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Dice el comisario y gestor cultural Pablo Sycet –a él le gusta más llamarse 'artífice'– a propósito del artista plástico algecireño José Antonio Pérez de ... Vargas (1947), que cuando pase el tiempo y se hagan otras lecturas menos interesadas o tendenciosas del arte español del cambio de siglo, el papel que ocupará este en el panteón –entendido no como tumba, sino como sitial– de los autores que marcaron una época, será preeminente. Observando la retrospectiva 'Los tiempos de la memoria', inaugurada el pasado jueves día 16 y que estará en las salas del Instituto de América de Santa Fe que dirige Juan Antonio Jiménez Villafranca, no cabe duda de que será así, por una razón: Vargas tiene un discurso propio. No se le puede imitar. Toma lo mejor de una tradición de siglos para volcarlo en sus obras. A quien le gusta lo clásico, le gusta Vargas. A quien le gusta lo auténtico, le tiene que gustar Vargas. Y esto quizá es difícil de asumir, incluso para el propio artista, refugiado tras unas gafas geométricas –esa disciplina tan presente en su obra–, que sigue mirando, entre divertido y curioso, cómo pasa y se pasa a vida, mientras determinadas leyes inmutables permanecen como último bastión de la resistencia ante la mediocridad.
'Los tiempos de la memoria' aprovecha a la perfección las salas de un Instituto de América que, como continente, ha sorprendido al artista muy gratamente. «Diría que es uno de los mejores espacios de Andalucía», dice sin dudarlo. «Nunca había expuesto en un lugar así, y he visto unos cuantos», afirma con humor. Se suele asegurar que las retrospectivas son muestras donde el autor lo da todo, donde vuelca lo mejor de sí mismo. En su caso, ha sido talmente así, según confiesa. «Me ha costado muchísimo hacer la selección de lo que íbamos a colgar. No soy un artista que utilice siempre el mismo proceso para todas sus obras, así que conseguir que mis distintas formas de inspiración estén presentes no ha sido para mí una tarea fácil».
Hablando de inspiraciones, las suyas se encuentran entre los recuerdos de un viaje, una lectura o un documento perdido. Sin ir más lejos, la serie 'Los ojos del secreto' tiene su raíz en un poema de Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī, el autor del siglo XIII, que dice: «No me mires con los ojos materiales / mírame con los ojos del secreto. / Ven y contempla cuán ligero he llegado yo a ser». Otra de las series se llama 'Camino de agua', y muestra la confluencia de las distintas caligrafías que se han generado en el Mediterráneo, de la egipcia a la griega, de la latina a la musulmana, Su vistosa serie 'Pompeya' se originó en una serie de visitas al yacimiento italiano en su etapa como becario de la Real Academia de España en Roma. Con motivos como estos, Vargas va tejiendo una simbología que traslada a la pared o a la vitrina, y que plasma una cosmogonía donde la línea tiene un papel determinante, se trace con base en la proporción áurea o se genere a partir de una sucesión de espacios bidimensionales que crecen a lo alto y lo ancho.
A pesar de que 'Los tiempos de la memoria' juega con una huida de la línea temporal, y mezcla todas las técnicas utilizadas por el artista –óleo, acuarela, collage– toda ella está marcada por la línea, con un espíritu cartesiano que, sin embargo, no constriñe el resultado final, sino que constituye una base para crecer. «Lo que denomino 'el rigor de la línea' supone tomar un papel y utilizando rotuladores Posca, ir trasladando lo que se dibuja en mi cabeza al papel, a veces sin orden», afirma. Se genera de esta manera lo que el autor designa como «una belleza incompleta». «Mario Colleoni, que ha escrito uno de los textos del catálogo, dice que la belleza nunca es inocente, porque la razón por la que te emociona es la misma por la que te condena», cita.
Esta dualidad de daño y consuelo, este dulce tormento del creador, se traslada de forma gozosa a las obras de Vargas. Sus series geométricas recuerdan retablos de iglesia o monumentos funerarios. El esplendor de la recientemente recuperada Domus Aurea neroniana, y sus excesos, se codea con las formas impecables de Canaletto, presentes en los monotipos sobre impresión digital titulados 'Arquitectura ilusoria', que datan de los primeros años del siglo. Precisamente, una de sus series sobre el monumento romano se editó en una carpeta acompañada de versos de Ignacio Gómez de Liaño, la cual también estará a la vista de quienes se acerquen a Santa Fe.
Más allá de la geometría pétrea –que toma forma y peso en una serie llamada, precisamente, 'Piedras', y que cuenta entre las piezas expuestas con algunas tan bellas como 'De Divina Proportione', de 2005–, está la geometría humana, con referentes que se remontan a Vesalio, la cual también aparece en algunas obras de la ya citada serie 'Camino de agua', acompañada por marcos definitorios y letras que unen al ser humano con su esencia, que para permanecer necesita ser escrita. Lacres, lazos, manuscritos ignotos sobre estructuras de cartón y piedras con aspecto de pequeños menhires conectan pasado y presente, esencia y vivencia, lo experimentado y lo mucho que queda por experimentar.
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