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Schubert colocó su marca de lectura en varios poemarios de su tiempo. ramón l. pérez
Versos alemanes en un jardín nazarí

Versos alemanes en un jardín nazarí

Recital de lieder de Schubert en el Patio de los Arrayanes

Andrés Molinari

Lunes, 28 de junio 2021, 01:04

Las veladas con música de Schubert, fueron y siguen siendo tan estimadas que pronto adquirieron nombre propio: schubertiada. Famosas las de antaño y remedo las de hogaño. Cuando el Festival cumple sus setenta años ha recordado al grandísimo Schubert a través de varias de estas veladas. Al piano solo de hace unos días, anoche siguió otro de los géneros que mejor identifican una schubertiada: el lied.

Género típicamente centroeuropeo, mejor alemán, en el que la poesía vale tanto como la música y ésta se aviene a esconder quedamente su egoísmo innato para que el cantante paladee los versos de autores, muchas veces menores, mientras el teclado ambienta más que subraya y adorna más que protagoniza. Por ser poesía con tenue argumento, para que público se deleite con estas minucias de arte, siempre es un acierto traducir los textos alemanes a la lengua vernácula. Aunque, como dijo el sabio, toda traducción es una traición. Pero no hay más remedio. El festival, según quien lo dirige, unas veces hurta y se ahora todo esfuerzo, otras opta por ofrecer la traducción impresa en el programada de mano, que hay que estar toda la noche con la linternita molestando más que leyendo, y otras, como anoche, usa los medios más modernos para proyectar los poemas lo más cerca posible de los intérpretes.

  • Espectáculo Abendröthe (Arreboles)

  • Autor de la Música Franz Schubert

  • Artistas Christian Gerhaher, barítono, y Gerold Huber, piano

  • Lugar Patio de los Arrayanes, de la Alhambra, domingo, 27 de junio, lleno

Schubert colocó su marca de lectura en varios poemarios de su tiempo, cuatro de cuyos autores fueron invitados a renacer anoche en el Patio de los Arrayanes. Cuatro poetas en aquel confín que separaba el siglo del oropel rococó del siguiente cuajado de esa pequeña desmesura llamada romanticismo. De todos ellos el más conocido por nosotros y admirado por Schubert es Goethe del que anoche, entre tres poemas mitológicos, destaco uno que enhebra al poeta de Frankfurt con la Alhambra de Granada: Canto de Mahoma, una bella parábola de cómo una fuente al principio escasa y pobre, goteando sobre una roca, puede al final convertirse en un turbión tempestuoso y violento.

Alhambra y romanticismo

Franz Schubert fallecía, con sólo 31 años, en su Viena natal, en otoño de 1828. Unas semanas antes había muerto Goya en Burdeos. Y en aquella misma primavera el neoyorkino Washington Irving visitaba por primera vez la Alhambra de Granada. Curiosa coincidencia que cose las efemérides con el filtiré del tiempo y las encuaderna en un álbum de remembranzas. Así que el espectador bien averiguado a la vez que escuchaba a los grandísimos intérpretes del lied que son Christian Gerhaher y Gerold Huber, no serenaba su imaginación volatinera saltando de las poesías alemanas a las leyendas de Irving, tan coetáneas ambas. Pero una gran diferencia esencial separa ambas manifestaciones románticas. Si los poemas acogidos anoche como forasteros en la Alhambra, son todo campo y naturaleza: del arbusto al río y de la mariposa a la estrella, sin embrago, la palaciega posada en la que oímos su parla, es jardín cerrado y artificio de alarife.

Complicidad, no obstante, entre piano y barítono. El primero en su aparente segundo plano, capaz de describir el lento fluir del río, el volar de una mariposa, el encuentro final del anciano con la muerte. Y Huber casi un actor de cada poema, logrando exorcizar con su gesto y su brío la posible monotonía del recital. Furioso al decir Dios, dulce al pronunciar cereza, juguetón al leer pajarillo. Manos a veces caídas y otras buscando el apoyo de charol de la gran góndola sonora.

Nada de megafonías. La voz fuerte de uno y el sonido claro del otro aunados para elevar esas pavesas de Schubert a la categoría de arte limpio y puro. Con la música sin avasallar al texto y éste mostrando una ingenuidad tan encantadora como donosa.

Noche serena. Suave brisa sobre el estanque, un gato sobre el tejado, versos de luz encaramados al arrocabe y una monotonía henchida de nostalgia en la conversación entre el piano y la voz humana, ante la impertérrita mudez de los macizos de arrayán.

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