![Estado actual de la alberca de Los Peñoncillos](https://s1.ppllstatics.com/ideal/www/multimedia/202001/05/media/cortadas/DSC_0682_stitch-kpcH-U901103178134vjD-1968x1216@Ideal.jpg)
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Juan Enrique Gómez y Merche S. Calle
Domingo, 5 de enero 2020, 01:18
Vuela desde la protección de las copas de los pinos y cedros hasta posarse sobre las ramas que caen en vertical hacia la superficie del estanque. Se aferra a ellas boca abajo para situar su pico lo más cerca posible de la lámina de agua donde revolotean mosquitos y otros pequeñísimos insectos. Es un pájaro del tamaño de un gorrión, pero su plumaje es de un azul intenso en las alas y anaranjado en su pecho, pico corto y negro con una marcada ceja negra. Se le conoce como trepador azul porque asciende por las ramas como si escalase una montaña. No es fácil de ver, pero cada año sus poblaciones aumentan en las sierras del entorno de Granada e incluso sube a las cumbres de Sierra Nevada. Su hábitat más común es el interior de la sierra de Huétor, los bosquetes de encinas, pero también ocupa pinares y cedros que crecieron en los antiguos viveros creados para las repoblaciones que recuperaron las arboledas del parque natural. Es uno de los visitantes habituales de las albercas que en la segunda mitad del siglo XX recogían el agua de las surgencias del subsuelo de la sierra, en el trazado entre los cortijos de los Peñoncillos y Bolones, donde ocho manantiales alimentaban cuatro estanques destinados a regular el agua necesaria para otros tantos viveros, situados en una línea de monte de poco más de tres kilómetros.
Erstas albercas se convertían en el centro neurálgico de ecosistemas que empezaban a naturalizarse tras siglos de talas y rafias madereras, pero que seis décadas después, sufren la destrucción impuesta por el olvido y el abandono.
En las inmediaciones del cortijo de Bolones, junto al bosquete de secuoyas procedente de aquellos viveros, la alberca mantiene el nivel de agua que le aporta el manantial, cada vez más mermado, pero su imagen, encerrada tras una valla de tela metálica, no tiene nada que ver con aquellos estanques que regaban bosquetes y huertas, aquellas piscinas improvisadas en las que se bañaban los chavales que desde Huétor se aventuraban por los caminos de la sierra.
De estas surgencias y sus albercas, la del cortijo y casa forestal de Los Peñoncillos, es la que se encuentra más oculta y la que en realidad concentra las vivencias de aquellos niños que hoy superan los sesenta y que recuerdan el esplendor de las fuentes y el agua. Lo cuenta el hidrogeólogo del CSIC, Antonio Castillo Martín, en el blog Paisajes del Agua, en un artículo en el que alerta de lo que considera la «epidemia de la seca de fuentes».
Castillo Martín dice que «en esas albercas jugábamos, nos bañábamos y criábamos truchas. De las huertas salían sabrosos tomates, pepinos, calabacines, melones y judías verdes, de los frutales manzanas, ciruelas y cerezas. Hoy todo eso es agua pasada, una historia apenas reconocible, salvo para gente observadora. Las fuentes se secaron, las acequias, paratas y bancales están tapados por el monte, las albercas derruidas y colonizadas por zarzas y espinos, y las atajeas y minas cegadas o cubiertas de telarañas».
La de Bolones se encuentra junto un camino habitual de senderistas, pero la de Los Peñoncillos es casi desconocida, está oculta entre los bosquetes, detrás de la antigua casa forestal, hoy centro residencial educativo, y mantiene las esencias de un paraje en decadencia que vivió tiempos de esplendor. El camino de salida de los viejos viveros accede a un paraje donde aún se observan las paratas de cultivos, con cauces de acequias secos y escaleras que conectan las plantaciones. Al fondo, el bosquete de grandes cedros del Atlas delatan el lugar en el que se oculta la alberca, vallada para evitar accidentes. Aún quedan vestigios de los azulejos que hacían que se pareciese más a una piscina que a un estanque de riego. La alberca de los niños, donde ahora se ha puesto en marcha un programa de recuperación de anfibios por parte de la Asociación herpetológica Granadina, es desde hace décadas, un ecosistema acuático que se mantiene a pesar de la escasez de agua del acuífero que nutre el nacimiento del Darro, muy próximo a este enclave, donde se desarrollan larvas de anfibios, libélula y otros insectos y se alimentan aves y mamíferos.
Pasear bajo los cedros, junto al borde de la alberca de los niños, te hace pensar en aquellos chavales que hoy, cuando solo faltan unas horas para la llegada de los Reyes Magos, formularían el deseo de volver a contemplar aquellos parajes donde el agua, surgida de la tierra, llenaba el estanque y rebosaba a través de acequias, que se distribuían por bancales donde crecían centenares de árboles jóvenes que repoblarían la sierra.
Salida 259 de la A-92. Tomar el primer carril a la derecha. 100 metros después, dejar el coche junto a la entrada de la casa forestal de Los Peñoncillos. Caminar hacia el lateral izquierdo de la casa. Desde su parte trasera surge un camino que lleva al viejo vivero. Al fondo, entre los cedros, está la alberca.
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Martin Ruiz Egaña y Javier Bienzobas (gráficos)
Inés Gallastegui | Granada
David S. Olabarri y Lidia Carvajal
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