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Zuriñe ortiz de latierro
Martes, 13 de octubre 2015, 00:27
Pronto será normal tener 100 años, más o menos bien llevado. Nada de ancianos desdentados en tacataca con los ojos velados por las cataratas. Seremos más longevos, altos y ágiles que nuestros abuelos. Más cerca de los jubilados escandinavos que pasean sus elegantes canas de museo en museo que de la vieja del visillo. Hilario Fernández, 102 años, todos los días toma sus blanquitos, no es un sueño: menudo pero erguido, pantalón gris con la raya en su sitio, bastante más pelo que sus hijos y un canario sin nombre que lo acompaña mientras lee el periódico cada mañana. Una luz suave y cálida de otoño ilumina su salón en la calle principal de Santo Domingo de la Calzada, el pueblo riojano donde ha conocido el hambre y la abundancia. Tiene una cabeza llena de sabiduría y unos ojos, increíblemente azules, que han leído en el libro de la vida.
Yo llegué a ser juez de primera instancia sin estudios. He vendido máquinas de escribir, turrón, fui linotipista, representante de la Azucarera, hasta concejal pero salí rápido, chupaban todos. Tuve una gestoría donde pasaba las nóminas de más de 100 empresas a boli, compré ganado, tuve bastante vara alta en el comercio de trigo y ahora... me veo así, bueno lo que diga Dios. Siempre he visto la vida de color rosa.
Aunque el arranque fue tan desteñido que se le borra la sonrisa de niño trasto.
La infancia fue mala, mala, porque éramos trece hermanos y a mi padre le gustaba dormir. A los 7 años iba de monaguillo a las 6 de la mañana y los frailes me daban agua con miel y un panecillo, así desayunaba. A los 9 marché de zapatero con un tío a Tafalla y no paré de trabajar desde entonces.
¿Qué es lo mejor de la vida?
¡Mi mujer! ¡Cuando me casé! Un mes de vacaciones por Miranda, Bilbao, Madrid, Valencia, Zaragoza, Tafalla, San Sebastián... Murió hace cuatro años, con 93, y no puedo, no puedo, olvidarla. Tengo muchos amigos y amigas, unos hijos estupendos, pero la echo muchísimo de menos. Cada día que pasa se nota en la bola.
El parte médico dice que fumó tabaco, y puros, hasta los 60, que hace 15 sufrió un infarto, que apenas toma 3 pastillas diarias, pasea a diario, vive solo atendido unas horas por Nieves «mi doble bastón», que cada día come en casa de un hijo, toque acelgas o lechazo. Pero quizás lo más interesante es lo que no está escrito.
No he tenido envidia de nadie. Si mis hijos querían la luna, yo se la bajaba en trocitos, eso es lo más grande. Nunca he pensado en si había tenido que hacer esto o lo otro. Lo que viene, viene, lo he hecho y ya. Con buen talante, adaptándome. Miro al pasado y lo que más me llama la atención es la envidia que hay en el mundo.
«Envejecer no es malo, sobre todo teniendo en cuenta la alternativa», ironizaba hace cuatro siglos Mateo Alemán, autor de la célebre novela picaresca Guzmán de Alfarache. Hoy es el mantra de científicos y sociólogos, alucinados de cómo se va estirando la vida, a una tasa de dos años y medio por década, 25 años por siglo, en los países occidentales. El reputado demógrafo estadounidense James Vaupel calcula que la mitad de los niños nacidos en España este año cumplirá los 100. Un previsión tan optimista como elaborada, tras décadas de estudio en su país y Alemania, en el prestigioso instituto de investigación Max Planck. Y a Juan Antonio Avellana, Jefe del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario de la Ribera de Alzira, le cuadra. Es uno de los pocos gerontólogos españoles que lleva tiempo indagando el misterio de los centenarios, convencido de que en ellos están las claves para vivir más y mejor. Con su estudio es uno de los más amplios del mundo, van por los 70 ancianos analizados no busca la llave de la eterna juventud, «es inútil perder el tiempo en eso», sino averiguar cómo se puede llegar a la centuria tan espabilado como Hilario.
De entrada han hallado el gen de la larga vida bautizado APOB en la mayoría de las personas seleccionadas. Es una de las claves, pero hay más, por eso ahora estudian a sus hijos. «Estos centenarios tienen un plus genético y están mejor que muchos septuagenarios, su sistema inmunitario es el de un joven de 30, no han perdido su capacidad para defenderse de virus y bacterias. Ninguno tiene colesterol alto, están delgados, fuma un 14% y bebe alcohol el 11%. El 82% tiene que controlarse la tensión alta y el 63% la diabetes». El que llega, llega bien, aunque luego se deteriora con rapidez.
Ormesinda Luz cumplirá el 4 de diciembre 102 años. No le duelen los huesos y tiene el azúcar y la tensión a raya, pero suena triste. Come arroz, fideos, verduras, fruta, pescado. Vive en Alzira, la localidad valenciana donde el doctor Avellana y su equipo resetean a los superlongevos. Le empieza a fallar en serio la movilidad y está sola, desalojada de una vida normal. Sin hijos y unos sobrinos «que no vienen jamás», se mantiene en su hogar gracias a Virtudes, una vecina que la atiende con la promesa de que heredará la casa cuando cierre la pestaña. «Hace 15 años murió lo mejor de la vida, mi Joaquín. Me lo presentó un amigo cuando tenía 16 y siempre hemos estado juntos. Solo nos separó la guerra. Cuando volvió del frente nos casamos. Hemos sido muy felices. Pero ahora...de la cama al sillón, y esperar a que la chica me saque».
¿Merece la pena vivir tanto?
Soy tan bien servida que no me arrepiento de haber llegado hasta aquí. Me queda alguna amiga y Virtudes se porta muy bien conmigo. Hay noches que nos dan las dos de la mañana de visita en alguna casa. Pero de mi familia no me queda nadie. Mis padres fallecieron con 54 y 60 años. Mi hermana, también muy joven, con 80.
Cumplido el siglo se cuenta diferente. En España viven ya 13.165 centenarios, según el padrón de 2014, con 2.737 hombres y una mayoría aplastante de mujeres, 10. 428. Solo tres años antes eran casi un 20% menos. Hay abuelos para rato. Somos los más longevos de Europa y los segundos del mundo, por detrás de Japón. Vivimos de media 86,1 años y los nipones 86,6, según la OCDE. El INE rebaja 3 años. El doctor Avellana avanza, además, que «España es el país con más expectativa de vida del mundo para las mujeres, que acabáis de pasar por muy poco a las japonesas».
Juana Olmedo, «metida en los 105», ni practica Tai Chi ni saborea sushi: «Yo como lo que me echen, que de niña pasé mucha hambre». En su salita de Cañadas de Cañe-pla, frontera de Almería con Granada, prepara unos gurullos, entona coplas. Peinada de peluquería, pendientes y broches dorados en el pecho hueco, no para de sonreír. Se diría que no disimula: a primera vista es feliz.
Me alegra que me llame. De cintura para arriba estoy muy bien, para comer, pero las piernas... No tengo colesterol, solo tomo una pastilla para la tensión. He trabajado mucho, mucho, cosiendo por las casas, ahora ando más tranquila.
¿Cuál es el secreto de la vida?
La alegría, creo que es lo más importante para vivir tanto, y tener suerte. Lo más bonito es tener hijos y que sean buenos, como los míos. Me gustan los toros y cantar, y me pesa mucho no saber leer y escribir. Me he criado en el cmpo, sola, sin ver a nadie. Apenas había patatas para comer... Pero he sido feliz. He vencido a todas las amigas, solo me queda la Isidra, de 97.
La población femenina dobla a la masculina cuando llegan los 80, y la diferencia se agranda aún más a los 100. Para Julio Pérez Díaz, sociólogo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), se mezclan varias cosas: «Ellas han trabajado también mucho, pero quizás ellos lo han hecho en empleos con más riesgo, han tenido peores hábitos, la violencia está mucho más extendida entre ellos, las mujeres van más al médico, son más conscientes de su cuerpo y, también, están mejor hechas. Hay más abortos de niños que de niñas. Además, va a haber un cambio importante cuando lleguen a esas edades las nacidas a partir de 1970, con un nivel de instrucción como el de ellos o superior. Va a haber cambios muy drásticos».
Cristina Rodríguez, 10 hijos, 24 nietos, 24 biznietos y 1 tataranieto, sufrió un accidente de coche hace 14 años, con los 90 recién cumplidos. El vehículo cayó a un arroyo y ella se escapó por el cristal trasero. De bebé, en brazos de un hermano, sobrevivió al aceite que le achicharró la cara y le borró por completo el ojo derecho. De cría trituraba el hielo del arroyo con piedras para poder lavar la ropa. Ya casada, se le rompió el arado y anduvo 3 kilómetros con él al hombro. Al día siguiente daba a luz, en casa, como a toda su prole. Ha sobrevivido a dos infartos y una caída fatal que la paralizó medio cuerpo hace unos meses, por eso vive ahora en la residencia Mio Cid de Burgos. Para sorpresa de los médicos, ha vuelto a andar. Cómo se puede ser tan dulce con una vida tan árida.
Hago mucha rehabilitación. Como me tengan que dar de comer, veo que me muero. En 104 años ha habido de todo, pero sobre todo salud. He tenido mucha. Lo único lo del ojo, pero veo buaaaaaaahh, genial. Dicen que se pasa la vista de uno a otro. Yo leo a diario el periódico, estoy puesta.
¿Y qué le parecen Pablo Iglesias y Albert Rivera?
Je, je, je. De política no entiendo.
Se escabulle como en el arroyo que por poco la traga para siempre. Incómoda, se restriega las manos y contesta frases de compromiso. No quiere hablar de la Guerra Civil, ni de los hijos que se llevó el cáncer con 50 y 64 años, ni de su primogénita, de 82 años, bastante peor que ella en otro geriátrico. Prefiere la sonrisa a la tragedia.
Me gusta la poesía, las cartas y cantar. Antes cantaba muy bien. Me cuido mucho la alimentación. Fruta, verdura, pescadito, y poquito. Todo me duele, la cabeza es lo único que tengo bien, pero es lo más importante. ¡Oye, es el día de Angie!
Ya no mueren niños
La que cumple es la mujer de un nieto de Tarragona. Cristina es la agenda de una familia enorme, donde siempre hay manos para ayudar, un momento para escuchar. A la abuela más longeva de Barbadillo de Herreros, donde hasta hace medio año se ponía sus sopitas de ajo «en la vitrocerámica, no te vayas a creer», se le murió solo un niño al nacer. Solo porque hace un siglo la mortalidad infantil en el país era enorme, y esa es la explicación mayúscula al cambio piramidal que experimenta España: «No solo han mejorado la alimentación, los servicios, la atención sanitaria a los mayores. Eso es lo de menos, lo importante es que naces y prácticamente todo el mundo llega a los 60», recalca el investigador Pérez Díaz. «En el último siglo, los años de vida de los españoles prácticamente se han doblado. Está claro que la posibilidad de llegar a los 120 aumenta».
La vida se le ha congelado a Fermín Oñartetxebarria, los cien recién estrenados en silla de ruedas. Dice, con la txapela en la mano, acariciándola como a un gato, los ojos hacia el suelo, la voz baja, cada palabra un titubeo, que cuando trabajaba de carpintero los días eran rayos; ahora, un sirimiri aburrido, interminable. Le entretienen los documentales de La 2 y los partidos de pelota.
De pronto resucita y aprieta sus manazos.
¡Mira, mira, qué fuertes las tengo! Eneeeeeee, cómo me gustaba jugar en el frontón, no lo dejé ni en la guerra.
Fermín no pegó un solo tiro. Cuando los nacionales entraron en Bilbao, lo arrancaron de su taller de Gernika y se lo llevaron preso. Pero un capitán se enteró de su maestría con la garlopa y las gubias.
Le arreglé la casa y me decía que podía salir cuando quiera. Era de Donosti. Eneeee, luego quedábamos a jugar a pelota. Le gustaba mucho. No supe más de él.
El 26 de abril de 1937, cuando la aviación alemana bombardeó su pueblo durante tres horas, Fermín tenía 22 años. Pasaba la tarde fuera de Gernika.
Cuando regresé... Es lo peor que he visto en mi vida. Todo quemado, la gente llorando y llorando. Pero ni a mi familia ni a nuestro caserío les pasó nada. He trabajado mucho, pero sí, he tenido suerte. Me gustaría andar bien, pero solo doy un par de vueltas con el andador.
Puestos a estudiar genes, que le miren bien a Juan Rita, 104 años, café, puro y copa de coñac diarios. Viudo, rebosante de hijos, nietos y biznietos, sigue viviendo solo. Y cantando octosílabos en juergas que acaban a las dos de la mañana. Murciano, de Aledo, se venga de una infancia perra.
A los 5 años mi padre se murió y mi hermano de 3 y yo comíamos los cachos de pan que le daban a mi madre en las casas que cosía. A los 7 me dejó viviendo con un pastor, pero las ovejas se me escapaban. El hombre y su hijo se quitaban la correa y me daban unas palizas tremendas, todos las noches. Luego me castigaban sin cenar y dormía en la cuadra. Amanecía chorreado, meado por las bestias. Con 10 años, en un descuido, me marché.
¿En qué se piensa a los 104 años?
Lo primero que me acuerdo es de todas las mujeres guapas, esa es mi ilusión. Las veo, las pienso, pero no las toco. Marian se murió hace 10 años. Su pérdida es lo más triste que me ha pasado. Estoy solo en la cama, pero no he querido poner a otra.
Una buena vejez puede rescatar y redimir una mala infancia, puede ser una aventura plena, pero para ello «hay que planificar, huyendo de catastrofismos. El foco no debe estar en las víctimas, sino en la ausencia de planificaciones por parte de comunidades autónomas y de los diferentes gobiernos del país, ninguno ha previsto este cambio de la población, y mira que se lo estamos avisando desde los años setenta. Nadie ha hecho nada para que esto funcione, se conforman con debatir sobre las pensiones», reprende la reconocida demógrafa Rosa Gómez Redondo, catedrática de la UNED y una de las personas que más ha estudiado a los centenarios del país. «El proceso de longevidad ni se ha parado, ni se va a parar. El crecimiento es exponencial, con repuntes cada 30 años y está previsto que siga así hasta 2060. Llegaremos a estas edades mucho mejor, sin haber pasado frío, sin tener 10 hijos. La longevidad no es un problema, sino un reto, pero hay que hacer algo ya».
Si vamos hacia una senectud tan larga parece inevitable ponerse las pilas no solo con los ahorros. El gerontólogo más original del planeta, Aubrey Grey, con un pie en Silicon Valley y otro en Cambridge, augura futuras técnicas anti-aging, curas de rejuvenecimiento en forma de píldoras, inyecciones, incluso cirugía. Mientras llegan, el doctor Avellana propone remedios más accesibles: «Lo primero y más importante es el ejercicio físico». No son manías de médico, lo acaban de demostrar en un estudio con octogenarios sedentarios. A la mitad los pusieron a pasear 20 minutos, cuatro días a la semana. A los dos años mejoraron «mucho» su estabilidad, su fuerza, su ánimo. «Luego viene la dieta, con un 60% de hidratos de carbono, un poco más de proteínas, fruta y verdura. Hay que controlar el riesgo vascular y tener una buena red social, aficiones». Avellana ha preguntado a decenas de centenarios qué les preocupa y la respuesta suele ser la misma: «Ser una carga. Quieren valerse por sí mismos». El chándal o a ruedas.
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