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Celia Correa Góngora
Presidente de Honor del Centro Artístico
Viernes, 21 de marzo 2025, 00:59
Tengo una deuda de invocación, pero sobre todo, un compromiso de nostalgia con don Francisco Gil Craviotto, mi maestro, mi amigo.
Nunca imaginé que nuestra ... amistad pudiera echar tan hondas raíces, sin embargo, el respeto y el cariño que le tenía y le sigo teniendo, no ha hecho más que acrecentarse a lo largo de los años. Hoy quiero recordar que hace trescientos sesenta y cinco días que ya no está con nosotros.
Escribir tenía para él una suerte de índole embaucadora, una ocupación cuya fórmula mágica dejaba traslucir en la fluidez de una prosa brillante, sin concesiones recargadas a la metáfora, de la que en rarísimas ocasiones echaba mano. En su obra se distingue perfectamente, la obligada quimera del narrador, de la crónica objetiva, veraz y juiciosa del periodista zarandeado por la pasión de escribir. Su escritura era lúcida y sutil, sin frivolidades ni componendas; Francisco Gil Craviotto sabía dejar volar las palabras para que brillaran con luz propia, a pesar de que su escritura no era poética, nunca lo fue, si acaso la melodía límpida y trabada de un estilo que parecía fácil, pero que no era más que el resultado de un trabajo tenaz, serio y sistemático, opuesto a la palabrería y al artificio innecesario.
A su talento narrativo, sumaba una humanidad generosa y sin dobleces que esgrimía como un arma para denunciar las injusticias, aunque sin caer jamás en la propaganda política, siempre con una elegante ponderación.
Magnánimo a tiempo completo, Paco era usufructuario de un abrumador coeficiente de bondad, siempre dispuesto a tender una mano a quien le hiciera falta. Yo tuve ocasión de experimentar esa nobleza en carne propia, pues sin su ayuda, jamás habría podido rescatar al Centro Artístico del pozo en el que se encontraba; él siempre estuvo ahí, brindándome un apoyo sin fisura, recomendándome y presentándome a gente amiga... Paco me regaló su tiempo, desviviéndose por abrirme puertas, por proponerme ideas, en aquel mi loco empeño de dar lustre a una sociedad antaño tan reluciente. Y es que sabía mejor que nadie cultivar la amistad, hasta el punto de crear en torno suyo una atmósfera reconfortante que te reconciliaba con el dulce sentimiento de que el género humano era mucho mejor de lo que parecía. Siempre evitó la ponzoña de las rivalidades; su incombustible sencillez era la de esa persona que no parece haberse enterado, de que la vanidad y la ruindad forman parte de este mundo. Ser generoso era su divisa.
Los dioses quisieron hacerme receptora de muchas páginas de sus memorias, páginas en las que, presentándose como mero transcriptor de recuerdos y con un claro objetivo de sinceridad, eludía por principio herir, molestar o incomodar; en ellas queda patente lo indefinible que fue su vida, los caminos que tuvo que transitar, llenos de vueltas y revueltas, de comienzos y finales. Francisco Gil Craviotto conocía el oficio de vivir, por eso en su vida nunca hubo lugar para la indiferencia o el cansancio. Caminó, caminó, caminó... tendiendo la mano a quien hiciera falta.
En los años cincuenta, Paco tuvo que emigrar a París y París le proveyó de un existencialismo requemado por el exilio, un exilio ciertamente elegido, pero que, sin embargo, nunca dejaría de atormentarlo; por eso cuando se jubiló, cogió las maletas y retornó, junto con su fiel compañera María Luisa, al reencuentro con una Granada, donde los niños seguían jugando en las placetas y en las calles todavía había mujeres desbordantes de maternidad y escaparates repletos de ropa pasada de moda. Ese es el momento en el que Paco recobra sus amigos de juventud, antaño cómplices de sueños y coartadas, sólo que ya, con las sienes hiladas por la nieve del cansancio. Pero Paco que siempre fue un metafísico sin metafísica, un angustiado sin angustia y un creyente sin Dios, se aferró a la ajada plenitud de los recuerdos, dejando que la alquimia del vivir se encargara del resto.
Hace apenas unos meses, al contemplar el salón de actos del Centro Artístico, débilmente iluminado por la luz del crepúsculo, sentí perfilarse su recuerdo en la penumbra, su rostro amistoso, su sonrisa afable, casi paternal. Entonces pensé que el olvido no existe, que nadie está completamente olvidado mientras persista en la memoria de cualquiera de nosotros.
Por eso hoy, tras todo un año de ausencia y a pesar de que el dolor se va difuminando y la admiración se acrecienta, sé que Paco sobrevive esencial, despojado ya del lastre del día a día, cronista de una eternidad en la que me consta que nunca creyó; sin embargo, hoy pienso que su confeso y acendrado ateísmo no era más que el rechazo frontal hacia una religión que no supo mostrarle la puerta de salida; cierto es que la fe nunca llegó a prosperar en su cabeza; tampoco le hizo falta, pues a cambio, él supo cultivar como nadie la nobleza de la amistad, porque Paco era de esas personas que dan mucho a cambio de nada.
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