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Hace apenas una semana se dio en las redes sociales una competición de tuits para ver quién denigraba más al general Galindo, muerto finalmente por ... coronavirus. No solamente estaban los proetarras de siempre de Herri Batasuna, sino que también se sumaban algunos miembros selectos del centrismo de «estao» y víctimas del terrorismo etarra, las cuales consideraban inaceptable e insultante que una asociación llamada «PRO Guardia Civil» agradeciera al exgeneral los servicios prestados en la lucha contra ETA. El hilo de las respuestas estaba en consonancia con esa naturaleza perversa que han intentado y siguen intentando imponer los defensores de la «lucha armada vasca», donde los GAL son perfectamente equiparables a la banda terrorista.
Me pregunté, realmente, por la necesidad que tenían estas personas de demostrar que condenaban «todo tipo de terrorismo», dejando patente que Galindo no es que fuese igual que Josu Ternera, sino que era incluso peor. Todo parecía, en definitiva, como un esfuerzo patético de dejar claro a los batasunos y a la izquierda simpatizante de la ETA que ellos, las víctimas, los centristas superiores, nada tenían que ver con los GAL, y que, desde luego, rechazaban de una manera extremadamente rotunda la guerra sucia contra los etarras. Luego, a su vez, pensé en aquellos que no quieren seguir hablando de la ETA, porque «ya no existe», mientras están obsesionados con las últimas declaraciones de Bárcenas o la presunta nueva fosa común que se está desenterrando en Valencia de ejecutados por el franquismo. El problema ya no es que ETA exista o no, sino que aun admitiendo que no existe, sus objetivos por los que mató a tantísimos españoles inocentes se están cumpliendo de forma casi inevitable y, además, edulcorados.
En aquella España de los 80, más concretamente en Intxaurrondo, si eras Guardia Civil y estabas allí destinado, vivías una existencia que difícilmente se podría llamar vida. Fueron años donde los terroristas mataban de manera masiva y casi impune, con una sociedad vasca más embrutecida que la actual y un Gobierno español que no sabía cómo detener esa sangría provocada por el terrorismo. Por supuesto que nadie agradecerá los servicios y sacrificios de tantísimas familias de policías y guardias civiles que entonces se jugaban la vida cada día en aquellas tierras y donde muchos de ellos la perdieron. De aquella lucha contra los etarras y su entramado político-social-económico parece que solo quedará la mancha de la vergüenza llamada GAL, una ocurrencia desesperada que más que terrorismo de Estado tendría que haberse llamado chapuza criminal, cuyos principales responsables acabaron en la cárcel y deshonrados para siempre.
Hoy, en esto de lo que queda de España, se hacen decenas de homenajes a etarras manchados de sangre, se acepta que sus diputados tengan derecho a no condenar los asesinatos cometidos, y la extrema izquierda sale a quemar la convivencia para defender a un mediocre miserable que se dedica a cantar, entre otras lindezas, «muchos temporeros durmiendo al raso están en peores condiciones que Ortega Lara y sin haber sido carceleros torturadores»; «es un error no escuchar lo que canto, como Terra Lliure dejando vivo a Losantos»; «mi hermano entra en la sede del PP gritando ¡Gora ETA! A mí no me venden el cuento de quiénes son los malos, solo pienso en matarlos».
Esto, nos explica la izquierda, es libertad de expresión, y siempre encuentra a ese centrista de 'estao' dispuesto a decir: «Ay, que feo eso que dice el rapero, pero está en su derecho». Claro que como la oposición está de mudanza, siguen sin entender que esto no va de libertad de expresión, sino de impunidad para todas las injurias que desee proferir la izquierda mientras piden que un chiste sobre un negro o un homosexual sea tipificado como delito de odio.
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