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Chema Ruiz España
GRANADA
Miércoles, 8 de diciembre 2021, 00:45
El día en que Mohamed Sylla (Conakry, en Guinea, 1994) conoció a Javi Martín, su estancia en España cambió de signo. El primero es ingeniero electrónico, graduado por el Instituto Politécnico de la Universidad Gamal Abdel Nasser de Conakry, y su historia se ordena en tres actos. Aquella fecha, una madrugada del pasado mes de junio, es en realidad el segundo punto de giro en el relato, el que desencadena una tercera secuencia que ha de cerrar la trama. Todo comienza con siete días de travesía en patera hasta arribar a Canarias, desde donde llegó a Granada al mes. Ahora, trata de deshacer el nudo: solicitó asilo, pero la probabilidad de que se le conceda es baja, a lo que se une que su hospedaje en un albergue tiene límite. Javi, junto a Julio Díaz y algunos compañeros más, sabe que encontrar un trabajo da un giro a la vida del joven guineano, por lo que iniciaron la búsqueda de un puesto para su amigo.
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El viaje de Sylla comenzó el día 5 de mayo de 2018, cuando, al no soportar ver cómo su padre maltrataba a su madre y chocar con él frecuentemente, decidió marcharse de Guinea. «Entonces, no había pensado en venir a España, ni a Europa; yo solo quería salir», señala, con un castellano trabado, pero claro. Con la traducción de Collin Heraut, otro amigo del grupo, precisa que se instaló durante un año y 10 meses en Senegal, donde ya sí decidió emigrar al territorio nacional, en busca de «una situación mejor de la que tenía aquí». Se trasladó a Mauritania, donde vivió ocho meses, y partió en patera hacia las Islas Canarias. «Estuve siete días en el mar para venir aquí», apunta, sin apenas darle importancia. La Cruz Roja le recogió y le llevó hasta Sevilla en avión, si bien aquella misma noche fue nuevamente transbordado a Cádiz. Allí se quedó durante un mes, hasta que fue enviado a Granada.
Una vez en la ciudad de la Alhambra, donde desde el mes de enero ha habitado, gracias a la organización que le recogió en el mar, en el Centro de Acogida Temporal de Inmigrantes de Almanjáyar, en el hotel Los Girasoles y en el albergue Inturjoven -es donde reside en este momento-, comenzó a formarse, también por medio de la Cruz Roja. No obstante, para cuando se hubo alojado en su tercera ubicación granadina, ya había advertido las dificultades. «El primer problema que encuentro es la lengua. El segundo es cómo vivir aquí, porque sabía que me daban un tiempo de estancia, pero que después me tenía que buscar la vida», explica.
Su tesitura en este momento es tan compleja como confusa. Sylla dispone de permiso de estancia y trabajo temporal en España, si bien solicitó asilo definitivo y aguarda a obtener una respuesta. «Hay un 95% de probabilidades de que me digan que no y un 5% de que me digan que sí», especifica, consciente de que la situación de Guinea, sin grandes conflictos, hace que no se le considere población prioritaria en este trámite. «Si mi solicitud de asilo es negativa, la Cruz Roja me abandona, el Gobierno me abandona y yo me tengo que buscar la vida solo. No puedo quedarme en el país; si sale positivo, me quedo aquí. La Cruz Roja me dará empleo, pasaporte de la Unión Europea, una casa solo para mí, residencia y permite que traiga a mi familia… ¡Muchas cosas!», aclara.
Hasta que su petición sea resuelta, puede permanecer en el país, si bien la decisión puede llegar en cualquier momento. No obstante, a esta espera se une que la estancia en el albergue en el que se hospeda es limitada. Un empleo, en cambio, daría un giro copernicano a su vida. «Si cumplo dos años en España -alcanza esta barrera el 31 de octubre de 2022-, logro acumular un año de trabajo con contrato, no tengo antecedentes penales y dispongo de pasaporte -en este momento, cuenta con él, pero caducado-, puedo pedir el papel de residencia y puedo pagarme una vivienda», sintetiza. Es en este punto cuando entran en escena sus amigos.
Javi apareció en su vida por casualidad. «Fue la noche de un sábado al domingo. Yo volvía de fiesta, andando a casa a las 6 de la mañana, tranquilo, escuchando música. De repente, Sylla, que estaba en una parada de autobús en el Camino de Ronda, me paró para preguntarme cuándo pasaba el autobús que iba hacia el mercadillo -allí echa horas los domingos, sin contrato-. Como no pasaba hasta las 7, se lo dije y decidió irse andando. Compartimos la mitad del recorrido juntos», recuerda el joven. El trayecto le permitió conocer un poco más a quien hoy es su amigo, así como percatarse de que había algo especial en él. «Le indiqué cómo ir y me despedí de él, que siguió en otra dirección, pero me giré. Dije 'tengo que hacer algo', porque el chico lo merece, se ve que es bueno, lo está intentando. Entonces, me salió: le llamé y le apunté mi número en el móvil. Al día siguiente me habló».
Le integró entre sus allegados y se convirtió en «su primer amigo en España». «Desde el primer momento, yo le describo como una persona agradecida y muy efusiva. Tiene 27 años, pero es como si tuviera 18 o 19 porque está siempre contento, desprende alegría, se ríe mucho», exterioriza Javi. «¡Totalmente!», ratifica Julio. Por ello, comprendieron que debían echarle una mano para lograr que se quedase en España. «En verano, nos pusimos en serio a buscarle empleo. Fue cuando hicimos el currículum, cuando registramos el LinkedIn, cuando hicimos fotos profesionales…», detallan. Sylla, que recibió mediante Cruz Roja formación de cocinero y obtuvo el carnet de manipulador de alimentos, trabajó en concepto de prácticas como ayudante de cocina en una cafetería, durante un mes, y ahora lo hace del mismo modo en una pizzería, por un periodo de dos semanas, pero su futuro sigue en el aire.
Mientras esta particular campaña de búsqueda de trabajo para Sylla circula a través de las redes sociales, él se siente afortunado. «Tengo mucha suerte por tener buenos amigos como ellos. Se portan genial conmigo», exterioriza. Arde en deseos de encontrar un empleo, con independencia del ámbito en el que este se encuadre. «Para encontrar una estabilidad y tener una casa, tienes que empezar con lo que sea», resuelve. No obstante, no se olvida de su vocación, a la espera de que su título sea homologado en España. «Mi plan es volver a trabajar como ingeniero electrónico en un futuro. Quiero hacer eso, es mi trabajo. Para eso he estudiado cuatro años. Además, en Guinea daba clases de Matemáticas, Física y Química a alumnos de entre 15 y 18 años. Para mí, la cocina es temporal. Después, buscaré algo que me guste», esboza, ilusionado, en la página que correspondería a su tercer acto.
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