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José Antonio Muñoz
Domingo, 6 de octubre 2019, 14:48
A sus 86 años, el autor publica sus 'Últimos poemas', pero no renuncia al placer de la escritura. Rafael Guillén (Granada, 1933), Premio Nacional de Poesía y Premio Internacional Federico García Lorca, entre otros, tiene nuevo libro. El último, dice. Ha vivido una existencia larga y provechosa, para él y para sus múltiples lectores. Cuando se entra en su estudio, el visitante se encuentra un museo etnológico de los países que ha visitado. Centenares de recuerdos comparten anaquel con obras propias y ajenas. Y el premio IDEAL, recibido hace ya 25 años, descansa junto a ellos. Su nuevo libro, 'Últimos poemas', subtitulado '(Lo que nunca sabré decirte)', ha sido editado por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia, y se convierte en testimonio de toda una vida cosida a versos. El próximo 28 de octubre, lo presentará en la Biblioteca de Andalucía, a las 19.30 horas.
–La dedicatoria es a Nina, su esposa. ¿Qué ha significado ella para su poesía?
–No voy a decirte que ha sido «la musa» porque eso es una cursilada. Además, no creo en las musas ni en la inspiración. La inspiración es la consecuencia de un trabajo, un estado de ánimo y una predisposición, supongo que genética. Habría que hablar del amor. En Nina, durante toda una vida, he visto representada en esencia a la mujer: mujer compañera, mujer amante y mujer madre.
–¿Qué papel ha ocupado su entorno inmediato dentro de su creación?
–En lo que atañe al entorno físico, he dedicado libros a Granada ciudad, a la Alpujarra, a la Alhambra… Este último, 'La Alhambra. Suite del silencio y los sentidos', lo editó Miguel Sánchez, con magníficas fotografías de Ángel Sánchez. Se ha escrito tanto sobre ella, que la única condición que puse fue que empezase diciendo: «Este libro no habla de la Alhambra». Habla de lo que se siente recorriendo sus estancias palaciegas, sus torres y sus jardines. Mezcla prosa y verso, en un recorrido por los cinco lugares más emblemáticos, a los que aplico cada uno de los sentidos.
–¿Qué parte de culpa tiene el paisanaje de que Granada esté como está?
–Cada uno tiene lo que se busca. La evolución es una sucesión de ocurrencias. Están las ocurrencias buenas (los inventos no son sino ocurrencias, de Isaac Peral a Einstein). Una imagen literaria es una ocurrencia. Y están las no tan buenas: las que han influido de forma negativa en nuestro entorno y que nos han llevado a donde estamos.
–¿El amor siempre se queda corto de palabras?
–Para expresar el amor apenas hacen falta las palabras. Se puede expresar en silencio. Pero, puestos a hablar, sí, se quedan cortas. De ahí la frase, tan usada, «me faltan palabras para decirlo». Pero no son más que una de las muchas formas de expresarlo. Quizás la menos fácil.
–Afirma que cada libro le ocupa unos cinco años. ¿Qué fases tiene la creación de un libro de Rafael Guillén? ¿Sigue siendo fiel a su operativa a lo largo del tiempo?
–Lo de cinco años es la media. Y quizás más. Entre los doce de 'Los estados transparentes' a un mes en 'Mis amados odres viejos'. Lo que sí es necesario en cada libro, como en cada poema, ocupe el tiempo que ocupe, es un tener un proyecto, una idea en torno a la cual gire su desarrollo. Ya dije una vez que no creo en quien escribe en el rollo de papel de la cocina y cada siete metros corta y le pone un título.
–¿Recuerda la alegría de verse publicado por primera vez?
–Lo recuerdo muy bien. Mis primeros cuatro libros me los pagué yo. Fundé con Pepe Ladrón de Guevara la colección 'Veleta al Sur', y los primeros que publicamos fueron los nuestros. Luego, fuimos recibiendo encargos de muchos de los grandes poetas andaluces de la época.
–Su casa está llena de testimonios de sus múltiples viajes. En el poema 'Un beso en Jaipur' recuerda un momento de uno de ellos. ¿Qué viaje le ha inspirado más?
–Un viaje es una forma de ensanchar la vida, de meter más vida en el mismo espacio de tiempo. Las sensaciones son las mismas en todos: emoción, sorpresa, plenitud, desasosiego, a veces tristeza o alegría. Lo que es muy distinto –o totalmente distinto– es el entorno: paisaje, costumbres, tradiciones, desarrollo social… Cada viaje enriquece a su manera.
–Su curiosidad también le llevó a explorar el universo científico.
–En la tetralogía que me publicó Jenaro Talens, reflexiono sobre los elementos tiempo, materia, espacio y movimiento. El tiempo es una idea que me acompaña desde que escribí 'Límites'. Hemos entrado en un nuevo milenio, y ha habido grandes avances científicos que no se reflejan en la poesía. Escribimos casi como a mediados del siglo pasado. El salto que se produjo entre el romanticismo y el modernismo o las vanguardias no se ha producido ahora. ¿No es poético ver y hablar con tu primo, que está en Australia, mediante un aparatito que llevas en el bolsillo de la camisa? ¿Y los universos paralelos, la teoría del espectador o las dimensiones desconocidas?
–¿Le atrae ese cambio?
En 'Últimos poemas' hay uno que escribí tras recibir un libro de Antxon Alberdi (director del Instituto de Astrofísica) sobre los agujeros negros. Me costó mucho entenderlo, pero de ahí nació 'El centro de lo oscuro', tercer poema del libro. Y es un poema amoroso. He pretendido, en los últimos tiempos, que mi poesía participe en lo posible de los avances científicos.
–La poesía ahora está en esos mundos cibernéticos, casi paralelos.
–Las redes sociales son un cotilleo a escala universal. No uso redes sociales, no me atraen. Y eso que muchos amigos míos me han invitado a estar, y me parece estupendo que estén. Pero no creo que la poesía ande por ahí.
–Seguro que sus nietos las usan. ¿Qué ve cuando se mira en sus ojos?
–Veo ojos jóvenes, y me fascina su juventud, sus ganas de vivir, su entusiasmo. Y veo igualmente los defectos de la época; entre ellos, la adicción a las maquinitas. Han llegado a ser imprescindibles.
–¿Podrán contar un mundo mejor del que usted ha contado?
–Me parece que no. Primero, porque nos lo estamos cargando, y una de las formas de hacerlo es, por ejemplo, la disminución de la natalidad. Por no hablar de la contaminación atmosférica o del plástico. Con todo, pienso que nada está escrito. A mí no me inquieta el futuro porque me apeo en la próxima. Pero me preocupa el futuro que vamos a dejar a las nuevas generaciones.
–Dicen que los poetas no se juegan el dinero, porque se vende poca poesía, pero sí la eternidad. ¿Piensa usted así?
–La eternidad está en cada instante. En las primeras páginas del libro hay una autocita de 'Balada en tres tiempos': «Así de corta es la eternidad». Y la vida está hecha de instantes eternos que hay que mirar de frente. Si vienen mal dadas, ¿qué vas a hacer? ¿Huir? ¿Y si vienen bien, te acomodas? Hay que vivir cada momento, tenga el cariz que tenga.
–Hay un poema en el libro que se titula 'Algo nos falta'. Si pudiera volver atrás, ¿de qué llenaría su vida? ¿Y su poesía?
–Me basta con ver u oír un telediario para darme cuenta de que soy, de que he sido siempre, afortunado. Y más, después de recorrer el mundo. He tenido mi trabajo, mi dolor y mi dicha, mi parte de aventura; he amado, he sido amado, tengo cuatro hijos y siete nietos. Mi piso es mi mansión y mi andador mi yate. He bebido mi copa y, si pudiera volver atrás, sólo diría: «¡Llena, niño! –¿De lo mismo? –De lo mismo».
–En otro de sus poemas vuelve casi al 'Beatus Ille', a la simplicidad de un momento feliz. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida en este siglo XXI? ¿Hemos perdido su verdadero sentido?
–Como parte del tema del tiempo, una de mis constantes referencias es el instante. La descripción del instante. Y los hay felices, claro. Cada cual siente la vida a su manera. Hay quien es feliz solo con la conciencia de que puede respirar y quien, buscando la felicidad, se complica la vida. Cada momento lleva el germen de una aventura o un desastre. Hay que pasar entre unos y otros sorteando los menos afortunados, aunque a veces te equivocas.
–También, en 'Una trompeta para Eddie Calvert' aparece otra de las constantes en su vida, cual es la música. ¿Ha procurado siempre que los lectores oyeran la música de sus versos?
–Yo lo he procurado. El ritmo. La musicalidad. Si la han oído o no, habría que preguntárselo a ellos.
–¿Dónde ha encontrado la luz de la que habla en el 'Pórtico' de esta obra?
–¡Ya quisiera yo haberla encontrado, haberla descubierto! Lo que sí tengo por cierto es que, como dije alguna vez, la recompensa está en la propia búsqueda. Y, desde luego, esa búsqueda es dentro de uno mismo.
–Ha dicho que no va a dejar de escribir aunque deje de publicar.
–El año pasado escribí cinco o seis poemas y este año un par de ellos. Escribiré, seguro, pero no sé cuándo ni cuánto.
–¿Por qué estos 'Últimos poemas'? ¿Por qué ahora?
–Todos me lo preguntan y, claro, la respuesta es la misma. No quiero que quede reflejada en mis poemas esta decadencia física que me va invadiendo. Son muchos años ya y, por ejemplo, me va fallando la memoria. Ante cualquier idea o cualquier imagen dudo si la habré dicho antes. No me gustaría repetirme. Y a veces, se me atasca un adjetivo o un sustantivo. Es normal y lo acepto.
–¿Le han tomado en serio sus amigos cuando dice que este es su último libro?
–No les queda otro remedio. El hecho de que no vaya a haber un libro más no supone que no escriba algo más. Cuando se habla de textos o de obras musicales póstumas, no quiere decir que hayan sido escritos o compuestas por el autor después de la muerte.
El legado de Rafael Guillén está en la Biblioteca de Andalucía. Él solo se ha quedado, en depósito, con la biblioteca. Además de los libros, en su estudio tiene, digitalizados, los originales de sus libros, la correspondencia, las referencias de prensa, etc. También cuadros de pintores amigos, infinidad de recuerdos de sus viajes y una foto de sus padres.
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