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Puerta Real ·
Vivimos el reflejo de nuestra sociedad, el grave deterioro ético moral y educativoTito Ortiz
Martes, 19 de mayo 2020, 03:11
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Puerta Real ·
Vivimos el reflejo de nuestra sociedad, el grave deterioro ético moral y educativoTito Ortiz
Martes, 19 de mayo 2020, 03:11
Siendo Granada la provincia española, de todas las Españas, a la que todo siempre llega tarde, el asunto del coronavirus no iba a ser una ... excepción. Por eso pasar de fase era una utopía para aquellos inocentes que mantuvieron que lo haríamos de los primeros, sin tener en cuenta nuestra maldición hereditaria, por la que aquí, da igual que sea el AVE o la recuperada gripe asiática, a Granada todo llega tarde. No hay más que echar un vistazo a la historia, y comprobar con pavor, como Granada fue el último bastión conquistado a los musulmanes. Hasta que los descendientes de don Pelayo, varios siglos más tarde, llegan a las puertas de esta medina y consiguen que Boabdil tome las de Villa Diego. Garnata siempre es la última para todo. Para infraestructuras, salir de cualquier crisis o, alcanzar cualquier tipo de modernidad y futuro prometedor.
Aquí solo somos los primeros para pasar hambre, almacenar desgracias, aumentar el número de terremotos diarios por minuto, mantener el mayor número de políticos ineptos, incapaces de ganarse el sueldo, poseer la clase empresarial que menor riesgo asume en la historia, basando su futuro solo en las ayudas gubernamentales y en las subvenciones –así soy yo también empresario–, una clase obrera defendida por sindicatos mayoritarios, sin discurso propio ni poder de acción, un clero que se pasa por la sotana las consignas del Vaticano y un electorado desencantado de los partidos, que ve como sus votos no significan nada a la hora del trueque y los pactos para alcanzar el poder, aunque se trate del partido menos votado, o sea, una bofetada a todos aquellos que en domingo electoral van ilusionados a meter la papeleta en las urnas creyendo en el sistema democrático, que tanta ilusión despertó en Hispania hace cuarenta años y tanto desencanto nos ha inoculado en los últimos veinte.
Pero que nadie se llame a engaño. Eso no es más que el reflejo de nuestra sociedad. Del grave deterioro, ético, moral, educativo y cultural, de esta barbaridad que entre todos hemos tejido, en la que los padres, han dejado la responsabilidad –eludiendo la suya– de educar a sus hijos en manos de los maestros, y lejos de hacer piña con ellos a la hora de llamar la atención de los niños cada vez más asilvestrados, por la falta de autoridad en la casa familiar, nos hemos ido a los colegios a pegar a los profesores. Cuando un padre agrede a un maestro, los cimientos de la sociedad se pueden dar por perdidos. Cuando un energúmeno/energúmena pega a un médico, todas las alarmas del sistema de convivencia humano deben saltar por los aires. El conformismo, el conmigo no va, o el a mí no me ha tocado, no puede tener cobijo que impida una respuesta, apelando a los más profundo de nuestras conciencias, porque puede suceder que se produzca el aberrante espectáculo de que estemos agrediendo a quienes más tarde aplaudimos desde los balcones, en una antología del disparate impensable en mente sana. ¿Pero queda alguna?
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