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Hay adjetivos y cifras que duelen, estigmatizan, frenan y no se corresponden –o no son capaces de mostrar del todo– la realidad. En Albuñol conviven ... más de 7.000 realidades de 40 nacionalidades diferentes. El municipio, pegadito a Almería, no está hecho de oro. Pero sí de contrastes, Contraviesa, playa, plástico y esfuerzo. Las vidas se acomodan y se resumen en la agricultura intensiva de los invernaderos, que se extienden por llanuras, laderas y cumbres de las colinas. De los frutos y el sudor de esta tierra se come en Granada y Europa. La agricultura es el principal motor económico. La pesca desapareció y el turismo, con las playas ahora regeneradas y libres de las explotaciones agrícolas que las habían ocupado durante más de 40 años, está aún por despegar.
La localidad, con una renta anual media de 7.061 euros, ha sido considerado, a raíz de una evaluación del INE –en base a datos recogidos en 2020– como el tercer municipio más pobre de España y el segundo de la provincia por detrás de Iznalloz.
Entender las cifras y lo que hay detrás es casi más complicado y menos apacible que meterse en camisa de once varas. En el pueblo, los propios vecinos, la mayoría escépticos, no se ven reflejados en las conclusiones de los estadistas. Hay variables que no se han tenido en cuenta: la picaresca, que siempre hay un poco a la hora de hacer la declaración de la renta, y que Albuñol es un pueblo de acogida, un 40% de su población es de origen extranjero, un porcentaje elevado y significativo.
De acuerdo con la Diputación, 2033 personas acudieron a los servicios sociales en el último año, casi un 30% de la población. Una gran parte de ellos, 996, eran mayores de 65 años. En total, la inversión en el municipio, teniendo en cuenta los distintos programas de ayuda, alcanzó los 1,3 millones de euros en 2021.
Lena, una de las trabajadoras sociales, cuenta que lo que muestra el INE sí se corresponde con lo que ella vive día a día en el trabajo. «Llevamos los casos de muchas personas del pueblo, atendemos a españoles y extranjeros. La gente no ve la verdad que hay dentro de las casas. La pobreza trae también estigma y hay personas que no les gusta admitirlo, no quieren esa etiqueta. Hay muchos tipos de carencias. No todo es pasar hambre», explica.
La Diputación, una vez que llegan los casos a la mesa, presta ayuda en distintas líneas. Algunas son económicas para cubrir necesidades básicas como la alimentación, luz, agua... Pero también cuidan la independencia de sus usuarios y se busca la inserción laboral o trabajan con personas dependientes en situaciones vulnerables que en algunos casos deben estar enganchados a estos recursos el tiempo que les quede.
Cuatro personas componen la plantilla de servicios sociales y les faltan manos. Por la idiosincrasia de Albuñol, su Ayuntamiento cuenta también con un mediador intercultural e intérprete que ayuda a los servicios sociales, a las administraciones y a las comunidades a entenderse aunque hablen distintos idiomas. «Hay una gran coordinación entre instituciones y mucha colaboración y respaldo de Sanidad, Guardia Civil y Policía Local para poder llegar a cualquier parte», resume la trabajadora social.
Es la misma verdad que conocen en el mercado local. En la pescadería, a la pregunta de si han percibido que Albuñol es un municipio con problemas de pobreza, la dependienta responde un «Sí» tajante para añadir seguidamente «pregúntele a él». Él es un hombre de mediana edad que se quedó sin trabajo en el sector servicios de la Costa del Sol y tuvo que regresar al pueblo de su madre. Cuenta que tiene dificultades para pagar el alquiler y que en la localidad hay una desigualdad «muy marcada» entre «gente muy rica y quien no tiene nada».
Este periódico habló con más de una veintena de vecinos y comerciantes que mantenían que no habían percibido pobreza en la localidad y aseguraban que en su pueblo «había trabajo para quien quisiera trabajar». Una gran mayoría de ellos achacaba los datos del INE a la economía sumergida que existe en la localidad. Los inmigrantes irregulares encuentra empleo, pero sin contrato en algunas explotaciones agrícolas, mientras que otras personas prefieren no darse de alta «para empalmar ayudas y el paro». Estas verdades veladas, la de la falta de recursos y los engaños con las cuentas, son incómodas en el pueblo. Los vecinos que las contaban se rehusaban a dar su opinión a cámara «por ser un pueblo tan chico».
Para Gethyn, galés afincado en Albuñol, el pueblo tiene potencial en la naturaleza para desarrollar el turismo y no depender tanto de la agricultura. Lo mismo opina José, valenciano enamorado de una albondonera. Se mudó en 2012 a la localidad y hace unos meses, gracias a la lotería, ha montado una tienda de deportes.
Este medio trató de ponerse en contacto con el Ayuntamiento sin conseguir respuesta.
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