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guillermo elejabeitia
Lunes, 30 de mayo 2016, 00:24
Mientras en la plaza saudí de Yeda Raif Badawi recibía los 50 primeros latigazos de su condena, a 10.000 kilómetros de allí su esposa no pegaba ojo: «Trataba de calcular la diferencia horaria para seguir sus pasos. ¿A qué hora le despertarían sus carceleros? ¿Cuándo le llevarán a la mezquita? ¿Habrán empezado ya?». Ensaf Haidar ha tenido que acostumbrarse a cuidar sola de los tres hijos del matrimonio mientras su marido cumple una condena de 1.000 latigazos y diez años de prisión en Arabia Saudí. Su delito, abrir un blog llamado Saudi Arabian Liberals en el que llamaba a la reflexión sobre los derechos humanos y la democracia en su país.
Desde que entró en la cárcel en 2012, su esposa no ha dejado de reclamar la movilización de Occidente por la liberación de este reo de conciencia. De momento, sin más frutos que una corriente de solidaridad internacional que, sin embargo, no se ha traducido en gestiones directas de los gobiernos. Bajo el título La voz de la Libertad: mi marido, nuestra historia, acaba de publicar un libro en el que narra cómo han afectado a la familia estos años de lucha.
El día que Badawi fue flagelado frente a la mezquita de Al Yafali, cientos de personas jaleaban a los verdugos y grababan la escena con el móvil. Apenas unas horas después, las imágenes estaban colgadas en YouTube y las redes sociales de la pareja se llenaban de mensajes de apoyo llegados de todo el mundo. Haidar recuerda sus manos temblorosas abriendo el enlace, preparándose para ver cómo el hombre al que ama era torturado sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo: «Sentí los latigazos que le infligían a Raif como si me los dieran a mí, pero lo peor de todo fue la sensación de impotencia».
El día antes, el propio Badawi le había avisado, en una de sus llamadas semanales, de que las autoridades saudíes habían decidido iniciar el cumplimiento de su condena. «Prométeme que serás fuerte y que no se lo dirás a los niños», le había dicho con un hilo de voz desde la prisión. Esa era la principal preocupación del matrimonio, proteger a sus hijos, que tienen hoy 12, 11 y 8 años. «Antes de que ellos se despertaran confisqué todos los ordenadores, tabletas y teléfonos móviles de la casa y desenchufé el televisor. Les dije que íbamos a pasar unos días sin conexión porque últimamente estaban viendo demasiada televisión y pasaban mucho tiempo en internet». Esa jornada no fueron al colegio y pasaron el día en la casa de campo de unos amigos, pero la situación no podía sostenerse por mucho tiempo.
Haidar se reunió con los responsables del centro educativo de Montreal en el que estudian los tres niños para tratar de mitigar el impacto que la noticia podía tener para ellos. «Al atravesar la puerta del colegio noté los cuchicheos y las miradas». Aunque los profesores ya habían advertido al alumnado de que no hablaran del tema con los pequeños Badawi, era cuestión de tiempo que se enteraran. «Lo mejor es que se lo cuente usted», cuenta Haidar que le dijo la directora. Cuando se armó de valor para relatarles el suplicio que estaba viviendo su padre, «los niños parecieron no reaccionar, pero a los pocos días los tres enfermaron con náuseas y dolor de estómago, pasaron días en casa sin hablar, ni siquiera entre ellos».
Oposición familiar
Mientras tanto las imágenes de la flagelación de su padre abrían telediarios en todo el mundo solo por detrás de las reacciones al atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo. La monarquía saudí, que por otro lado enviaba a su ministro de Exteriores a las manifestaciones de París en defensa de la libertad de expresión, aplicaba en casa un castigo ejemplar al bloguero, como aviso a la creciente masa crítica del país. Haidar intensificó entonces sus movimientos con la esperanza de que la presión internacional obligara al reino árabe a liberar a su marido. «Él no es un terrorista o un delincuente, solo un hombre que expresaba sus ideas», clamaba la joven en medios de todo el mundo. Pero esas ideas pueden ser más peligrosas que un Kalashnikov para el régimen saudí.
Cada vez más enjuta y cansada, Haidar no se da por vencida. Su matrimonio ha tenido que hacer frente a muchas pruebas, aunque ninguna tan dura como la que tiene a la familia rota desde hace cuatro años. Se casaron frente a la oposición feroz de sus respectivos allegados, extremadamente conservadores. «Todavía mis padres no me han perdonado por casarme con él», reconocía hace unos meses. Cuando en 2006 Badawi fundó la página web que le ha llevado a la cárcel, ella desconfió. Cuando la usó para cargar contra la policía religiosa y comenzó a atraer atención internacional, le pidió que se marcharan del país. En 2008 ya era demasiado tarde, el régimen le prohibió viajar y recortó sus derechos, hasta que cuatro años más tarde lo encarceló. El resto es la historia de la libertad de expresión.
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