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Antonio Arenas
Granada
Viernes, 27 de noviembre 2020, 02:04
Hoy, 27 de noviembre, el pintor y grabador granadino, del Realejo para más señas, cumple 90 años. Aunque reside en Madrid no olvida su tierra y, al menos, dos veces al año le gusta regresar. Pese al coronavirus, José Hernández Quero no ha querido mantener ... esta tradición y en estos días, junto a su mujer, María Luisa Rodríguez Melero, natural de Lújar, reparte su estancia entre su piso del Camino de Ronda y la casita que tiene alquilada en la calle La Luz de Ogíjares. Allí tiene su estudio, en lo que fuera el antiguo palomar. En ese lugar de trabajo atiende a este periódico el insigne pintor, que forma parte de las tres academias de Bellas Artes: la de Madrid, la de Sevilla y la de Granada
Ese estudio es un espacio decorado con antiguos aperos agrícolas, algunas de sus obras pictóricas, bocetos y dibujos junto con fotos antiguas que ha comprado en el rastro de Madrid por su vinculación con Granada –imagen de la Virgen de las Angustias y de Fray Leopoldo de Alpandeire– y otros recuerdos como sombreros de sus hermanas, bastón de su padre, libro de visitas iniciado por su gran amigo Francisco Ayala, y una antigua mecedora en la que toma asiento.
La primera pregunta es fácil, cuál es su secreto para llegar a esa edad con la mente lúcida. «Llevar una vida sencilla y hacer el bien. Me ha gustado ayudar cuando he podido a la gente y no he tenido malicia. Vivir tranquilos, pues bastantes problemas hay ya para que nosotros nos lo compliquemos más», responde sin dudar. El artista no tiene problema en viajar a sus recuerdos infantiles en el seno de una familia humilde en la que él fue el séptimo hijo –de nueve– de Dolores y Rafael (artesano de aperos de labranza) y nieto de un carpintero valenciano que se vino a Granada a finales del siglo XIX.
De esa época recuerda especialmente su etapa escolar en la Escuela del Ave María, cercana a su casa, y cómo le gustaba mucho dibujar. También acuden a su mente estampas horribles de la guerra, pues cuando él tenía 7 años, al salir del colegio, cayó una bomba que mató a su compañero. De sus inicios artísticos en la adolescencia rememora el apoyo decidido de su madre que le regaló una caja de acuarelas y algunos pinceles y un bloc que le entregó al tiempo que le decía que era para que siguiera haciendo lo que más le gustaba en tanto que su padre opinaba que la pintura no era oficio y hubiese preferido que aprendiese algo relacionado con la carpintería.
Precisamente ese apoyo decidido de su madre y de su vecino Manuel Maldonado le lleva a ingresar en la Escuela de Artes y Oficios, guardando gratos recuerdos de sus profesores, a los que cita con el 'don' delante, de manera muy especial a don Nicolás Prados López, al que considera su primer maestro. También a don Joaquín Capulino, del que recuerda «su carácter seco pero muy buen enseñante». Y aunque no le dio clase, cuenta que le gustaba acercarse al taller de don Gabriel Morcillo para ver cómo corregía a sus alumnos en la clase de pintura.
Con él llegó a tener cierta amistad al residir cerca de su casa. Reconoce la importancia de las becas que le permitieron distintas estancias en Italia, siendo las primeras la del Ayuntamiento de Granada, la beca de la Fundación Rodríguez Acosta a la que seguiría la de la Fundación Juan March, que le permitió profundizar en el estudio de la xilografía y el grabado.
Reconoce que por la dificultades que tiene se siente más a gusto con la pintura con una clara preferencia por el dibujo, habiendo experimentado con la aguada, la plumilla, el lápiz blando, sanguina, sepia... En cuanto a las temáticas ha abordado el desnudo, el retrato, el paisaje, naturalezas muertas... Pero sobre todas ellas «Granada que siempre la he llevado en mi corazón, donde quiera que he estado».
Admite que los desnudos «son muy difíciles y requieren muchos años de aprendizaje». Al interrogarle sobre cómo sería su vida de haberse quedado en Granada explica que ha tenido oportunidades de regresar a Granada gracias a su gran amigo Domingo Sánchez-Mesa que, cuando era decano de la Facultad de Bellas Artes, le quiso traer para la clase de Grabado al igual que la Escuela de Arte, «pero me encontraba muy a gusto con mis alumnos que me querían y respetaban. A veces digo que si mi madre es Granada, mi padre es Madrid».
Cuando le preguntamos por qué no se ha prodigado mucho en exposiciones en Granada en los últimos años (desde 2010 solo ha realizado una en la Casa de los Pisa, y ese mismo año la antológica en el Centro de CajaGranada en Puerta Real, y una colectiva-homenaje al grupo iliberitano en Milenium Gallery en 2015), explica que le han tenido ocupado otras exposiciones como la de la Sala Gaspar Becerra de Baeza en 2010, otra en el Museo del Teatro de Almagro, otra en el Museo del Dibujo en Sabiñánigo, (Huesca) y otra en Motril en la Casa de la Condesa de la Palma (2011).
Respecto a la donación de su biblioteca y obra a la ciudad de Motril comenta que «Antonio Jara, que es muy buen amigo, deseaba que dejara su obra a Granada pero al salir del ayuntamiento vi que ya no había el mismo interés, en cambio la alcaldesa de Motril que se preocupa mucho por la cultura me visitó dos veces en Madrid y también en los Ogíjares».
A ello añade los 30 años que ha tenido casa en Gualchos y el hecho de que su mujer sea de Lújar, por lo que hay «una serie de lazos que me unen a Motril, donde restauraron un palacete muy bonito, y entonces he donado toda mi obra, más de cien obras entre pinturas, dibujos y grabados, además de la biblioteca compuesta por unos 10.000 volúmenes que serán más pues todavía me quedan en Madrid otros dos mil. Libros algunos dedicados por Francisco Ayala, Manuel Alvar, Camilo José Cela... todos ellos grandes amigos».
En cuanto a la obras, aclara que se incluye su colección particular en la que hay «una de Alonso Cano, Morcillo, Rafael Alberti, Manuel Ángeles Ortiz, Antonio Cano Correa, Claudio Sánchez Muros, Manuel Maldonado... hasta completar 45 obras que igualmente he donado a Motril».
Señala que se casó con 51 años porque toda su vida «había estado haciendo oposiciones» y por no querer vivir en precario por lo que se le fueron pasando los años, pero que «nunca es tarde si la dicha es buena». Tras su jubilación en 1992 ha seguido trabajando, incluido sábados y domingos, visitando el rastro para buscar libros, fotos y dibujos y asistiendo al teatro. «Mientras pueda seguiré dibujando pero la mano ya no me acompaña y a veces me juega malas pasadas. Por eso me dedico a leer y a mirar en el ordenador para ver cómo va el mundo. Nunca estoy parado».
Así es este hombre sencillo, que ha atesorado amigos ilustres y del que en su momento escribió el mismísimo Camilo José Cela, como recuerda su biógrafo, Francisco Gil Craviotto, «Hernández Quero, el hombre que moja el pincel directamente en el soñado y mínimo y hondísimo pozo del arco iris, en la huidiza y elemental y esbelta paleta del arco iris».
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