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Escudos del Granada aparecen por donde menos puede esperarse en el hogar de Pepita Martí Villena. Camino de los 90 años, que cumplirá el próximo 15 de septiembre coincidiendo con el Día de la Virgen, esta aficionada incondicional del equipo rojiblanco fue la primera mujer en abonarse al club en el año 1961 y ya lleva 63 temporadas ininterrumpidas tras el equipo, solamente superada por tres hombres tras el fallecimiento de Candi. Ni el descenso al infierno de la Tercera división la separó de un sentimiento que desde el primer día entroncó con lo familiar.
«Le encantan los muñecos con motivos del Granada; cada vez que va a la tienda del club y le encarta, se lleva alguno», bromea su hijo, José Esteban Álvarez, otro orgulloso granadinista con más temporadas que años a sus 53, al abonarle a los tres meses de nacer, como el vigesimotercero ya por antigüedad. Todavía acuden juntos a Los Cármenes, donde comparten las tardes de fútbol con otros cinco familiares, aunque en su día fueron incluso más, hasta la pérdida de su padre Ricardo hace ahora diez años. Sin embargo, los primeros recuerdos granadinistas de Pepita no son del Zaidín, lógicamente, sino de cerca de la plaza de toros, en el viejo estadio.
«Vivía en la otra acera frente a Los Cármenes; solo tenía que cruzar la calle», rememora Pepita, hija de Pepe y Pepa. «A mi padre le gustó mucho el fútbol siempre y me lo transmitió, aunque también mi madre preguntaba cómo quedaba. A pocas mujeres le gustaba por entonces, pero yo jugaba mucho en la calle, junto a la antigua cárcel, con otras niñas también entre los niños del barrio», apunta.
Pepita se colaba en Los Cármenes junto a su hermana pequeña Patrocinio y sus primos, como tantos otros chiquillos entre las piernas de los adultos, pero es que además sentía el estadio «como una parte más de la casa» en la que vivía. Los empleados que cuidaban el césped, «como Bombillar», pedían en ocasiones agua para regar el césped de la boca de riego en el jardín de su familia al no funcionar la del estadio, y ella aprovechaba el favor para cruzar el campo y pasearse por él. «Alguna vez que la mandó su madre a por cerezas terminó comiéndoselas una a una viendo el entrenamiento abierto con su prima Angelita mientras esperaban el postre en casa», añade su hijo José Esteban.
Fue su marido, Ricardo, quien le animó a abonarse al poco de empezar a salir. «Fui la primera mujer, ¡y miles de hombres alrededor!», bromea Pepita. «Fue bonito compartir tantos años de fútbol, y ni tras mudarnos a Camino de Ronda dejamos de ir», apunta, en referencia a su domicilio actual. «Recuerdo a Joseíto, que era muy 'cabezón', y por eso le llamaban así los niños del barrio. También recuerdo ver siempre con una gabardina a Lalo, que vivía por aquí cerca, y era un 'jefe'. Bueno, y a Castellanos... qué buena persona era, y cuánta vida hacía en el barrio. Por las tarde estudiaba en una academia de la familia en la Chana. ¡Y a Floro, el portero! Si es que los conocía a todos», navega entre recuerdos.
«A mi padre le daba coraje al principio que estuviera casi que más pendiente de cómo iba vestida la gente, de las corbatas y demás, que del juego», bromea José Esteban, el único niño de su clase que iba al colegio con la camiseta del Granada por entonces. «Me tomaban por un bicho raro, pero, con la vuelta del equipo al fútbol profesional, mis amigos se alegraron por mí sobre todo porque sabían que yo era el único que ya apoyaba al equipo por entonces», presume, admirador de Montero Castillo, «con su permanente en el pelo y un diente de oro».
Pepita y su hijo aseguran que la mudanza del viejo Los Cármenes fue «traumática». «Lloré mucho, ¡porque el Granada era un vecino más para mí! Nos cruzábamos con los futbolistas y nos saludábamos», lamenta. «Cuando por desgracia un familiar tuvo que tratarse con quimioterapia en el Clínico, y aparcábamos en la explanada que dejó mientras aún quedaban gradas, nos mirábamos con tristeza y pensábamos en lo que había sido aun sin decirnos nada», comparte aún dolido José Esteban. «Nunca terminó de gustarme mucho el estadio nuevo...», deja caer su madre. «Al principio sentíamos que le faltaba alma», le apoya él. «Cuando sale, aún cree que sigue en el mismo sitio y nos dice que vayamos a tomar café a la Avenida de Madrid, por ejemplo», agrega.
«En Los Cármenes yo canto, chillo y de todo... a los futbolistas les pido que corran y que no se queden parados, y a los árbitros... lo que me dejan», sostiene Pepita. «Algún 'granuja' se le escapa a veces», admite José Esteban. «Ya va desconectando cada vez más de los partidos, y si son después de comer suele quedarse dormida, pero intentamos vivir la previa juntos y todavía le entran los nervios incluso», refleja su hijo. «Cada vez que falta, como cuando llueve mucho, los vecinos de grada me preguntan por ella cuando me ven aparecer solo», cuenta, aún con el susto en el cuerpo del mareo de su madre mientras subían los escalones para el partido contra el Huesca y que terminó llevándoles al PTS hasta el día siguiente. Pepita, que ya fue pionera como la primera mujer trabajadora en Puleva, también hizo muchos kilómetros por las carreteras de la provincia para seguir al Granada cuando pocas conducían.
«Cuando me hice profesor, y me destinaron a Benalup-Casas Viejas, coincidió un partido de la Copa Federación entre semana tras un puente. Aunque creía que me lo perdería, me sorprendió en mi instituto con su coche. Nos íbamos a Los Cármenes. Ganamos y volvimos de madrugada muy contentos, con parada en Loja para comernos un rosquillo», rescata José Esteban. «Una vez en Guadix, con el Granada en Tercera, había mucha rivalidad y de buenas a primeras empecé a escuchar que un sector del público local empezaba a gritar '¡las mujeres, a fregar!', y al girarme hacia mi madre nos dijo que era porque les había hecho la peseta», rompe a reír.
Pepita ya no ve tan raro que vayan más mujeres a los estadios de fútbol. Tampoco que compitan, como comprobó con la visita del Barcelona a Los Cármenes la temporada pasada. «Me parece muy bien el fútbol femenino, ¡si a mí me ha gustado toda la vida! El fútbol me ha dado muchos buenos ratos, aunque también alguno malo, así que animo a todas las mujeres a que vayan al fútbol y a que lo jueguen. Para mí, el Granada ha sido siempre lo más grande», subraya esta incondicional después del paseo por los recuerdos más acérrimos del equipo que siempre será el de su barrio.
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