Es humana la confusión mental que estas situaciones pueden provocar en el vestuario, pues habría que tener la cabeza muy fría para abstraerse ante las posibilidades reales que tiene el Granada de pasar a octavos en la Europa League.
Podría intentarse que así fuere, pero resultaría tan inútil como que un político antepusiera el bien del ciudadano a sus intereses partidistas. A estas alturas nadie puede privar a este grupo de intentarlo, incluso a sabiendas de que lo prioritario es la permanencia en Primera división.
La constatación de lo anterior quedó grabada sobre el césped del Nuevo Los Cármenes el jueves pasado frente al Nápoles. No fue solo a su entrenador. La carrera de Jorge Molina en el minuto 93, a sus treinta y ocho años y para presionar arriba, nos cautivó a todos.
Se detuvo el tiempo ante gesto tan épico, que pocas veces se observa en un campo de fútbol. Un primer plano nos ofreció su recuperación. Le costaba respirar. En realidad, nos faltó el aire a todos delante del televisor. Fue una carrera hecha con el corazón que solo pudo recibir el aplauso oxigenado de sus propios compañeros y técnicos.
La afición, pues, tiene una deuda con Jorge Molina que deberá satisfacer cuando se pueda volver al estadio. Tributarle en vivo, al de Alcoy, la ovación de pie que todos le dimos en nuestros domicilios y le fue acercada al césped por la brisa de Sierra Nevada que descendió para tan digno servicio.
Jorge Molina se ha doctorado en Granada con sus goles, profesionalidad y una carrera de película. Como la de Ben Cross en 'Carros de fuego'. Solo faltó que en tan corto e intenso trayecto sonara en su honor la banda sonora de Vangelis.
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