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Alemania vio hace unos días las orejas al lobo. Como Estados Unidos se las vio tras las últimas elecciones presidenciales, cuando una multitud de necios ... y necias asaltó el Capitolio provocando gravísimos incidentes que aun hoy colean en los tribunales norteamericanos. Ahora son los alemanes y las alemanas los que tienen de qué preocuparse por las acciones de su extrema derecha, de la que ya se sabe que había trazado los planes para dar un golpe de Estado con el que subvertir su democracia. Pero una macrooperación policial y judicial, en la que participaron más de 3.000 agentes de distintos cuerpos en 11 de los 16 Estados federados alemanes –una de las mayores acciones policiales jamás vista en ese país desde la 2ª Guerra Mundial-, dieron al traste con esas macabras intenciones. Más de 50 personas fueron detenidas, entre las que se contaban una exdiputada del AfD –extrema derecha alemana-, que es jueza del Tribunal Regional de Berlín; varios antiguos oficiales del Ejército alemán, cuyos domicilios han sido registrados, al igual que los cuarteles de la unidad especial de la Bundeswehr KSK (Comando de Fuerzas Especiales) en la ciudad de Calw; o un aristócrata que pretendía ser el jefe del Estado tras el golpe.
Queda claro que el peligro lo tenemos en la mismísima puerta de nuestras casas. Y no lo hemos valorado en su justa medida hasta ahora. El nazismo, el fascismo –por más que el uso de esta palabra haya sido 'desaconsejado' en las Cortes españolas- o la extrema derecha, llamen ustedes a este fenómeno como quieran, está abriéndose paso de nuevo con fuerza en las sociedades democráticas de Occidente. Avivada su llama por la decrepitud intelectual que reina en las redes sociales, trufadas de imbéciles y embusteros con cámara y micro para expandir, con humor chabacano –maldita la gracia- y montajes de medio pelo, montañas de basura 'fake', veteada con medias verdades para que sea más fácil de tragar; y de más imbéciles que se la comen sin siquiera pestañear, sin dedicar un solo minuto a contrastar y evidenciar el flagrante embuste.
No hay más que dar un repaso a los vídeos de las últimas sesiones en el Congreso de los Diputados para encontrar una pista de los males nos amenazan. Ahí pudimos ver y oír, por ejemplo, a una diputada leyendo –evidentemente han de llevar su alocución escrita porque su retórica es poco más rica que la de una chicharra en verano- una frase en la que acusaba a una ministra de que su único mérito era «haber estudiado en profundidad a su marido», haciendo gala de una violencia machista impropia para la boca de cualquier mujer dotada de la más mínima decencia democrática. O de un diputado, que también leyó con exagerados ademanes una soflama disparatada en la que alababa a su compañera –la de antes- por su 'hombría' (sic), calificando repetidamente de 'zurdos' a la bancada de progresista. Usando, además, ese tono tabernario y pretendidamente jocoso con el que provocar las risas de su público. Repito, maldita la gracia.
Pero es que este jueves hemos sido testigos de otro perfil de este fenómeno del que les escribo y, en mi opinión, mucho más temible. Me refiero al último y lamentable episodio de la escalada antisistema que protagoniza la porción conservadora que domina la cúpula de nuestro Poder Judicial, alentada desde la derecha y la extrema derecha política y mediática. Su negativa a renovar, como ordena nuestra Constitución, el Consejo General del Poder Judicial y un tercio de los componentes del Tribunal Constitucional, con mandato caducado desde hace ya ¡cuatro años! en el caso del CGPJ, altera los más profundos cimientos de nuestro sistema democrático. Y el último peldaño subido ha sido el intento de asalto del Poder Legislativo, de la mano de la derecha y la extrema derecha políticas, poniendo en jaque la soberanía nacional, que reside en las Cortes por la voluntad del pueblo español.
¿Qué tienen que esconder Fejóo y compañía para poner peligro nuestro estado social y democrático de derecho, sosteniendo un Poder Judicial caducado, anclado en una mayoría conservadora que ya no existe en las Cortes? ¿Qué oscuros motivos han empujado al Gobierno de la Nación a adoptar decisiones tan discutibles como las que está tomando en el ámbito legislativo? ¿No se dan cuenta de que están alterando nuestra convivencia pacífica, como ya hicieron en Cataluña con el Estatut, muy probablemente para salvar sus sucios traseros? Son preguntas que habrán de ser respondidas por la historia, en la que quedará escrita la podredumbre que siguió a la caducidad de cuatro señorones togados.
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