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MARÍA JOSÉ FRÁPOLLI
Martes, 17 de julio 2012, 03:02
La situación de la Filosofía es precaria en nuestro sistema educativo. Los profesores de secundaria sospechan que las reformas que se nos vienen encima (la metáfora es proporcionada al temor que provoca) conviertan a los estudios de filosofía en anecdóticos. Y visto lo visto, estas sospechas están justificadas. Sin embargo, tanto los conocimientos que un estudiante de filosofía adquiere como las habilidades y destrezas que desarrolla, lejos de ser un superfluo aditamento para señoritas casaderas o un instrumento de tertulianos para impresionar a audiencias influenciables, resultan imprescindibles para el ciudadano medio que, aunque no tenga que debatir sobre el origen del universo o la naturalización de la epistemología, sí tiene que manejar, procesar y evaluar gran cantidad de información y argumentos sofisticados para poder ejercer con responsabilidad las acciones, políticas o sociales, propias de una sociedad democrática.
El recurso de inconstitucionalidad presentado por el Partido Popular contra la ley que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo incluía un argumento acerca del origen de la palabra «matrimonio». Dado que «numerosos autores consideran que matrimonio proviene de mater munium, oficio de madre», sostiene el citado recurso, es imprescindible que el matrimonio conste de un hombre y una mujer con capacidad para engendrar. Cualquier alumno de primer curso de grado de Filosofía sabría reconocer aquí un ejemplo de falacia etimológica, un argumento presentado como válido que pretende extraer consecuencias necesarias acerca del sentido de un término usando información relacionada con la etimología del mismo. Pretender que el matrimonio está esencialmente ligado a la madre no es más correcto que asociar sistemáticamente la religión a las ataduras, las reverencias al miedo o la escritura a los arañazos. Imaginemos (miedo me da, después de saber que para el ministro Gallardón la maternidad es lo que nos hace mujeres a las mujeres) que el gobierno decida extender el argumento para prohibir, como no hace tanto ocurría, que las mujeres podamos disponer de nuestros bienes basándose en el hecho de que la palabra «patrimonio» viene de «padre». La reflexión filosófica acerca del lenguaje comienza, como nuestros alumnos saben perfectamente, con el reconocimiento de que la conexión entre los signos y sus significados no es necesaria, como de hecho prueba la modificación de la definición de «matrimonio» recogida por la RAE.
Si argumentar falazmente es en filosofía obrar negligentemente, intentar que de nuestras falacias se sigan consecuencias legales, como pretenden los proponentes del mencionado recurso, es rozar el absurdo. El desarrollo de prácticas públicas que nos permitan profundizar en la democracia, como se viene demandando, requiere formación que garantice eficiencia y rigor. Para esto, entre otras muchas cosas, sirve la filosofía.
Se habla mucho de la desafección de la sociedad hacia la política. Reiteradamente las encuestas incluyen a los políticos entre nuestros problemas más sobresalientes, cuando deberían ser las personas encargadas de ofrecernos soluciones. Es difícil perseverar en el afecto cuando vemos, una y otra vez, en un asunto tras otro, que los políticos están más preocupados en que «los otros» no se cuelguen una posible medalla que en resolver las dificultades, algunas dramáticas, a las que los ciudadanos nos enfrentamos. Esta causa de desafección ha sido frecuentemente subrayada. Pero no es la única. La filosofía tiene entre sus objetivos enseñar a los individuos a argumentar, a presentar razones, a considerar las del contrario, a analizar los conceptos, a buscar los puntos débiles de los argumentos propios y ajenos. También enseña a respetar al interlocutor, a tomar en serio sus razones, a no menospreciarlo, a no realizar ataques personales. Cuando vemos que uno de los argumentos centrales de un recurso presentado ante el Tribunal Constitucional por el entonces principal partido de la oposición y ahora en el gobierno es una falacia reconocible por cualquier alumno de primer curso de filosofía la sensación de desapego y de desesperanza se hace difícil de resistir. ¿Cómo es posible que las personas que nos gobiernan, que literalmente disponen de nuestras vidas y nuestras haciendas, manifiesten sistemáticamente el grado de desinformación y desprecio por el saber del que hacen gala algunos de nuestros políticos?
Las épocas de convulsión como la que vivimos suponen una invitación a la reflexión. Hay que fortalecer la democracia, amenazada por los mercados, los tecnócratas y los populismos, devolviendo el prestigio a las instituciones. Para ello la ciudadanía debe ejercer un control sobre la clase política acorde con la altísima influencia que esta tiene en nuestras vidas. No necesitamos tecnocracia. Lo que necesitamos con urgencia es más democracia, más información, más debate ciudadano, más participación, mas preparación entre los electores, en definitiva, mas educación.
Los ciudadanos tenemos la responsabilidad de analizar y controlar a nuestra clase política, de evaluar la calidad de sus discursos, de sus argumentos, de sus razones. Hay que estudiar filosofía. La filosofía enseña a identificar los malos argumentos, las trampas dialécticas, las vacuidades mas o menos pedantes. La filosofía nos enseña a extraer las consecuencias correctas de nuestros actos, incluidos nuestros actos lingüísticos. La filosofía nos enseña a desenmascarar la charlatanería y el diletantismo. Si nos deshacemos de la filosofía despreciamos el cúmulo de sabiduría y experiencia de los mejores pensadores de los últimos dos mil quinientos años. Y no nos lo podemos permitir. Nos jugamos mucho. La calidad de nuestra democracia, nuestra dignidad, y nuestro futuro.
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