La mano que mece la luna
Crónicas Granadina ·
tico medina
Domingo, 22 de noviembre 2020, 00:37
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Crónicas Granadina ·
tico medina
Domingo, 22 de noviembre 2020, 00:37
El titular es tan bueno, y no es porque sea mío, que ya lo usé, incluso hasta lo abusé, hace ya muchos años, en el ... programa de noche, con un magnífico compañero, ciego de nacimiento, que se llamaba Cebrián, y del que tanto aprendí. Fue en Onda Cero, cuando ayudaba en la madrugada con una carta diaria, que me gustaría mucho volver a escribir aunque solo fuera en Granada… ¡Ay mi Granada!
Fusilando en el mejor de los sentidos, siempre, aunque el verbo nos sea en Granada tan cercano, lo de la película 'La mano que mece la cuna', y que te ponía los pelos como escarpias. ¿Recuerdan? Mi espacio se llamaba así, como el título de hoy. Trataba de acercar a la luna, tan nuestra, tan granadina, mucho antes incluso de que servidor mereciera el Pozo de la Luna de Federico, en una inolvidable noche de la hiedra y de la piedra, de Fuente Vaqueros… siendo ya cronista oficial de Granada y sus pueblos. Y cada noche en esa media voz, entre el bronce y la ceniza, servidor desde Madrid y para toda España y a veces mucho más lejos, escribía su carta, a la que sigo echando de menos.
Total, que desde hace ya algunos meses, fruto de mi dolor, desde luego, que no tiene reloj alguno, ni siquiera de arena, resulta que sufro de insomnio. Esto es que me van dando las horas, toda la noche en vela. Menos mal que acudo a la pequeña radio de pilas, que tanto me recuerda a una que tenía mi padre dentro de una caja de puros, y eso que no fumaba, más bien radio de galena, atada con una goma, y que creo que le acompañó hasta la muerte. La radio, y sobre todo la de la noche, es más que una querida fiel, más que una amante sin nada que echarte a la cara, nunca mejor dicho lo de la cara. Radio, que no sé qué sería de mí desde hace algunos meses. Las cosas como son. El título de hoy tanto me recuerda porque la noche me ha dado dos vidas, que igual lo he usado ya alguna vez, y por escrito, porque lo escrito, escrito queda. Pero no he querido darle una mala mañana, que ya le doy suficientes, a la querida secretaria de mi director, la Moleón, que tanto me ayuda. Tanto que sin ella sería imposible poner en pie la crónica de cada domingo, desde hace ya no sé cuántos años.
Don Miguel Ríos
A lo que voy. Esta misma noche, del jueves al viernes, que es cuando escribo mi cuento de todas las semanas, aunque siempre es un cuento verdadero, acabo de escuchar, con respeto, con admiración y así debo decirlo, en 'Poniendo las calles', que escucho todas las noches de las cuatro a las seis de la mañana, con Carlos 'el Pulpo', ni más ni menos que a Miguel Ríos. Perdón, a don Miguel Ríos, que cada día, quizá por que ya cumplió los 76, está más sabio, más profundo, más poeta y más mío. Y que esa noche respondía a las preguntas del dueño de esos ciento veinte minutos, con un tempo, un compás, un son, que le hace un gigante, cosa que siempre ha sido, que ya saben ustedes lo que de él siempre digo, dentro del ripio, que es mi pájaro en el hombro:
Granada tiene tres ríos
Que no los tiene Madrid.
Miguel Ríos, el primero, y luego el río Darro y el río Genil…
Es un gigante este granadino Miguel Ríos, con su nuevo y oportunísimo 'Estirpe de Caín', en el que trata solemne y vigorosamente, o sea, con amor y rigor, el tema de la pandemia, demostrando además, otra vez, que es un poeta de la raza de los mejores poetas, no solo de Granada, que ya es decir, sino de los de su generación, de la talla de Sabina. Que por cierto, tengo una foto con él que me hice en Chikito, comiendo un plato de huevo con habas, y su poquito de fuá, con acento en la a, como la ministra Celaá, a la que esta misma mañana le he dado estopa. Sentimos igual Carlos Herrera y servidor, sobre todo después de esta ley de la maldad que el jueves, Jueves Santo sin duda para muchos, Carlos Herrera, que en el diario Abc de lo suyo de los viernes le llama «la ministra malamadre». Y lleva toda la razón del mundo, la madre que la parió. Que hay que ver lo que acaba de hacer, aunque, eso sí, con el contubernio añadido de su jefe y sus mariachis.
Bueno, pues enhorabuena don Miguel, por lo escuchado en esta madrugada y a esperar la salida de ese trabajo, que es de lo mejor que ha hecho, claro que a ver si no, don Miguel, si es usted capaz de cantar el Himno de la Alegría, de ponerlo en el tempo de su tiempo, ¿de qué no va usted a ser capaz? Por cierto, que bien que recuerdo, aquel día de hace ya más de veinticinco años y parece que fue ayer, cuando inauguramos, pusimos en el aire, nunca mejor dicho, el primer día en directo de Canal Sur, desde la plaza de San Nicolás. ¿Recuerda usted aquella noche, maestro?
La saga sigue
Y también esta misma noche, la del jueves al viernes, escucho a esa niña, Soledad Morente, la saga sigue, niña a la que hace unos meses le envié, porque su madre me lo pidió en Sevilla, un consejo, porque es, sin duda, un relámpago en la noche del talento llena de tantos peligros…
¡Cuántas cosas en la noche! Hay mucha Granada bajo las estrellas. Igual que hay mucha luna, incluso cuando no hay luna, que servidor cree haber sido el único que tituló una crónica 'La luna tiene culo',que me permitió el director don Eduardo, cosa que si no me hubiera sido imposible. Momento que aprovecho para darle todas las gracias del mundo.
Y de pronto, Federico. Bueno, Federico siempre, que suena bien en la noche, en su verso y en su vida, pero en una noticia que ya conocía yo de alguna manera hacía tiempo. «Se ha descubierto que Marilyn Monroe tenía cerca de su cama, en una de sus dos mesillas de noche, una a cada lado de su almohada, las obras completas de García Lorca. Y es más, como recién consultadas, y subrayadas con su lápiz de la oreja, 'Poeta en Nueva York'. Y es que yo sabía, desde hace tiempo, además, que Marilyn era una magnífica poeta, que incluso hay libros escritos por ella, de su propia mano, que por cierto, como a veces digo, pocos muy pocos sabían que la actriz tenía seis dedos en el pie izquierdo, que por eso ocultaba como milagrosamente podía incluso en sus fotos desnuda, en las que fue tan generosa.
En la tele de anoche, la guerra del Yom Kipur, de la que yo fui corresponsal de guerra. Y voy y le digo a mi santa que ya está harta de oírmelo:«Yo estuve ahí». Aquel día que entrando en Jerusalén, en una tanqueta judía, de pronto, de entre las tabaibas surgió una llamarada infernal, y al periodista finlandés –con el que yo había hablado antes de Ganivet, muerto de amor en el río Dina–, aquella feroz llamarada le derritió medio cuerpo y le dejó hecho un cucurucho. Incluso fundió su casco, en el que se leía 'Press'. Pero el milagro más grande es que solo quedo entera su Leika, la máquina fotográfica legendaria, plana, de la que conservo un ejemplar, para ese día que nunca llega, de mis cosas en Granada.
Y en la madrugada ya, la voz de Chaves Nogales, de la que la audiencia de Sevilla acaba de publicar parte de sus memorias, casi todas inmortales. Enorme reportero, y me añade un sevillano que de esto sabe un rato: «A ver si las consigues, macho. Que están por salir, y que sepas, que le encantaba Granada. Así que ahí tiene que estar mucho de lo que de ella escribió».
Y en la mañana busco, y encuentro, aquella bandeja de cobre que me regaló Sadam Husein cuando, para Abc y como enviado especial, escribí 'Irak, año dos mil', cuando al hablar de Granada entre el Tigris y el Éufrates, y saber de dónde yo era, porque así se lo hice saber, que era mi tarjeta de visita, mi credencial cuando por aquel mapa caminaba, me respondió, sonriendo bajo su bigote tintado de capitán de la legión, sobre un plato de plata con un cus-cus que ahora se lleva tanto:
«¡Granada, una de las ciudades más hermosas del mundo que yo he visitado y a la que siempre me gustaría regresar, sobre todo para pasear por la Alhambra!»
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