y las cuestiones principales a las que se enfrenta el mundo».
A la reunión de este año, que empieza hoy, asisten tres españoles, Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa y miembro del club; Ana Patricia Botín, presidenta del Banco Santander y una de las veinte mujeres más poderosas del mundo, según Forbes; y un sorprendido Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. La estupefacción en la cara de algunos al ver su nombre en la lista ha sido de aúpa. ¿La razón? En el Club Bilderberg se decide mucho más de lo que parece. Ellos son realmente quienes «manejan el mundo detrás del telón», señala Cristina Martín, autora de varios libros sobre esta organización y que estos días promociona el último, Los planes del Club Bilderberg para España. No son fantasías. De sus conversaciones nacieron la UE, el euro, la crisis actual... Hasta obligaron a don Juan Carlos a abdicar el año pasado, según esta experta.
Un tablero de ajedrez
De ahí también el enfado del Gobierno, que no cuenta con ningún representante en la cita de los Alpes. Ni siquiera el ministro Luis de Guindos, que ahora más que nunca necesita un empujón para acceder a la presidencia del Eurogrupo, que se decidirá el mes que viene. Sí estará, en cambio, uno de sus principales rivales, el holandés Jeroen Dijsselbloem. También «podría interpretarse» como un toque de atención a Mariano Rajoy de cara a las próximas elecciones generales, como si le estuvieran haciendo las maletas. «Ya ha cumplido los deberes que le había puesto la Troika, un organismo que también controla el Bilderberg, y es el momento de darle la patada».
Toca, por tanto, aleccionar a su sucesor. Y está claro cuál es la «apuesta» de los dueños del mundo: Sánchez. «Había otros políticos pujantes, como Albert Rivera o Pablo Iglesias», pero ellos ven en el líder socialista a su próximo peón español, según la lectura de Cristina Martín. El mundo para el club Bilderberg es un tablero de ajedrez en el que juegan con blancas... Y ganan, claro: «Son la élite, les encanta considerarse así». De hecho, las invitaciones solo se envían «a gente importante que pueda llevar más allá los objetivos de Bilderberg».
¿De derechas o de izquierdas?
Una vez que se traspasa el umbral, la ideología no existe, solo es algo con lo que se nos entretiene a los ciudadanos. Allí se habla de realpolitik, de geoestrategia.
Lo que realmente interesa a los anfitriones de Sánchez es «el poder». «Son muy ambiciosos». Por eso, esta cita anual no es un congreso para jugar al golf el viernes por la tarde y beber brandy en la sobremesa mientras se intercambian chistes de ricos y se demonizan los calcetines blancos (están prohibidos por la etiqueta). «Son reuniones de trabajo de alto nivel donde se armonizan agendas y se establecen los pasos a dar, diseñados previamente por el núcleo duro» desde sus oficinas en la ciudad holandesa de Leiden.
Eso sí, sin dar cuenta a la opinión pública. No se habla con la prensa y tampoco son bienvenidos los fotógrafos. El hermetismo se lleva hasta tal extremo que ni los propios invitados pueden detallar lo que se hace. «Este año se han blindado al máximo». No solo han elegido un hotel en lo alto de una ladera con un solo acceso por carretera. Es que «han establecido un perímetro policial de seguridad de ocho kilómetros». Para que nadie moleste al «cerebro real del mundo», como lo ha bautizado el abogado Antonio Garrigues Walker, gran amigo de Rockefeller.
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