
Un retrato fidedigno de la dictadura
Antonio Muñoz Molina ambienta su historia en la primavera de 1974, al socaire de la Revolución de los Claveles, que tantas expectativas despertó
José Abad
Martes, 25 de marzo 2025, 00:51
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José Abad
Martes, 25 de marzo 2025, 00:51
De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a un intento de reescritura de nuestra historia reciente, no solo por parte de los diseminadores de ... discordia de siempre, sino también de representantes políticos que lo son o lo han sido, empecinados en un revisionismo de baja estofa al cual, por desgracia, suelen prestar oídos quienes no han vivido la grisura existencial de la dictadura de Franco (pues dictadura fue). El pasado 14 de abril, Esperanza Aguirre –presidenta de la Comunidad de Madrid entre 2003 y 2012 y ministra de Educación y Cultura entre 1996 y 1999, para más 'inri'–, en un encuentro con las Nuevas Generaciones del PP, afirmó que la Guerra Civil habría empezado en 1934… ¡por culpa del PSOE! Si los tiempos fueran otros, deberían haberle cantado las cuarenta a esta señora tanto la izquierda como la derecha, pero no. El pasado noviembre, en el Congreso, Manuel Mariscal Zabala, diputado de Vox, presentó la dictadura franquista (pues dictadura fue) como «una etapa de reconstrucción, de progreso y de reconciliación para lograr la unidad nacional»; nadie pidió turno de réplica. Hay actualmente cierta impunidad para decir tales sandeces e irse tan fresco.
Esta situación parte de un error de cálculo. Muchos creíamos que con la consolidación de la democracia el recuerdo del régimen franquista acabaría recluido en el pecho (o en las tripas) de los más nostálgicos y se iría debilitando hasta borrarse del recuerdo de las gentes. En 'El dueño del secreto' (Seix Barral), una novela publicada en 1994, pero ambientada en 1974, el narrador recuerda los estertores del franquismo de este modo: «En los televisores en blanco y negro seguían apareciendo Franco y Arias Navarro y toda aquella caterva de dignatarios fascistas de los que ya no queda ni rastro, afortunadamente, en la memoria de nadie, como si pertenecieran a otro siglo, a otro mundo, el mundo en blanco y negro y gris de una remota dictadura». Antonio Muñoz Molina erró el pronóstico: la dictadura no ha sido olvidada. En contrapartida, 'El dueño del secreto' ofrece un retrato fidedigno de aquella España, una época firmemente cimentada en el miedo, que sólo añoran quiénes quisieran instalar de nuevo el miedo. La dictadura fue siempre y en todo momento una mordaza que nadie podía quitarse de la boca. Fue siempre y en todas partes un lastre que te impedía moverte con desenvoltura. Si exceptuamos a quienes recibieron prebendas o canonjías, la dictadura fue un callejón estrecho, oscuro y sucio para la inmensa mayoría.
Si la gente perdiera menos tiempo en redes sociales (que están fomentando una peligrosa tendencia a la banalización del mal); si la gente leyera más, pongamos por caso, esas tonterías que oímos se les atragantarían a más de uno. La literatura sigue siendo una óptima herramienta contra la mistificación. 'El dueño del secreto' fantasea con las ansias de libertad de quienes sufrieron su privación; no se me ocurre mejor manera de desacreditar la dictadura (pues dictadura fue). Antonio Muñoz Molina ambienta su historia en la primavera de 1974, al socaire de la Revolución de los Claveles, que tantas expectativas despertó: «De pronto, en Portugal, se veía que los más audaces sueños de libertad podían cumplirse, que una dictadura más antigua y más fósil todavía que la española podía borrarse del mundo en el trascurso de una noche, igual que se había derrumbado la monarquía de Alfonso XIII en otro abril de casi medio siglo antes, sin muertos, sin turbulencias ni desastres, en medio de una celebración orgullosa y unánime». El protagonista de la novela se ve involucrado casualmente en una presunta conspiración que pretende derrocar al dictador (pues dictador fue) e instaurar una improbable III República. La realidad se impuso con todas sus consecuencias: Franco murió en la cama. Este año se cumplirá medio siglo de ello. Contra quienes pretenden tergiversar la Historia y maquillar su figura, la obligación de cualquier demócrata es recordar quién fue él y cuál su legado.
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