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El poeta Rubén Darío y su mujer, la española Francisca Sánchez.
Rubén Darío, de kaki y panamá

Rubén Darío, de kaki y panamá

El autor estuvo en Granada en diciembre de 1904, una visita de la que no queda testimonio gráfico pero de la que Darío dejó registro escrito en el libro 'Tierras solares'

Pablo Rodríguez

Martes, 31 de enero 2017, 00:25

Recientemente, el mundo conmemoraba el 150 aniversario del nacimiento de Rubén Darío. Como han demostrado los fastos dedicados al poeta a lo largo y ancho del planeta, el nicaragüeño sigue siendo recordado y admirado por millones de lectores que han descubierto a través de libros como 'Rimas' o 'Azul...' una poesía de belleza universal.

Aunque fue pilar fundamental del movimiento modernista que dominó las letras hispanas a comienzos del pasado siglo, el autor también tuvo fortuna en otros géneros como el de la crítica periodística o la literatura de viaje. Ahí, en una obra ajena a la estudiada habitualmente en los institutos, reside un Rubén Darío más humano, más transparente al lector, que puede reconocer sus gustos y su personalidad de 'dandi' entregado a los placeres elegantes de la vida.

'Tierras solares' es uno de esos libros, un título que recoge una serie de textos en los que Darío expone su visión de Andalucía, una tierra a la que amó profundamente y que conoció de cerca a través de un viaje, realizado durante el invierno de 1904, que le trajo hasta Granada.

Aunque el poeta conocía España -había visitado la Península en dos ocasiones anteriores-, aún le faltaba por descubrir Andalucía. Antes de comenzar el viaje, el escritor tuvo la idea de encontrarse con Juan Ramón Jiménez, joven autor entonces que seguía la estética modernista iniciada por el nicaragüeño y con quien le unía una gran amistad. El onubense legó en uno de sus libros una interesante descripción del encuentro, una cita que se desarrolló en su casa de Madrid y que hoy sirve para poner rostro al entonces príncipe de las letras hispanoamericanas: «Venía vestido de kaki, con sombrero blanco de paja, un panamá, botas amarillas, estrechas, la parte alta sin abrochar, botas que le hacían daño».

Reencontrado con España, el poeta partió al sur y alcanzó la capital nazarí en febrero de 1904. Le recibió el navajazo helado del frío, una acogida que sin embargo satisfizo al poeta: «He tenido, por llegar en este frío febrero, un singular gozo; estar sólo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook».

El escritor, muy crítico con la protoindustria del turismo, pudo así disfrutar de una tranquila visita. La arquitectura de la Alhambra, la belleza de las estancias reales provocaron una reacción suntuosa del escritor, que se dejó llevar por la mágica imaginería de los cuentos de Washington Irving: «No he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una vez más la atroz expulsión de los moros cultos, sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias», señaló sobre su visita.

La Alhambra no sería, a pesar de estas palabras, la joya más admirada por Darío. Ese honor recayó sobre el Generalife, palacio que describió como «más cordial, más intimo, más amable» y del que celebró la definición que Cristina Santoyo hiciera de él -«delicioso para el amor»- como síntesis de «todo lo que pueden hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero».

Darío también tuvo palabras de reconocimiento a su guía, una joven rubia de 14 años, hija del jardinero del Generalife, «que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de suspirar y de besar».

Antes de seguir su camino, Rubén Darío se cruzó con uno de los personajes históricos de la ciudad por entonces: el gran Chorrojumo. El encuentro no dejó un buen sabor al escritor, que lo llamó «lamentable rey falot» y lo describió como «vestido como los contrabandistas de la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica».

Fascinado por Granada

«A Darío le fascinó Granada», señala Álvaro Salvador, poeta, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Granada y uno de los grandes especialistas en la obra del escritor nicaragüeño. «Hay que tener en cuenta lo importante que eran para el modernismo las culturas exóticas, los restos del pasado oriental. Pero esa fascinación entra dentro de la que le produjo Andalucía entera», dice.

Tras estar en la capital nazarí, el escritor de 'Azul...' visitó Málaga y Sevilla, ciudades de las que dejó descripciones tan apasionadas como la granadina y en las que se interesó por el cante y el baile gitanos. «Se interesó mucho por el flamenco y por los distintos cantes, por su composición estrófica».

La monumentalidad de las ciudades andaluzas y su 'exótica' cultura, sintetizada en el flamenco, fascinó al escritor, que «tiene varios artículos dedicados a ese tema».

Recordado hoy como el gran revolucionario de las letras españolas de comienzos del siglo XX, su temprana muerte -6 de febrero de 1916, sin cumplir los 50 años- no evitó que el camino iniciado por él fuera seguido por otros escritores. Tal y como explica Álvaro Salvador, «sin Darío no puede entenderse el cambio que vendría después con Juan Ramón Jiménez, con los hermanos Machado, con la Generación del 27 y los grandes poetas hispanoamericanos como Vallejo, Paz o Neruda. Sin él, sin lo que él incorpora a la poesía en español, la renovación posterior hubiese sido imposible». Una influencia que nace de un poeta«con un extraodinario sentido del ritmo y de la musicalidad», un Darío que cumple con salud -de kaki y panamá- 150 años.

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