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El camino hacia la Vega de Granada está plagado de pequeñas luces blancas que aparecen y desaparecen al instante. Un destello intermitente que da fe de la vida en el campo al que en Láchar le ponen nombre Jesús y María, pero al que le siguen otros muchos más que dan lugar a las luciérnagas de carne y hueso en la vega granadina. La linterna que llevan sobre sus cabezas para poder ver en mitad de la noche los espárragos y recogerlos es lo que dio lugar a que naciese esta denominación. «La gente que pasa por la carretera nos ve y es lo que nos dice que parecemos», expresa Jesús mientras hace un parón, pero la luz no deja de sostenerse en su cabeza. El parpadeo al que muchos hacen referencia surge del propio movimiento de los agricultores, que se agachan para recoger los espárragos cada pocos metros. «La voz se fue extendiendo y con luciérnagas nos hemos quedado», añade. Ellos sonríen ante esta denominación y cuentan que es para algo tan simple como poder ver. «Sino, la recogida es imposible», admiten.
Esta luz en la parte frontal de sus caras forma parte de su uniforme habitual. A ello se le unen unas botas y algún que otro forro polar porque estar cerca del río hace que se aprecie también la humedad y las temperaturas sean menores. Una vez acumulan un buen puñado de espárragos en una especie de cajón que cuelga de sus cinturas, cortan los tallos y los envuelven en gomas para su posterior envío a las cooperativas.
Su día a día empieza mucho antes que el de cualquier otro mortal o incluso cuando todavía algunos no se han costado. Al llegar los primeros rayos de sol, ellos llevan ya varias horas trabajando. Pero el hecho de recoger los espárragos a esas horas no es un capricho. Nace para evitar las horas de calor y conseguir así que el producto tenga una mejor calidad. El espárrago, explica Jesús, se compone principalmente de agua, por lo que su recogida a primera hora del día hace que pese más, esté más fresco y tenga mejor calidad. «Nos organizamos por filas de tierra. Hay que tener en cuenta que el tamaño y el grosor debe ser el adecuado», dicen. Pero no hay en realidad una guía para aprender cuándo cumple la forma óptima para su recogida, eso, explica David, solo se consigue con la experiencia. La experiencia o, en su caso, el hecho de tener familiares que también los han cultivado. «El trabajo en el campo solo se aprende ahí», expone.
La aparición de las luciérnagas de la Vega depende de las temperaturas. Aunque la campaña del espárrago dura aproximadamente tres meses, el trabajo nocturno empieza a principios de mayo y se extiende hasta principios de junio, cuando termina su recogida. Sus horarios y vida cambian completamente durante estas semanas. Se levantan a las cuatro de la madrugada, inician su ruta y no vuelven a casa hasta media mañana. «El campo es duro, así también podemos evitar las horas fuertes de sol», explican. Ellos optan por iniciar la recolección de madrugada, pero también hay quienes lo hacen a las 11 o 12 de la noche con el mismo objetivo: evitar el calor y que el espárrago esté en las mejores condiciones posibles.
Así discurren sus jornadas de lunes a domingo para volver a empezar una nueva semana, sin descanso. Solo se para si hay una bajada considerable de temperaturas. Este ritmo se nota en su rostro y en sus manos, porque la falta de sueño y sosiego también se pagan. «Así llevamos cerca de 15 años», declaran acerca de este cambio de normalidad que experimentan durante los meses de primavera. Sin embargo, pese al cansancio, aprecian el lado bueno de que sus días empiecen en mitad de la noche.
Ven cada jornada el amanecer rodeados de un paisaje de ensueño y respiran aire fresco. «Esto no se puede comparar con nada», exponen. A ello se le suma que también observan un cielo completamente limpio de contaminación en el que se reflejan las estrellas. Así se sobrelleva mejor el dolor de cintura o incluso el frío. «Hay que ver siempre el lado bueno de las cosas», sentencian cuando el reloj apenas marca las diez de la mañana y se marchan a descansar porque su día empezó cuando aún todos dormían.
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