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JOSEBA VÁZQUEZ
Miércoles, 27 de diciembre 2017, 01:22
Japón lanzó la idea al mundo en los años noventa, Estados Unidos la desarrolló en su territorio a raíz de la crisis iniciada en 2008 y Europa la importó al inicio de la actual década. Tiene ya una cierta aceptación en algunos países del norte del viejo continente, así como en Francia y Reino Unido. España abrió los ojos a la nueva tendencia hace poco más de dos años y su implantación avanza, sí, pero de momento a paso cansino. El fenómeno genera bastante curiosidad, numerosas consultas, pero escasos proyectos que acaben haciéndose realidad, cuentan las empresas que se dedican a su diseño y construcción.
El concepto de la minicasa liga de soslayo con la mentalidad de un país que prefiere residencias más grandes. Se ha consensuado que las 'tiny houses', según se las conoce internacionalmente, son aquellas construcciones que no superan los 40 metros cuadrados, aunque se realizan algunas algo mayores. La corriente, surgida como alternativa a la escasez de suelo y consecuente encarecimiento del ladrillo, aboga por reducir el tamaño de las moradas, lo que, por lógica, mengua al mismo tiempo su precio, su mantenimiento y el gasto energético que generan. En función de la calidad de los materiales empleados y de los acabados, el coste del metro cuadrado oscila entre los 800 y los 1.300 euros, por lo que en los supuestos más caros puede adquirirse una minicasa por algo más de 50.000 euros. Aporta, además, otras ventajas: cada centímetro está aprovechado al máximo, son personalizables, ecológicas, desmontables y transportables, lo que permite instalarlas en terrenos tanto propios como alquilados. Ahora bien, hay que habituarse a vivir en espacios estrechos, lo que exige mentalización. «Plantea unas incomodidades a las que no estamos acostumbrados», resume Koldo Monreal, gerente de Onhaus, empresa navarra que suministra, y en ocasiones monta, materiales para la instalación de casas de pequeño tamaño.
Son las molestias propias de espacios milimétricos, dotados por término medio de un salón-cocina, un dormitorio y un baño. La empresa asturiana Ladishouse, del Grupo Ladislao, ofrece variantes con una segunda altura, lo que permite integrar un dormitorio adicional. Esta firma coloca sus fabricaciones sobre una plataforma, «con o sin ruedas», y trabaja «casi por igual para particulares como para cámpings», detalla Alberto García, uno de sus responsables.
La vertiente medioambiental
«En principio enfocamos estas construcciones como segunda vivienda, como casitas de campo o montaña, pero desde hace algún tiempo también recibimos pedidos para primera vivienda», añade García. ¿El perfil del cliente? «Matrimonios jóvenes, de 35 a 40 años, normalmente sin hijos y con trabajo estable». Pero hay otros usos para las minicasas: hay quien las monta en su jardín como habitación de invitados o estudio, y empresas que añaden a sus instalaciones módulos para una oficina con baño. Por ejemplo. En estos casos, la superficie raramente supera los quince metros cuadrados.
La corriente del hogar o segunda vivienda de reducidas dimensiones se encuentra a menudo ligada a una cierta conciencia medioambiental y entronca con otro concepto que puja por abrirse un camino en España, la 'Passivhaus' o 'casa pasiva'. Nacida y desarrollada en Alemania en la década de los ochenta, esta corriente persigue el mínimo gasto energético en las casas a través de unos materiales y unos aislamientos que hagan casi innecesaria la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano. Y, obviamente, una construcción de pequeño tamaño ayuda a alcanzar ese objetivo. En la fusión de ambas ideas se ha especializado el estudio de arquitectura Iniciativa Sostenible, que desarrolla la marca Microcasas como uno de sus productos. «Uno de los aspectos fundamentales que buscamos es la autosuficiencia energética, la sostenibilidad -explica Daniel Corbí, uno de los dos socios del despacho-. Llegamos a alcanzar un aprovechamiento energético del 90% por medio de parámetros de autosuficiencia climática». ¡Magnífica idea!, pero queda saber cómo se logra esto. «Aumentando muchísimo el aislamiento y la estanqueidad de forma que en invierno casi es suficiente con el calor corporal y el generado por los electrodomésticos para conseguir una temperatura de confort», detalla Corbí.
La base de sus construcciones reside en estructuras con entramado de madera maciza certificada de alta resistencia y gran aislamiento incorporado. Se prefabrican en nave, para lo que se necesita en torno a un mes. El posterior montaje y terminados interior y exterior suelen requerir otros dos meses. Habrá que añadir una instalación fotovoltaica si a la ubicación elegida no llega la red eléctrica. De la elaboración y montaje se encarga Onhaus y su gerente, Koldo Monreal, tiene una visión clara del futuro: «Todo el concepto de la construcción se va a tener que reciclar. No ayuda más a la sostenibilidad el que más renovables utiliza, sino el que menos gasta».
A esta tesis se suma Jordi Martín, que ha encargado a Iniciativa Sostenible un diseño de minicasa asociada a un huerto urbano. Catalán de 45 años, residente en Torrejón de Ardoz y, precisamente, empleado de una multinacional del sector de las renovables, Martín aspira a «poder vivir con autosuficiencia alimentaria, pero sin tener que alejarme demasiado ni tener que renunciar a los avances y ventajas que aporta la ciudad». Son tres los aspectos que más le convencen de la propuesta de Microcasas: «El ahorro energético que aporta la arquitectura bioclimática, el material de construcción saludable y la portabilidad de la casa, que me permitirá montarla donde quiera y cambiar de sitio en el futuro si lo decido».
Mueble o inmueble
Matrimonios jóvenes, decía Alberto García, son los que forman su clientela mayoritaria. «También gente mayor jubilada», apunta Daniel Corbí. Los dos coinciden en que existe un creciente interés por esta variante constructiva, pero que su traducción en proyectos es muy escasa. «A la mayoría de los clientes les entran dudas por los permisos y muchos renuncian por la ausencia de una legislación clara», lamentan.
No es para menos a tenor de la indefinición que se da en España. Al tratarse de una tendencia reciente, no existe una normativa concreta. Antes de nada, habría que definir si hablamos de un bien mueble o inmueble. Si está anclado al suelo por algún tipo de cimiento se clasifica en el segundo apartado y solo puede ubicarse en suelo urbanizable. Si no lo está, tendrá consideración de bien mueble y los trámites serán más sencillos. Pero, salvo que vaya sobre ruedas, la barrera del anclaje no siempre resulta nítida, por mucho que la casa sea desmontable. «Decimos a los clientes que conviene solicitar licencia de obra mayor y presentar un proyecto técnico. En una parcela urbana se puede montar sin problemas; en una rústica, depende, porque cada comunidad e incluso cada ayuntamiento tiene su norma», aclara Corbí, que reclama una ley que «regule y facilite en nuestro país este nuevo tipo de espacio».
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