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Vueling anunció en diciembre que retiraría esta primavera el vuelo entre Granada y París por «motivos logísticos y falta de rentabilidad». Esta semana ha comunicado ... que lo mantendrá finalmente hasta junio, lo cortará en verano y volverá el 15 de septiembre. Lo que era una ruina ha pasado a ser viable sin que, en apariencia, cambie nada. El vuelo entre Granada y París ya tenía una ocupación media del 88% y del 94%, precisamente, en el periodo estival. Los motivos logísticos son un eufemismo para no llamarlo «chantaje» –las comillas literales no son necesariamente mías–.
Vueling es, en definitiva, una compañía privada que puede operar donde le convenga. De hecho, el avión que seguirá en Granada a partir de abril se retirará de cualquier otro aeropuerto en algún lugar cuyos periódicos estarán ahora criticando la decisión.
¿A qué se debe este giro? La Junta mantiene con la compañía acuerdos de promoción y los ha utilizado para que Vueling siga en Granada a cambio de otras plazas que le interesan. Si puede operar con una compensación económica, por qué hacerlo gratis.
Me consta que las negociaciones han sido duras. «A cara de perro», me describe alguien que ha participado de ellas. Y que hasta se han llegado a levantar de la mesa. La presión institucional ha servido para salvar temporalmente el vuelo. Es una relación viciada, pero no hay otra manera si se quieren potenciar aeropuertos del tamaño del de Granada.
El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha sido directo esta semana en el Congreso a propósito de las compañías de bajo coste; en este caso, por Ryanair, que –tras sesenta años– ha retirado el vuelo entre Barcelona y Valladolid, tierra del ministro. Puente lo ha tildado de «extorsión». Solicitan ayudas y, si no las consiguen, se llevan los aviones a otro destino. Ryanair también ha atribuido recientemente a las supuestas altas tasas del aeropuerto de Granada el motivo por el que no opera en esta provincia. Puente cuantifica en 150.000 euros al año la cantidad que reclama la compañía irlandesa para mantener una ruta y en 250.000 el precio por una nueva apertura. Para el ministro es un «chantaje». Con alas.
No son los aviones, son los negocios.
EL PAÑUELO TRANSVERSAL
Acudo el miércoles a la clausura del congreso de UGT-Andalucía; un sindicato que es capaz de convocar en 48 horas a Juanma Moreno y a Yolanda Díaz. Las cosas normales resultan extrañas. Me sitúan por azar –tampoco lo he evitado– entre la vicepresidenta y el líder nacional de UGT, Pepe Álvarez. Al vernos a ambos con pañuelo, me confunde con un compañero del sindicato. Siempre resulto sospechoso hasta en lo más insospechado. El pañuelo es transversal.
Al mi lado se sienta Rosario Cantón, única precandidata reconocida –de momento– a la secretaría provincial del PSOE. Quedan dos días para que se manifiesten los 'oficiosos'; que aprovechan el cónclave de este fin de semana en Armilla para mantener conversaciones entre ellos y averiguar qué pretende cada uno.
Yolanda Díaz viene directa de la sesión de control en Madrid, en apariencia cansada pero al subirse al atril se transforma. Habla muy rápido; que no siempre equivale a decir muchas cosas. Menciona la historia de Largo Caballero, hijo de mujer maltratada que dejó a su marido y estuvo un año de sirvienta en Granada.
Yolanda Díaz aprovecha el espacio que le dejan para soltar un mitin. Menciona hasta en tres ocasiones a Juanma Moreno para expresar –remacha– las cosas que querría haber dicho en su presencia. Podría haber venido el martes. Y no elude las relaciones con el PSOE ni la tributación del salario mínimo. «Voy a seguir cuidando al gobierno de coalición. Es verdad que es una cosa de dos».
Me llama la atención cuando hace una referencia histórica al sindicalismo y cita a Pablo Iglesias. Sobre la marcha añade el segundo apellido, Posse. Para que nadie se confunda.
[Como se confundió en una fiesta de la primavera Juan Carlos Monedero, por ejemplo].
EL TRIUNFO DE LAS TROLAS
El primer despacho de un juez al que accedí en Granada fue al de Miguel Ángel del Arco. Eran los tiempos del caso Nevada, cuando junto a Carlos Morán escarbé en los trapicheos del urbanismo doméstico. Más que supuesta corrupción, siempre he pensado que en aquella España de opulencia, nuevos ricos y ladrillazos se extendió el mamoneo. Así lo cuento en mi novela 'Jazmines torcidos', con las que estaré en marzo en las jornadas literarias del Colegio de Abogados de Granada.
Fueron varias ocasiones en las que me recibió el magistrado Del Arco y nunca supe si realmente se acordaba de mi cara de una vez para otra o si impostaba ciertas distancias para no romper el debido respeto y la ceremonia que debe existir entre un juez y un periodista. Recuerdo la investigación patrimonial que formalmente nunca existió a efectos jurídicos –aunque estuvo hecha– y el auto en el que describió al centro comercial Nevada como el «leviatán de cemento» en mitad de la Vega.
La pasada semana se publicaba la entrevista a propósito de la última entrega de sus memorias, 'No juzguéis'. La biografía de un chaval que dudaba si hacerse hombre-rana o entregarse a la tauromaquia; y que, por encima de todo, soñaba con ser jugador internacional de fútbol, un trauma del que aún no se ha repuesto. Se alistó en la Falange, vistió un uniforme de flecha de varias tallas superiores y, años después, como juez en prácticas, escribió una carta a Franco. El joven magistrado al que hablaron de las 'astillas', pequeños sobornos para intervenir en un procedimiento: «No me quedó muy claro si esa costumbre estaba prohibida, bien considerada o ambas cosas a la vez». Y que a lo largo de su trayectoria conoció en primera persona a «tipos capaces de sobornar».
Un libro bien escrito, de lectura tierna y agradable, entre la memoria, lo vivido y lo que pudo suceder. Anécdotas que parecen más propias de una novela de realismo mágico. Como la familia que aseguraba que la «abuela» había sido enterrada sin querer con un «colgante en forma de cruz» y el sepulturero les había advertido que hasta dentro de un lustro no podrían abrir la tumba. «Únicamente usted puede dar autorización para desenterrarla», solicitaron al juez Del Arco. «Nos hablan de la otra vida. En este teléfono móvil tenemos la prueba. Un mensaje del más allá». Su señoría dijo carecer de competencias en cuestiones religiosas y les aconsejó que acudieran a un sacerdote o a un exorcista.
Anoto una reflexión en la libreta: «Por desgracia, los trolas triunfan por la parte de realidad que encierran. La contaminación difumina los límites entre unas y otras. La verdad no interesa. Vivir lo falso como veraz constituye una aspiración tolerada por el sistema». La verdad resulta demasiado aburrida.
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