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La ropa perfectamente tendida espera el regreso de sus inquilinos. Algunos cristales han estallado con el chisporroteo del fuego y el hollín cubre la fachada ... a la altura del séptimo piso. En los bajos del edificio una pintada reza: «Atención familiar», sobre la pared de la guardería. Las navidades no serán las mismas para un barrio sacudido por el dolor que deja la pérdida de un menor de once meses. Los vecinos deben despedirse del pequeño en los primeros pasos de su corta existencia. Tenía toda la vida por delante. La congoja sacude a los granadinos de la calle Henríquez de Jorquera. «El bebé era una ricura. Una preciosidad», arranca a hablar una mujer de avanzada edad. «Se nos caía la baba. Un primor y un bombón. Todos lo paraban. Es una pena. No había empezado a vivir», insiste.
Los propios residentes suplicaron a una mujer, la madre, en el piso afectado que no saltara al verla agobiada en el alféizar. En el vecindario no dan para sustos. Desesperanza y tristeza en algunas aceras donde los sueños se rompen antes de tenerlos. «Estas no van a ser unas buenas fiestas para nadie. Mi hijo está preso y otro murió. Una no sabe de donde saca las ganas de salir adelante», se desahoga la señora. Hay quien culpa al abandono de las instituciones, a la degradación que afecta a la zona y el resto vive a gusto con lo que tiene. En un rincón, se lamentan del final. Aseguran que era el primogénito de una pareja joven. Los recién llegados se sorprenden. Se llaman unos a otros para contarse. Las familias hablan y sus niños juegan.
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