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Garciarias, ante uno de sus tondos, sueña sus cuadros antes de pintarlos. J. A. M.
Pedro Garciarias, más barroco que nunca

Pedro Garciarias, más barroco que nunca

El artista muestra en Santiago Collado más de 30 obras bajo el título 'Lirios de agua – Vanitas barroca' con la sinestesia y la experimentación formal como santo y seña

Viernes, 10 de enero 2025

Pedro Garciarias (La Habana, Cuba, 1947) es un ser humano feliz. En esta realidad, cada vez más infrecuente entre nuestros semejantes, se puede resumir el secreto de su creación artística. Más allá de una infancia que, afirma, poco tiene que ver con el ser humano que es hoy, Garciarias sonríe todo el tiempo porque ha descubierto que nuestro valor es el reflejo que dejamos en nuestras obras, y la mejor obra, el mejor regalo, es el recuerdo perdurable en nuestros amigos. Y el artista los tiene a puñados, desde que se trasladara a Granada a vivir hace más de cinco décadas. Su más reciente muestra, inaugurada en la tarde de ayer, se llama 'Lirios de agua –Vanitas Barroca' y estará en las próximas semanas en el espacio de arte Santiago Collado (avenida de Cádiz, 12).

La exposición está integrada por más de 30 obras, y tiene su origen en un texto escrito por un amigo José María Rueda para un catálogo que data de 1981. «José María escribió que yo vivía en el Barroco caribeño. Cuando lo leí me quedé impactado, porque, en realidad, en mi país de origen apenas quedan vestigios del Barroco», dice. La inspiración llegó a partir de una duda, pues. «Sin embargo, hace año y medio empecé a investigar sobre mi propio presunto barroquismo, y descubrí que, por definición, este estilo está marcado por las líneas, la construcción, el espacio en blanco, el desplazamiento del centro... Una forma muy particular de construir el dibujo». Su forma de ser barroco, con todo, dista, según propia confesión, del dramatismo que destila, por ejemplo, el Barroco sevillano; más bien hunde sus raíces en el italiano y el francés. «Me inclino más hacia la dimensión festiva», comenta.

Las obras de la muestra revelan la calidad de su dibujo y la fuerza de su cromática. J. A. M.

Dijo el teórico del arte Simón Marchán –recuerda José Vallejo, amigo del artista– que la diferencia básica entre el Renacimiento y el Barroco es que en este último periodo las imágenes «se salen del cuadro». Y algo así es lo que ocurre con las creaciones de Garciarias. «Cuando descubrí que ese podía ser un concepto matriz para definir mi obra, comencé a tomar ejemplo de guirnaldas como las que se esculpieron en nuestra Catedral de Granada, o las que aparecen en los cuadros de Sorolla, y a partir de ahí fue creciendo esta serie».

Vigencia

No es, pues, Garciarias un artista desplazado de su tiempo. No hay más que ver el inusitado auge de la música barroca para comprender que este periodo está más en boga que nunca. Precisamente, el artista confiesa que no podría pintar sin música, ni vivir. «Soy un músico frustrado, en realidad, apasionado de Messiaen y últimamente del 'Arc&Green' de Takemitsu, un sonido maravilloso». De hecho, la reverberación de la obra del compositor japonés se ha trasladado a los 'haikus' que escribe cada año para felicitar a sus amigos por el Año Nuevo. La poesía está muy presente en su obra, y singularmente en esta muestra, donde, en algunos cuadros, aparece una flauta dulce como elemento que se ase a la realidad del sonido, a partir de los dulcemente aflautados versos de Lorca contenidos en 'Diván del Tamarit'.

Pedro Garciarias no solo pinta; también lee y escucha. «He sido desde siempre un lector feliz», dice sonriendo. Su único filtro es su gusto, y por él se introducen tanto lo místico como lo profano. Porque no hay libro más místico ni más sensual que el bíblico 'Cantar de los cantares' o el 'Cántico espiritual' de San Juan de la Cruz. Su opción por esos tondos o esos cuadros que por mor de la tridimensionalidad sugerida se transforman en paralelepípedos imposibles viene dictada, paradójicamente, por huir de los dictados del mercado, los cuales afirma no entender «Yo pinto. A quien le gusta lo que pinto, se lo lleva, o se lo regalo», dice sonriendo. Los tondos llegaron por vía musical, a partir de un 'lied' de Schubert que cuenta la historia de un niño que echa su barco al estanque, este se convierte en océano y el niño acaba subido en el barco mirando a través de sus ojos de buey. «Para mí, esta sala es como un barco y desde estos ojos de buey miro lo que hay alrededor».

Lo onírico

Garciarias afirma que sueña sus obras antes de pintarlas. «No sé cómo explicarlo, pero los veo». Así surgió, por ejemplo, la serie sobre el cordero atravesado por un lirio que acabó siendo exhibida en Gante, la capital del 'Cordero Místico'. Su periplo le lleva a entonar el 'Gracias a la vida' de Violeta Parra. «Soy la historia de mis amigos», afirma con rotundidad. También es la historia de sus locuras controladas, y de las manchas en suelos de mármol que le han proporcionado alguna cariñosa admonición,

Granada estuvo en él por su nombre antes de transitar sus calles. «Nunca pude imaginar que viviría aquí. Y si ahora me quitaras esta ciudad, me dejarías sin nada. Solo la imagen y el rumor del agua bajando por la colina de la Alhambra ya justifican toda una existencia».

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