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Emilio Calatayud llega a los juzgados de Menores de Granada mojado y hablando mal de los gobiernos: del central, de los autonómicos y hasta de alguno extranjero. Igual que cualquier ciudadano.
Con la boca cubierta con una mascarilla y tras embadurnarse las manos con jabón líquido, hace un par de comentarios políticamente incorrectos sobre los políticos. Como todos.
Y una vez concluidos los desahogos y las risas, se pone la toga, entra en la sala y empieza a juzgar. Lo hace como nadie. No porque sea mejor o peor que otros magistrados. Don Emilio (que es como le llama todo el mundo) es diferente. Ni más, pero tampoco menos.
El titular del Juzgado de Menores 1 de Granada volvió ayer a celebrar un martes de juicios (ese era el día que lo hacía antes de la pandemia) tras dos meses de baja médica que se solaparon con el confinamiento. Estrenaba la 'nueva anormalidad' derivada del coronavirus y le aguardaban una decena de casos, aunque finalmente vio nueve. Solo en dos de ellos estuvieron presentes los acusados.
En todos los asuntos existía ya un preacuerdo entre las defensas y la Fiscalía de Menores. Los chavales habían confesado a cambio de una rebaja en el castigo. Pero esos pactos debían ser ratificados en la sala. La experiencia enseña que las posibilidades de que un encausado se retracte son prácticamente nulas, pero las formas a la hora de impartir justicia son también el fondo.
Así que ahí estaba Emilio Calatayud, conversando a través del móvil con uno de los 'reos'. Porque al popular magistrado no se le caen los anillos si tiene que combinar la telemática con los telefonazos de todo la vida. De hecho, no se lleva demasiado bien con las nuevas tecnologías. Al contrario que el procesado, que hurtó un celular en el instituto y por eso tuvo que sentarse en el banquillo, aunque fuera a distancia. «Que me tienes que sacar un siete de media en el curso, porque si no te encierro, ¿estamos?», pregunta el togado al menor. Y el chico dice que sí. «Y si sales a la calle, te pones mascarilla y guantes», recomienda el juez al muchacho, aunque el consejo suena a orden. «Pero si no sale», interviene la madre del adolescente. «Pues mejor», remata don Emilio, y a la mamá le entra la risa. Antes de colgar, se escucha decir al joven: «'Joé', he hablado con el juez Calatayud, me ha llamado para juzgarme». Ahora el que no puede contener un amago de carcajada es el propio magistrado.
El siguiente caso no deja ningún resquicio para el humor. Se trata de un niño de quince años al que la fiscalía acusa de ir de paquete en una moto robada que conducía su amigo de solo trece y, por tanto, inimputable. No es un asunto demasiado serio, pero las circunstancias del chico si lo son. Es huérfano de padre (el progenitor tuvo problemas con la ley y una mala muerte) y su conducta está muy condicionada por ese hecho. «Si son unos pobrecitos», murmura don Emilio.
Quizá para apaciguar el regusto amargo que le ha dejado la historia anterior, el juez anuncia que no ve ni torta porque se le empañan las gafas con la mascarilla. Así que sale de la sala y regresa con una careta de plástico que le cubre todo el rostro y que le ha traído María José, una de las funcionarias del juzgado. «Esto está mejor», dice satisfecho, antes de mantener una videoconferencia con un chaval que está encerrado en el correccional Tierras de Oria. «¿Mes ves? ¿Me escuchas? Aquí encuentros en la tercera fase», inquiere el togado, que, por cierto, parece un astronauta. Diez minutos después, acaba el juicio. «Corto y cierro», concluye el jurista.
La 'nueva normalidad' de don Emilio es igual que la antigua, pero con mascarilla o careta.
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