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ester requena
Domingo, 7 de febrero 2016, 12:27
Sor Victoria de la Cruz (Málaga, 1907) se pasea, bolso en mano, por los silenciosos jardines de la residencia de religiosas en la que vive cerca de Tokio. No necesita bastón y sube y baja las escaleras sin problemas, aunque se lo toma con tranquilidad. «No suelo coger nunca el ascensor», apunta con una leve sonrisilla. Quizás sea ese el secreto para que esta monja malagueña haya alcanzado los 108 años en plena forma y ostente el título de la misionera española más longeva. Lleva 80 años destinada en Japón, y desde 1981 no pisa su país natal, pero su castellano no se ha resentido. Conversa en español con otras compañeras adoratrices, su congregación, y lee siempre que puede libros y periódicos en nuestro idioma para no perderse ni un detalle de lo que pasa por estos lares. «Incluso vota», detalla Ángeles Clotet, una de los 15 sobrinos de sor Victoria, que tiene un hermano de 95 años y sobrino tataranietos.
«Hablamos varias veces al año y siempre le digo que es una campeona y la monja más guapa del mundo; mi tía se ríe muchísimo con eso», cuenta Ángeles. Ella, como sus sobrinos Francisco y José María de la Cruz, no la conocieron hasta que en 1963 se cogió unos días para regresar a su querida Málaga. Ya andaban por la veintena, pero solo sabían de su tía Victoria por fotos y a través de las historias que les contaban sus padres, «como los dos meses que se pasó en un barco para llegar a Japón». Hoy se tardan unas 17 horas en avión (con una escala) en cubrir los casi once mil kilómetros.
Todos guardan con mimo la correspondencia con su anciana tía. La última postal llegó hace un par de meses con su particular letra minúscula «y unas estructuras de frases perfectas».
«No me dejan hacer nada»
La voz de sor Victoria suena al otro lado del teléfono como si fuera una chavala de 30 años menos. No ha perdido su tono cantarín y risueño. El oído sí lo tiene un poco duro. «Ahora hace mucho frío, pero por lo demás estoy bien a mis 108 años (risas). Estoy feliz por la misericordia de Dios. Como y duermo bien, y cuando viene el médico a verme y hacerme pruebas me dice que estoy estupenda», relata entre risas desde Kitami, a 10 kilómetros de Tokio. Se levanta a las cinco y media de la mañana, reza, pasea, va a misa... y a las seis de la tarde ya está cenando en el comedor junto al resto de las adoratrices de las dos comunidades que conviven allí. A esa hora ya es noche cerrada y hoy han puesto, flojita, la calefacción, «aunque este invierno no está siendo especialmente duro».
Las mínimas de un grado de estos días en Kitami son una bendición si se compara con aquellos meses que sor Victoria pasó durante la Segunda Guerra Mundial refugiada en las montañas de Karuizawa, a diez bajo cero, con la nieve hasta las rodillas y sin apenas comida. «Todo fue muy complicado», detalla. Poco después, llegarían los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Pero nunca pensó en abandonar y volverse a España. «Cuando venía a visitar a su madre y hermanos alguna vez hasta cruzando la antigua Unión Soviética en el Transiberiano, solo pensaba en regresar a su querido Japón», recuerda su sobrino José María. Su labor allí se ha centrado en ayudar a las mujeres principal objetivo de la congregación y en poner en marcha colegios. Durante años ostentó el cargo de superiora, y el gobierno japonés la ha condecorado por su trabajo. Solo seis años vivió alejada de Tokio, puesto que las adoratrices, conociendo su buen dominio del inglés, le encomendaron la creación de una escuela en California.
¿Y ahora cuál es su tarea?
Hasta hace unos años me dedicaba a atender y ayudar a otras personas, pero ahora con mi edad no puedo, aunque me gustaría. Ya no me dejan hacer nada, tengo bastante conmigo misma (risas).
¿Y sigue tocando aún las castañuelas?
¡Claro que sí! En cuanto hay ocasión y me lo piden, las tengo siempre a punto. Las toco lo mejor que puedo y con mucho gusto (risas). La última vez fue hace unos días, que vinieron unas hermanas de España.
Dándole a las castañuelas, y enseñando a tocarlas a una jovencita nipona, se la encontró hace unos años uno de sus sobrino nietos, el único que en todo este tiempo se ha escapado a visitarla en Japón. «Pero ella siempre nos recalcaba que no fuésemos. Lo único que nos pedía es que rezásemos mucho por Japón desde aquí», explica Ángeles.
Victoria sintió la vocación desde bien niña y eso que en su familia no existían precedentes de religiosos. Parecía predestinada: nació un día de San Juan, comparte apellido con San Juan de la Cruz y vivió en la malagueña calle Madre de Dios. Aun así, estudió para maestra y daba clases particulares para ayudar a la economía familiar... hasta que, tras unos ejercicios espirituales, se lo planteó a sus padres. Manuel, concertino de la Orquesta de Málaga y profesor del conservatorio, se lo pensó mucho hasta que cedió y autorizó a tomar los hábitos a la segunda de sus nueve hijos. Poco después, estallaba la Guerra Civil y uno de sus hermanos la sacó del convento de Guadalajara en el que se encontraba. «Pero ella solo quería volver a su congregación. Se pasaba el día muy triste... hasta que regresó y la destinaron a Japón», detalla su sobrina Ángeles que recuerda que las cartas de la época «tardaban casi un año en llegar» y cómo su tía aprendió el idioma muy rápido.
Ahora, a sus 108 años, la monja malagueña solo pide una cosa antes de despedirse por teléfono: «Que se acuerden de mí cuando miren al Mediterráneo y que me manden cartas muy, muy largas». Y eso que sor Victoria tendría para escribir un par de enciclopedias...
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