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Juan es octogenario y se presenta a la cita enjuto, barbado, con ojos azules y mirada limpia. Clara. Jubilado de los servicios sociales de la Diputación, cuida con amor de su esposa, que sufre parkinson. También cuida de sus cinco nietos –en este momento hay dos en su domicilio de los Alminares, en Granada capital–. Y a veces, también se vuelve a meter en líos. Su hija es médico en Urgencias y le suele comentar los casos que le llegan al corazón y para los que la medicina no tiene cura. Son historias de mayores que padecen soledad, que les duele el alma y el corazón, que no tienen quien les escriba ni quien les hable. Tampoco quien les escuche.
«Hace un par de semanas mi hija vino a casa a recoger a su prole. Llegó trastornada. Un matrimonio de mayores había llegado a Urgencias en un estado bastante deplorable. Estaban sucios, sin higiene personal. Él es sordo y la mujer presentaba un estado de salud lamentable». Tan lamentable que falleció la semana pasada. «Ahora esta persona ha quedado viuda y si antes estaban solos ahora él se ha quedado aislado, como en una burbuja», relata Juan, que se animó a visitarlo cuando conoció su historia de la mano de su hija médica.
Su caso no es uno aislado. Tampoco ocurre en un barrio de la periferia, o donde hay fronteras sociales. Esta persona, ahora viuda, vive en la calle San Isidro, entre la calle San Antón y El Corte Inglés, en pleno centro de la capital granadina. Los vecinos le conocen y le animan, «pero él es bastante huraño. Y ahora, al haber enviudado, mucho más», comparten. «Esta mañana le hemos visto salir. Suele ir a pasear por el río y se sienta al sol en uno de los bancos». «Luego, vive en el segundo piso, se hace el almuerzo en su cocina». «Le vemos, pero él ya no ve a nadie».
«Tampoco te creas que es un caso de los más graves», tercia ahora otra vecina, que pasa por la misma calle San Isidro. «Hace tan sólo un par de semanas, en esta misma calle, otra persona mayor que vivía sola falleció. Pero solamente encontraron su cadáver a las semanas, de lo mal que olía, de lo solo que estaba, que nadie supo de él cuando estaba vivo y nadie supo de él cuando murió».
De pleno centro de Granada al barrio del Zaidín, María es otro caso que llama la atención a gritos. «Tiene cinco hijos y vive sola en su piso. Se encuentra en un estado bastante regular, pero es que todos sus hijos tienen trabajos de mierda y no ganan mucho y tampoco sacan tiempo para cuidarla como necesita. Como se merece», explica Raúl, un granadino que se ha juramentado en conseguirle una ayuda social a María y que le ha cogido cariño y suele llamarle y visitarle. «Tienes que armarte de paciencia, precisa con infinita ternura, porque como está tan sola cuando apareces ya no te suelta».
Podemos-Izquierda Unida trata de combatir el aislamiento que sufren las personas mayores en Granada. Su solución a este problema es crear una red de voluntarios para acompañar los mayores granadinos. «En la capital granadina, denunciaron ayer en una comparecencia pública, una de cada cuatro personas de más de 65 años, el 26,5 % del total, vive en situación de soledad no deseada, lo que acarrea problemas graves de salud, ansiedad, depresiones y un gran problema de exclusión social».
El objetivo del grupo municipal de Podemos-IU en el Ayuntamiento de Granada es acabar con la soledad de los mayores. Para ello presentará en el pleno de hoy viernes un proyecto pionero que pretende implicar a asociaciones de vecinos, colectivos sociales, oenegés, centros de salud y a los servicios sociales comunitarios.
En definitiva, lo que propone Podemos-IU es un plan municipal de acompañamiento para que cada una de las personas mayores en situación de soledad no deseada puedan ir al médico, al cine o al teatro, hacer la compra y reciban visitas para conversar y sirva para atenuar el dolor que causa el aislamiento.
El proyecto comenzará con la elaboración de un censo que establezca por distritos cuántas personas mayores existen en soledad no deseada y cuál es su situación social y sanitaria. Una vez elaborado este censo, se tejerá un plan comunitario de actuación para derribar barreras arquitectónicas, físicas y materiales que fomentan el aislamiento de la tercera edad.
Otra de las medidas del programa 'Soledad Cero' será la creación de una red de voluntarios que puedan acompañar a las personas mayores a salir a calle y romper con la soledad no deseada que supone el 58% de las llamadas que recibe el servicio municipal de teleasistencia, con el único fin de conversar.
Mientras se redacta el censo, se seleccionan los voluntarios y se aprueba o no la moción 'Soledad Cero', Isabel se prepara para salir de su casa en la calle Joaquina Eguaras en Almanjáyar. Recorrer los quinientos metros que median entre su domicilio y la parroquia San José Obrero es una odisea. Primero tiene que bajar los tres pisos sin ascensor y luego ayudarse con un andador. «Pero la parroquia es mi hogar. Voy todos los días. Alfa es mi familia».
El marido de Isabel falleció hace cinco años «y me quedé sola. Caí en la depresión, en la angustia, y no salí gracias a Alfa, la ONG de la parroquia, que tanto nos ayuda». Pero Alfa es también un pequeño espejismo, «porque cuando llego a casa me encierro, se me acaba el día, me da vueltas la cabeza y no paro», se lamenta mientras se le caen las lagrimas.
Isabel se siente sola, «pero segura». Tremenda paradoja. Agarra con fuerza entonces el botón colorado que lleva colgando del pecho, la alarma que dispara las alarmas. «Como cuando me dieron los infartos, que he sufrido dos. Al momento vinieron los médicos. Estoy viva gracias al botón», da las gracias Isabel, quien también padece diabetes y asma. Todo un panorama.
Antonio vive en la calle Merced Alta. Tiene noventa años y lleva al menos dos sin salir de casa. Greñúa de la corrala de la Calle Santiago, fue reasignada por la Junta a su actual vivienda en Almanjáyar, bonita sí; pero sin ascensor. En resumidas cuentas, una condena.
«Con nueve años empecé a fregar suelos y no paré hasta que me jubilé. Y tampoco, porque seguí trabajando hasta que no pude más». Cual tragedia lorquiana, permanece soltera «porque me dediqué a cuidar a mis padres y a mis hermanos. Yahora y a mí no me cuida nadie». Pero hay esperanza, Magdalena, acude a diario a visitarla y a hacerle la comida. «Es la niña que crié en la casa en la que servía».
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