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Algo más de un año después, caminar por la calle y ver rostros completos en lugar de medias caras volverá, poco a poco, a ser ... la estampa habitual por las calles de Granada. Según lo anunciado por el Ejecutivo de Pedro Sánchez, a partir de mañana llevar la mascarilla en espacios abiertos dejará de ser una obligación. Esta era la norma desde hace alrededor de un año y un mes; en concreto, desde el pasado 21 de mayo de 2020, durante el proceso de desescalada posterior al duro confinamiento de aquella primavera.
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La provincia, eso sí, se enfrenta a estos cambios con una situación epidemiológica peor que la de aquel momento en casi todos los indicadores y con los nuevos positivos elevados mientras se acerca la temporada alta del turismo. Por esta razón, los expertos en salud pública consultados por este periódico recomiendan seguir siendo cautos, en especial en lugares, como pasa con buena parte de Andalucía, donde los niveles de contagio siguen siendo demasiado altos.
En cuanto a las cifras que permiten medir la evolución de la pandemia, que sigue publicando cada día la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, son casi todas netamente más preocupantes hoy de lo que eran el 21 de mayo de 2020, cuando llevar cubrebocas pasó a ser obligatorio en todos los espacios de uso público. Ayer, por ejemplo, la provincia granadina se situaba con una incidencia acumulada en 14 días de 194,9 positivos por cada 100.000 habitantes. El día que entró en vigor la normativa la cifra era muchísimo menor; en concreto, de 25,4 casos. Es decir, que es en la actualidad casi siete veces superior a la de aquel momento.
El indicador es incluso mayor en la capital, de 273,1 esa misma jornada, lo que ha llevado al Gobierno andaluz a mantener la recomendación de usar la mascarilla en espacios abiertos después del día 26 y a autoridades de ámbito nacional como Fernando Simón a expresar que entiende la postura de la Junta por tratarse de la comunidad autónoma con mayor afección por el virus, mientras la media española baja ya de los 100 casos por 100.000 empadronados en 14 días.
Similares diferenciales se pueden constatar en otros datos muy relevantes: los de presión hospitalaria. Tras meses de confinamiento en casa que consiguieron dejar la incidencia de la pandemia en valores muy bajos, el 20 de mayo del año pasado había 42 personas ingresadas en un hospital de Granada a causa de la enfermedad provocada por la covid-19. Este último lunes la cifra había escalado hasta las 77, es decir, que el repunte experimentado es del 83%, aunque la cifra bajó hasta los 52 el jueves (+24%). Y eso que el avance en la campaña de vacunación ha conseguido reducir el número de casos graves y que requieren hospitalización, sobre todo entre los grupos de edad más expuestos a los riesgos asociados al virus.
También es más alto el número de personas que tienen que ser atendidas en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Si entonces eran ocho los granadinos en esta situación, en la actualidad la cifra se eleva hasta los 18. Es decir, más del doble; en concreto, el incremento en este año largo alcanza los 125 puntos porcentuales.
Donde sí se nota con claridad el efecto de las vacunas es en el número de víctimas mortales provocadas por el virus, que es el único indicador de los más habituales que ha ido a la baja entre la subida de mascarilla de entonces y la bajada de ahora.
En los 14 días previos al 21 de mayo de 2020, los partes diarios de la Consejería de Salud andaluza contaron 19 fallecimientos. En las dos semanas anteriores a este lunes, la cifra era de 13. Una caída del 31,6% que supone la mejor de las noticias ante un panorama que sigue preocupando a los expertos en salud pública.
Así lo expresa, por ejemplo, Joan Carles March, de la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP), cuando asegura que «todavía estamos en una situación, sobre todo en Andalucía, un tanto complicada», ya que «la incidencia acumulada sigue siendo muy alta». En su opinión, «quitar las mascarillas con estas cifras no parece adecuado», aunque reconoce que valora el hecho de que se tome la misma medida para todos los territorios del país, pese a que en este caso la comunidad autónoma se enfrente a una situación que puede derivar en más «brotes» que vuelvan a poner esta medida encima de la mesa. «Creo que podrían haber esperado quince días o tres semanas a que descendiese la incidencia», resume, aunque cree que es una medida que tiene sentido siempre que se siga siendo cuidadoso el resto del tiempo.
Una opinión con la que, en líneas generales, coincide José Martínez Olmos, de la misma institución y quien fue senador socialista y portavoz de la comisión de Sanidad. Considera que «es un buen momento y tiene sentido» dejar de obligar a llevar mascarilla en la calle, aunque señala que los cambios no justifican todavía la idea de que vayamos a dejar de usar la mascarilla en términos generales. Por ejemplo, señala que donde haya «grandes aglomeraciones», como en conciertos o manifestaciones, y en cualquier otra situación donde no se pueda garantizar la distancia mínima de metro y medio entre personas debería seguir siendo obligatorio ponerse el tapabocas como hasta ahora. «Hay que seguir manteniendo la cautela», afirma, y recuerda que las cifras de incidencia altas que se registran en lugares como la capital serían de hecho incluso más preocupantes si el cálculo se realizase no en base a toda la población sino excluyendo al segmento que ya tiene una pauta completa de vacunación. «Ajustando de esta manera –expone– podríamos estar en tasas superiores a los 400 casos».
En cualquier caso, ambos expertos señalan que, pese a la eliminación de estas restricciones, todos los ciudadanos tendrán que salir de casa todavía «con la mascarilla en el bolsillo», porque la previsión hasta el momento es que en espacios cerrados sea necesario llevarla hasta finales de este año. «Mi consejo –apostilla Martínez Olmos– es que la llevemos también en exterior si no se puede mantener la distancia, porque el virus está circulando mucho en ciudades como Granada». Coincide también Joan Carles March, quien asegura que lo importante en este momento es «no caer en la tentación y el peligro de pensar que esto ya se ha acabado».
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