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Representantes de distintos colectivos vecinales del Centro denuncian la «inacción» frente a los problemas de ruido que padecen. Ramón L. Pérez
La pesadilla de vivir en el centro de Granada

Vecinos

La pesadilla de vivir en el centro de Granada

Las quejas por el exceso de ruido se extienden por la ciudad a la espera de que el Ayuntamiento culmine los estudios que podrían abrir la puerta a la declaración de zona acústicamente saturada

Lunes, 19 de febrero 2024, 00:01

Mar abre la ventana de su piso y la respuesta es un rugido ensordecedor. Tarde, noche o madrugada, sea la hora que sea, el griterío es constante. Se alza desde las mesas altas de los pubs de la calle Moras, rebota en la espalda del Teatro Isabel la Católica y se cuela en su casa tras atravesar un triple cristal como si de un intruso se tratara. «Esto es lo más parecido a vivir en la grada de un campo de fútbol», ironiza. La estampa no es única. Se repite en otros puntos de la capital nazarí, pero con especial incidencia en el Casco Histórico, donde las quejas por la contaminación acústica se extienden. Solo en los últimos años se han conformado plataformas vecinales contra el ruido en lugares como como Reyes Católicos, Bib Rambla, Pedro Antonio de Alarcón, Ganivet, San Agustín o Fuentenueva. Es la 'zona cero' del ruido, el epicentro de la pesadilla en que se ha convertido residir en el Centro.

El problema no es reciente. Es algo en lo que coinciden Mar y Miguel Ángel Rubio, que vive una experiencia similar a la de ella en su casa de la calle Libreros. Ambos son los portavoces de sendas plataformas vecinales que en los últimos tiempos han dado a conocer la situación que padecen cientos de residentes de su entorno. «La contaminación acústica que denunciamos son de toda época», remarcan.

Los informes del defensor de la ciudadanía respaldan esta afirmación. Desde hace más de un lustro, las quejas por ruido están entre las diez que más se repiten en la oficina del representante, que lleva años solicitando a los diferentes equipos de gobierno aposentados en la plaza del Carmen que pongan solución urgente al problema.

«He tenido que parar mi coche porque me iba a quedar dormida por no poder hacerlo en mi casa en toda la noche»

Mar Meseguer

Vecina de Ganivet

Los factores desencadenantes son múltiples. En el caso de Mar, la escandalera tiene origen en los locales de ocio. No importa que muchos de ellos hayan hecho actuaciones para aislar los establecimientos. El problema principal está en lo que ocurre fuera. Las terrazas ocupan la mayor parte del acerado y atraen más público del permitido. Aunque en las ordenanzas se especifica que las mesas deben ser bajas y tener únicamente cuatro sillas, es común ver muchos más asientos o mesas altas sin sillas que facilitan que grupos muy numerosos se aposenten durante horas en un espacio reducido.

Las malas prácticas, como recuerda la afectada, están a la orden del día. «Hay negocios que tienen licencia para seis mesas y ponen doce. Tienen permiso para ocupar 20 metros cuadrados y ocupan seis. Pagan por un aforo, el de dentro del local, y fuera tienen muchísima más gente. Ese dinero está yendo directamente al bolsillo del empresario, que no está pagando los impuestos que el resto sí pagamos», critica. Todo esto se ha traducido en una lluvia de llamadas y denuncias que, según dice, no solo no han atenuado la situación, «sino que está degenerando». «Tenemos un problema de falta de revisión de licencias y de declaraciones responsables. Hay salas que tienen permiso de cafetería, de pub y de auditorio. Es un descontrol», lamenta.

Pedro Antonio de Alarcón, Ganivet y Moras, tres de las principales calles de 'marcha' de la ciudad.
Imagen principal - Pedro Antonio de Alarcón, Ganivet y Moras, tres de las principales calles de 'marcha' de la ciudad.
Imagen secundaria 1 - Pedro Antonio de Alarcón, Ganivet y Moras, tres de las principales calles de 'marcha' de la ciudad.
Imagen secundaria 2 - Pedro Antonio de Alarcón, Ganivet y Moras, tres de las principales calles de 'marcha' de la ciudad.

Rubio expone algo parecido. Bib Rambla, la plaza que conecta con su calle, «está tomada». Un paseo basta para comprobar que uno de los rincones históricos de la ciudad se ha convertido en un salón-comedor. Si se cuentan las mesas de todos los negocios, superan con creces el centenar. «Es una terraza casi continua que cerca la plaza y dificulta el tránsito prácticamente a lo largo de todo el año», describe el afectado.

El escenario se repite también en San Agustín y en la Placeta del Pulgar, aunque a menor escala. Las dimensiones de ambas son más reducidas, pero las mesas de los establecimientos hosteleros ocupan buena parte de las mismas, especialmente en la Placeta del Pulgar. «Es una plazoleta de 200 metros que está ocupada al 100%. Hay tres bares con cinco mesas cada uno. Después, hay otras amontonadas por si fuesen necesarias más. No hay manera de pasar», denuncia uno de los vecinos, que prefiere guardar el anonimato. Transitar, recalca, es una odisea. «A veces, al volver de la compra, tengo que coger el carro en peso para poder pasar. A partir de marzo, cuando colocan las sombrillas para evitar el sol, entro en casa bajo palio. Les da igual lo que digamos, las quejas. Está totalmente colapsado y lo peor son las mesas altas. Tienes dos banquetas, pero de pie hay ocho comensales berreando».

«La diversión traspasa los límites: dejan vomiteras, hay cánticos a cualquier hora, peleas, robos...»

Juan Hervás

Vecino de Pedro Antonio

En Pedro Antonio de Alarcón, donde vive Juan Hervás, el origen del problema es el «tardeo». Es una moda espoleada por los hosteleros, «que aprovechan la franja horaria desde las 16 horas hasta el cierre» con reclamos de «café y copa a 4 euros». El resultado son locales «con música de hasta 90 decibelios» que cierran a las 4 de la mañana, «pero no dejan de molestar hasta las 5 de la madrugada porque las ordenanzas que tenemos, que están obsoletas, dejan media hora para desalojar». El panorama se complementa con suciedad y trifulcas. «La diversión traspasa los límites: dejan vomiteras en los portales, hay cánticos a cualquier hora de la tarde o la noche, peleas, robos...», lamenta.

Este ambiente se adereza además con otro aún menos aconsejable que se extiende a las plazas cercanas. «Las aglomeraciones de jóvenes haciendo botellón y menudeo en Mercedes Domenech son habituales. Nuestros hijos pequeños no pueden descansar por los altercados. La situación es insostenible», denuncia.

«Debe haber un mayor control»

No solo el ocio y las malas prácticas hosteleras están en el origen de la contaminación acústica. El tráfico es otro de los focos. Lo saben bien en el eje Fuentenueva-Einstein-Méndez Núñez, donde los vecinos también han constituido una plataforma después de años reclamando a los diferentes gobiernos municipales una solución. «Aquí el problema fundamental es el tráfico rodado y algunos de sus efectos indirectos, como la concentración de motos y coches que, por la cercanía a Pedro Antonio, se detienen en la zona con la música alta, rachean y hacen sonar los motores», explica Antonio Peña, portavoz del colectivo.

«Somos conscientes del lugar en el que vivimos, pero esto no puede ser tampoco una condena»

Antonio Peña

Vecino de Fuentenueva

El afectado remarca que son «conscientes» del lugar en el que viven, pero reclaman que «no parezca una condena». «Es un eje que da al Centro donde el tráfico tiene que ser más elevado y, hasta cierto punto, debe ser así. No pretendemos peatonalizar esta arteria, pero asumimos un coste personal por vivir aquí y solicitamos cierta solidaridad por parte de los conductores. Esto no puede ser una autopista urbana. El tráfico no puede ser regulado de forma ruidosa. Aquí viven ancianos y niños. Hay que buscar un equilibrio. Tenemos que convivir», dice.

En ocasiones, es el propio Ayuntamiento el que provoca el problema. Es lo que señala Rubio, que apunta a la responsabilidad municipal a la hora de distribuir eventos por la ciudad. Como ejemplo, señala el impacto que suponen citas como los bailes para mayores y los recitales en puntos como Bib Rambla o Pasiegas. «Hemos tenido todos los sábados la plaza tomada con la música sin ningún tipo de control o un speaker dando cuenta de las actividades a grito pelado», lamenta.

Otras veces, la falta de renovación de las maquinarias que realizan los servicios municipales están en el foco. Ocurre en todos los lugares mencionados hasta ahora. Los vecinos denuncian que los motores de los vehículos de Inagra son «infernales». «El ruido no se puede aguantar, especialmente de madrugada», denuncia uno de ellos. El servicio de recogida de residuos se hace en horario nocturno para no perturbar la actividad de los bares, exponen, y eso provoca que en el silencio de la noche el ruido de las máquinas sean aún mayor. «En calles estrechas, el motor reverbera y parece mi zona -Mesones- un aeropuerto», describe una residente. Transportes Rober también está en el foco. «Aunque se han comprado algunos autobuses nuevos que hacen menos ruido, aún hay muchos antiguos que, cuando se detienen aquí abajo para coger pasajeros, hacen un estruendo impresionante», critica otro.

El exceso de ruido no tiene una solución fácil en una zona que, por su situación dentro de la ciudad, soporta una gran actividad, algo de lo que los vecinos son conscientes. Sin embargo, todos los afectos coinciden en reclamar un «mayor control» a la administración para reducir el impacto y acabar con las malas prácticas.

«Se está vigilando y sancionando a aquellos establecimientos que no cumplen. Las medidas llevan su tiempo»

Ana Agudo

Edil de Protección Ciudadana

Durante el mandato anterior, el Ayuntamiento, gobernado por el PSOE, inició los trámites para renovar el mapa de ruido a demanda de los vecinos. La medida era el primer paso para intentar activar una de las soluciones que recogen las ordenanzas: la declaración de zona acústicamente saturada. Esta herramienta permitiría, por ejemplo, suspender las nuevas licencias o limitar los horarios de apertura.

Los trabajos se culminaron en octubre pasado, ya con el nuevo gobierno del PP. Entonces la alcaldesa, Marifrán Carazo, anunció que se tomarían muestras de sonido de aquellos puntos más conflictivos para confirmar lo expuesto por los vecinos. Aunque los resultados que se llevaron a cabo en Ganivet y Pedro Antonio aún no se conocen, los primeros análisis constatan un exceso de ruido, según informó el Consistorio en diciembre.

Consultado por la situación y las demandas de los vecinos, que reclaman medidas correctoras y cambios en instrucciones como la de gestión ambiental para aplicar un radio de 150 metros a todos los establecimientos, especialmente aquellos con licencia de auditorio, el gobierno local hace hincapié en que «se está vigilando y sancionando a los locales que no cumplen». Asegura que las medidas en las que se están trabajando «llevan su tiempo porque tienen que ser representativas» y confirma que está en conversaciones con la Federación de Hostelería «para ir depurando temas como la carga y descarga o los incumplimientos de licencias y ocupación de la vía pública». Según señala, se ha establecido una mesa técnica sobre este asunto que ya ha celebrado una sesión y confirma que «en los próximos días» se convocará una nueva reunión de seguimiento.

Daños para la salud

80

Por debajo de los

decibelios

el oído no queda afectado directamente, pero es la vía de entrada los estímulos nerviosos,produciendo efecto negativos para la salud física y mental de las personas

Síntomas

Irritabilidad

Actitudes agresivas

Estrés

Síntomas

depresivos

Fatiga

Insomnio

Falta

de deseo sexual

Reduce

la productividad

C.J.V.

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Reduce

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Actitudes agresivas

C.J.V.

Psicólogos para tratar a los vecinos afectados

El caso de los vecinos de Arabial es, quizá, uno de los más gravosos. La mancomunidad, con más de 200 viviendas, está pagando psicólogos a los vecinos afectados por el ruido que genera la actividad de una sala de fiestas ubicada en los bajos del edificio. Según denuncia uno de los representantes del bloque, «el escándalo por la noche es insoportable». La discoteca comparte la estructura con los pisos, lo que provoca que la música se escuche en los hogares. De poco han servido los trabajos de insonorización que los vecinos han llevado a cabo o los 25.000 euros en seguridad que han gastado. «Con menos volumen, pero aún se escucha», señala. Pero lo peor es el griterío de los asistentes cuando salen fuera. «Me consta que hay vecinos de otros bloques también sufren», afirma. Los vecinos, que están reuniendo firmas, reivindican que el Ayuntamiento articule un proceso para que el ocio nocturno esté en lugares alejados de las zonas residenciales. «No estamos en contra de las discotecas, pero no concebimos que estén donde descansa la gente».

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