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fernando miñana
Viernes, 22 de abril 2016, 02:06
Los Winklers, un matrimonio de jubilados alemanes, estaban de vacaciones en Amrum, una de las islas Frisias, cuando la mujer, Marianne, una cartera retirada, halló una botella con una tarjeta postal en su interior. Parecía antigua, pero no podían asegurarlo porque no había fecha alguna. Con gran excitación, Marianne y Horst, su esposo, la descorcharon y pusieron especial cuidado en extraer la nota sin romper el vidrio.
El mensaje, en tres idiomas inglés, alemán y holandés, era escueto y pedía que enviaran de vuelta la postal, diciendo dónde la habían encontrado. La dirección era curiosa: G. P. Bidder, de la Asociación de Biología Marina de Playmouth, una ciudad costera del condado de Devon, al sur de Inglaterra.
George Parker Bidder llevaba más de medio siglo muerto cuando llegó la correspondencia, pero la institución seguía abierta y en funcionamiento. Allí se llevaron una sorpresa aún mayor que la de Marianne Winklers el día que se topó con el casco. Resulta que aquel hombre, que acabaría presidiendo este centro dedicado al estudio del mar en Playmouth entre 1939 y 1945, lanzó 1.020 botellas al agua a principios del siglo XX para realizar un experimento. El biólogo trataba de desarrollar un patrón sobre las profundas corrientes marinas del mar del Norte.
Durante meses fueron llegando pescadores reclamando la recompensa, un chelín, que prometía la nota. Aquel insólito proyecto permitió al científico demostrar que las corrientes del furioso mar del Norte fluyen de este a oeste. Los Winklers, que se esforzaron en preservar esta reliquia enviando la postal dentro de un sobre, también recibieron su moneda. La Asociación de Biología Marina de Playmouth compró un viejo chelín en eBay la moneda dejó de usarse en el Reino Unido en 1971 y se lo mandó al matrimonio alemán junto a una carta de agradecimiento. Esta vez ya por correo convencional.
El centro también documentó que la botella se había lanzado al mar el 30 de septiembre de 1906 y que, por lo tanto, la habían encontrado en Amrum 108 años, 4 meses y 18 días después. Este periodo de tiempo tan prolongado ha sido recogido por el Libro Guinness de los Récords, donde hasta ahora figuraba un casco encontrado en Shetland en 2013, después de pasar 99 años y 43 días a la deriva.
Esto de los mensajes embotellados es una rareza que esporádicamente salta a los papeles. El mes pasado hubo otro hallazgo en España. Una niña que iba a dar una caminata con los profesores y compañeros del colegio Bergantiños, en Carballo (La Coruña), descubrió que entre los restos que había devuelto el mar al arenal de Baldaio había una botella de cerveza con un extraño contenido.
La chiquilla necesitó la ayuda de una profesora porque el mensaje estaba escrito en inglés. La maestra le tradujo que aquella misiva estaba firmada por una tal Katie, una mujer desconsolada que había perdido su pareja. Escribió aquellas tristes líneas mientras daba sorbos a una cerveza a bordo de una barco que cruzaba el Atlántico rumbo a España. Tenía la esperanza de que aquellas letras emocionaran a la persona que descubriera el mensaje.
Así fue. La niña vivió una experiencia inesperada, única, y con ella sus 60 compañeras de paseo. Los profesores aprovecharon el hallazgo para improvisar una lección sobre las corrientes marinas que jamás olvidarán.
El especialista
Encontrar una botella con un mensaje dentro, aparte de sonar a película de náufragos, no parece muy normal para el común de los mortales. ¿O sí? Al parecer hay una excepción. Se llama Clint Buffington y todo comenzó el día que, con 22 años, halló la primera en las islas Turcas y Caicos, una colonia británica de ultramar próxima a Haití y la República Dominicana. Una pareja la había soltado ocho meses antes, en octubre de 2006, en Madeira durante un crucero. El mensaje encapsulado había cruzado todo el Atlántico hasta llegar a este archipiélago.
Buffington se empezó a obsesionar y a fuerza de buscar y rebuscar acabó adquiriendo una extraña habilidad para encontrar botellas preñadas con mensajes. En ocho años lleva más de ochenta hallazgos, una cifra increíble, aunque tiene cierta explicación: casi todas aparecieron en las playas de las islas Turcas y Caicos, un lugar que el oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer define como «un imán de restos flotantes» en medio del Atlántico. De hecho, el museo local está repleto de viejas reliquias que han alcanzado tierra firme desde el año 1800.
El cazador de vidrios tiene una web y una página de Facebook dedicadas a este asunto y allí cuenta que las botellas proceden de Estados Unidos, Canadá, Puerto Rico, Gran Bretaña, Francia, Alemania, España, Suiza y Filipinas. Y que en su interior no solo hay cartas, también tarjetas de visita, obras de arte, billetes de un dólar y hasta una tarta nupcial desmenuzada.
Su aventura no acaba ahí. Buffington intenta contactar con todos los remitentes, aunque eso alguna vez implique tirar del hilo como un detective privado. Pero internet ayuda mucho. A menudo les visita y siempre le asalta el temor de si no será bien recibido, pero el tiempo le ha demostrado que el tipo de gente que lanza un mensaje al mar está encantado de encontrarse con alguien así. Tal vez le estaban buscando.
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